Capítulo 1
Genealogía de Jesucristo
(Lc.
3. 23-38) 1:1 Libro de la genealogía de Jesucristo,
hijo de David, hijo de Abraham.
1:2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a
sus hermanos.
1:3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y
Esrom a Aram.
1:4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a
Salmón.
1:5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed,
y Obed a Isa.
1:6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a
Salomón de la que fue mujer de Urías.
1:7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa.
1:8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.
1:9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.
1:10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a
Josías.
1:11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo
de la deportación a Babilonia. 
1:12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a
Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
1:13 Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a
Azor.
1:14 Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud.
1:15 Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob;
1:16 y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació
Jesús, llamado el Cristo.
1:17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta
David son catorce; desde David hasta la deportación
a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta
Cristo, catorce.
Nacimiento de Jesucristo
(Lc. 2. 1-7)
1:18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada
María su madre con José,
antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu
Santo.
1:19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla,
quiso dejarla secretamente.
1:20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le
apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas
recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado,
del Espíritu Santo es.
1:21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre
JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
1:22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el
Señor por medio del profeta, cuando dijo:
1:23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz
un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel,
que traducido es: Dios con nosotros.
1:24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor
le había mandado, y recibió a su mujer.
1:25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo
primogénito; y le puso por nombre JESÚS.
Capítulo 2
La visita de los magos
2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey
Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
2:2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?
Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a
adorarle.
2:3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con
él.
2:4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los
escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el
Cristo.
2:5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito
por el profeta:
2:6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel.
2:7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de
ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
2:8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con
diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo
saber, para que yo también vaya y le adore.
2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la
estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos,
hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
2:10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
2:11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María,
y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le
ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
2:12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no
volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Matanza de los niños
2:13 Después que partieron ellos, he aquí un ángel del
Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño
y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te
diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para
matarlo.
2:14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se
fue a Egipto,
2:15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se
cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando
dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.
2:16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se
enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años
que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al
tiempo que había inquirido de los magos.
2:17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta
Jeremías, cuando dijo:
2:18 Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos,
Y no quiso ser consolada, porque perecieron.
2:19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor
apareció en sueños a José en Egipto,
2:20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a
tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte
del niño.
2:21 Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino
a tierra de Israel.
2:22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de
Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por
revelación en sueños, se fue a la región de Galilea,
2:23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret,
para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que
habría de ser llamado nazareno.
Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
(Mr. 1. 1-8;
Lc. 3. 1-9, 15-17;
Jn. 1. 19-28)
3:1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el
desierto de Judea,
3:2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos
se ha acercado.
3:3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando
dijo:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Enderezad sus sendas.
3:4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto
de cuero alrededor de sus lomos;
y su comida era langostas y miel silvestre.
3:5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de
alrededor del Jordán,
3:6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus
pecados.
3:7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos
venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras!
¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,
3:9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham
tenemos por padre;
porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de
estas piedras.
3:10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles;
por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado
en el fuego.
3:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento;
pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de
llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu
Santo y fuego.
3:12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá
su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se
apagará.
El bautismo de Jesús
(Mr. 1. 9-11;
Lc. 3. 21-22)
3:13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para
ser bautizado por él.
3:14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado
por ti, ¿y tú vienes a mí?
3:15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora,
porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le
dejó.
3:16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y
he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que
descendía como paloma, y venía sobre él.
3:17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo
amado, en quien tengo complacencia.   
Capítulo 4
Tentación de Jesús
(Mr. 1. 12-13;
Lc. 4. 1-13)
4:1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para
ser tentado por el diablo.
4:2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches,
tuvo hambre.
4:3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di
que estas piedras se conviertan en pan.
4:4 Él respondió y dijo: Escrito está: No
sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de
la boca de Dios.
4:5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso
sobre el pináculo del templo,
4:6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque
escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti,
y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
4:7 Jesús le dijo: Escrito está también:
No tentarás al Señor tu Dios.
4:8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró
todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,
4:9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.
4:10 Entonces Jesús le dijo: Vete,
Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él
sólo servirás.
4:11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le
servían.
Jesús principia su ministerio
(Mr. 1. 14-20;
Lc. 4. 14-15;
5. 1-11;
6. 17-19)
4:12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, 
volvió a Galilea;
4:13 y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum,
ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí,
4:14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
4:15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
Camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles;
4:16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran
luz;
Y a los asentados en región de sombra de muerte,
Luz les resplandeció.
4:17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir:
Arrepentíos, porque el reino de los cielos
se ha acercado.
4:18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos,
Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en
el mar; porque eran pescadores.
4:19 Y les dijo: Venid en pos de mí, y os
haré pescadores de hombres.
4:20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le
siguieron.
4:21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de
Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre,
que remendaban sus redes; y los llamó.
4:22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le
siguieron.
4:23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas
de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda
enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
4:24 Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos
los que tenían dolencias, los afligidos por diversas
enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y
paralíticos; y los sanó.
4:25 Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de
Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.
Capítulo 5
El Sermón del monte: Las
bienaventuranzas
(Lc. 6. 20-23)
5:1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a
él sus discípulos.
5:2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
5:3 Bienaventurados los pobres en
espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
5:4 Bienaventurados los que lloran,
porque ellos recibirán consolación.
5:5 Bienaventurados los mansos,
porque ellos recibirán la tierra por heredad.
5:6 Bienaventurados los que tienen hambre
y sed
de justicia, porque ellos serán saciados.
5:7 Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
5:8 Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios.
5:9 Bienaventurados los pacificadores,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
5:10 Bienaventurados los que padecen
persecución por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
5:11 Bienaventurados sois cuando por mi
causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal
contra vosotros, mintiendo.
5:12 Gozaos y alegraos, porque vuestro
galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los
profetas
que fueron antes de vosotros.
La sal de la tierra
5:13 Vosotros sois la sal de la tierra;
pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve
más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los
hombres.
La luz del mundo
5:14 Vosotros sois la luz del mundo;
una ciudad asentada sobre un monte
no se puede esconder.
5:15 Ni se enciende una luz y se pone
debajo de un almud, sino
sobre el candelero, 
y alumbra a todos los que están en casa.
5:16 Así alumbre vuestra luz delante de
los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen
a vuestro Padre que están los cielos.
Jesús y la ley
5:17 No penséis que he venido para
abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino
para cumplir.
5:18 Porque de cierto os digo que hasta
que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará
de la ley, hasta que todo se haya
cumplido.
5:19 De manera que cualquiera que
quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a
los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos;
mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado
grande en el reino de los cielos.
5:20 Porque os digo que si vuestra
justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos.
Jesús y la ira
(Lc. 12. 57-59)
5:21 Oísteis que fue dicho a los
antiguos: No matarás;  y
cualquiera que matare será culpable de juicio.
5:22 Pero yo os digo que cualquiera que se
enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera
que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y
cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de
fuego.
5:23 Por tanto, si traes tu ofrenda al
altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra
ti,
5:24 deja allí tu ofrenda delante del
altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces
ven y presenta tu ofrenda.
5:25 Ponte de acuerdo con tu adversario
pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el
adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas
echado en la cárcel.
5:26 De cierto te digo que no saldrás de
allí, hasta que pagues el último cuadrante.
Jesús y el adulterio
5:27 Oísteis que fue dicho: No
cometerás adulterio.
5:28 Pero yo os digo que cualquiera que
mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su
corazón.
5:29 Por tanto, si tu ojo derecho te es
ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se
pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado
al infierno.
5:30 Y si tu mano derecha te es ocasión de
caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda
uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al
infierno.
Jesús y el divorcio
5:31 También fue dicho: Cualquiera que
repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 
5:32 Pero yo os digo que el que repudia a
su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella
adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.  
Jesús y los juramentos
5:33 Además habéis oído que fue dicho a
los antiguos: No perjurarás,
sino cumplirás al Señor tus juramentos.
5:34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna
manera; ni
por el cielo, porque es el trono de Dios;
5:35 ni por la tierra, porque es el
estrado de sus pies;
ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
5:36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no
puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
5:37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no,
no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
El amor hacia los enemigos
(Lc. 6. 27-36)
5:38 Oísteis que fue dicho: Ojo por
ojo, y diente por diente. 
5:39 Pero yo os digo: No resistáis al que
es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha,
vuélvele también la otra;
5:40 y al que quiera ponerte a pleito y
quitarte la túnica, déjale también la capa;
5:41 y a cualquiera que te obligue a
llevar carga por una milla, vecon
él dos.
5:42 Al que te pida, dale; y al que quiera
tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
5:43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu
prójimo,
y aborrecerás a tu enemigo.
5:44 Pero yo os digo: Amad a vuestros
enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que
os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
5:45 para que seáis hijos de vuestro Padre
que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
5:46 Porque si amáis a los que os aman,
¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los
publicanos?
5:47 Y si saludáis a vuestros hermanos
solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los
gentiles?
5:48 Sed, pues, vosotros perfectos, como
vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Capítulo 6
Jesús y la limosna
6:1 Guardaos de hacer vuestra justicia
delante de los hombres, para ser vistos de ellos;
de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está
en los cielos.
6:2 Cuando, pues, des limosna, no hagas
tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las
sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de
cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu
izquierda lo que hace tu derecha,
6:4 para que sea tu limosna en secreto; y
tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Jesús y la oración
(Lc. 11. 2-4)
6:5 Y cuando ores, no seas como los
hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y
en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres;
de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:6 Mas tú, cuando ores, entra en tu
aposento, y cerrada la puerta,
ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo
secreto te recompensará en público.
6:7 Y orando, no uséis vanas repeticiones,
como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán
oídos.
6:8 No os hagáis, pues, semejantes a
ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad,
antes que vosotros le pidáis.
6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra.
6:11 El pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy.
6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como
también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
6:13 Y no nos metas en tentación, mas
líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la
gloria,
por todos los siglos. Amén.
6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre
celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus
ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Jesús y el ayuno
6:16 Cuando ayunéis, no seáis austeros,
como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para
mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya
tienen su recompensa.
6:17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu
cabeza y lava tu rostro,
6:18 para no mostrar a los hombres que
ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve
en lo secreto te recompensará en público.
Tesoros en el cielo
(Lc. 12. 32-34)
6:19 No os hagáis tesoros en la tierra,
donde la polilla y el orín corrompen,
y donde ladrones minan y hurtan;
6:20 sino haceos tesoros en el cielo,
donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no
minan ni hurtan.
6:21 Porque donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón.
La lámpara del cuerpo
(Lc. 11. 33-36)
6:22 La lámpara del cuerpo es el ojo;
así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz;
6:23 pero si tu ojo es maligno, todo tu
cuerpo estaráen tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es
tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
Dios y las riquezas
6:24 Ninguno puede servir a dos
señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará
al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las
riquezas.
El afán y la ansiedad
(Lc. 12. 22-31)
6:25 Por tanto os digo: No os afanéis
por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni
por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que
el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
6:26 Mirad las aves del cielo, que no
siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre
celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
6:27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho
que se afane, añadir a su estatura un codo?
6:28
Y por el vestido, ¿por qué os afanáis?
Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni
hilan;
6:29 pero os digo, que ni aun Salomón con
toda su gloria
se vistió así como uno de ellos.
6:30 Y si la hierba del campo que hoy es,
y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho
más a vosotros, hombres de poca fe?
6:31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué
comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?
6:32 Porque los gentiles buscan todas
estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis
necesidad de todas estas cosas.
6:33 Mas buscad primeramente el reino de
Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
6:34 Así que, no os afanéis por el día de
mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día
su propio mal.
Capítulo 7
El juzgar a los demás
(Lc. 6. 37-38, 41-42)
7:1 No juzguéis, para que no seáis
juzgados.
7:2 Porque con el juicio con que juzgáis,
seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en
el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu
propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame
sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu
propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de
tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni
echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las
pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
La oración, y la regla de oro
(Lc. 11. 9-13; 6. 31)
7:7 Pedid, y se os dará; buscad, y
hallaréis; llamad, y se os abrirá.
7:8 Porque todo aquel que pide, recibe; y
el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
7:9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su
hijo le pide pan, le dará una piedra?
7:10 ¿O si le pide un pescado, le dará una
serpiente?
7:11 Pues si vosotros, siendo malos,
sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le
pidan?
7:12 Así que, todas las cosas que queráis
que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros
con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
La puerta estrecha
(Lc. 13. 24)
7:13 Entrad por la puerta estrecha;
porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y muchos son los que entran por ella;
7:14 porque estrecha es la puerta, y
angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la
hallan.
Por sus frutos los conoceréis
(Lc. 6. 43-44)
7:15 Guardaos de los falsos profetas,
que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro
son lobos rapaces.
7:16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso
se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
7:17 Así, todo buen árbol da buenos
frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
7:18 No puede el buen árbol dar malos
frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
7:19 Todo árbol que no da buen fruto, es
cortado y echado en el fuego.
7:20 Así que, por sus frutos los
conoceréis.
Nunca os conocí
(Lc. 13. 25-27)
7:21 No todo el que me dice: Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos.
7:22 Muchos me dirán en aquel día: Señor,
Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos
fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
7:23 Y entonces les declararé: Nunca os
conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
Los dos cimientos
(Lc. 6. 46-49)
7:24 Cualquiera, pues, que me oye estas
palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que
edificó su casa sobre la roca.
7:25 Descendió lluvia, y vinieron ríos, y
soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó,
porque estaba fundada sobre la roca.
7:26 Pero cualquiera que me oye estas
palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que
edificó su casa sobre la arena;
7:27 y descendió lluvia, y vinieron ríos,
y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y
cayó, y fue grande su ruina.
7:28 Y cuando terminó Jesús estas
palabras, la gente se admiraba de su doctrina;
7:29 porque les enseñaba como quien tiene
autoridad, y no como los escribas.
Capítulo 8
Jesús sana a un leproso
(Mr. 1. 40-45;
Lc. 5. 12-16)
8:1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.
8:2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo:
Señor, si quieres, puedes limpiarme.
8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio.
Y al instante su lepra desapareció.
8:4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo
digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la
ofrenda que ordenó Moisés,
para testimonio a ellos.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Lc. 7. 1-10)
8:5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión,
rogándole,
8:6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa,
paralítico, gravemente atormentado.
8:7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
8:8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que
entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado
sanará.
8:9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo
mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y
viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
8:10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían:
De cierto os digo, que ni aun en Israel he
hallado tanta fe.
8:11 Y os digo que vendrán muchos del
oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y
Jacob en el reino de los cielos;
8:12 mas los hijos del reino serán echados
a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de
dientes. 
8:13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve,
y como creíste, te sea hecho.
Y su criado fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mr. 1. 29-34;
Lc. 4. 38-41)
8:14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste
postrada en cama, con fiebre.
8:15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y
les servía.
8:16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados;
y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los
enfermos;
8:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó
nuestras dolencias.
Los que querían seguir a Jesús
(Lc. 9. 57-62)
8:18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al
otro lado.
8:19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré
adondequiera que vayas.
8:20 Jesús le dijo: Las zorras tienen
guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no
tiene dónde recostar su cabeza.
8:21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya
primero y entierre a mi padre.
8:22 Jesús le dijo: Sígueme; deja que los
muertos entierren a sus muertos.
Jesús calma la tempestad
(Mr. 4. 35-41;
Lc. 8. 22-25)
8:23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
8:24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande
que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
8:25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:
¡Señor, sálvanos, que perecemos!
8:26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres
de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los
vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
8:27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es
éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados gadarenos
(Mr. 5. 1-20;
Lc. 8. 26-39)
8:28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los
gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían
de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía
pasar por aquel camino.
8:29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo
de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?
8:30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
8:31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera,
permítenos ir a aquel hato de cerdos.
8:32 El les dijo: Id.
Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí,
todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un
despeñadero, y perecieron en las aguas.
8:33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad,
contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los
endemoniados.
8:34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le
vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.
Capítulo 9
Jesús sana a un paralítico
(Mr. 2. 1-12;
Lc. 5. 17-26)
9:1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y
vino a su ciudad.
9:2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una
cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Ten ánimo, hijo; tus pecados te son
perdonados.
9:3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este
blasfema.
9:4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo:
¿Por qué pensáis mal en vuestros
corazones?
9:5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los
pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?
9:6 Pues para que sepáis que el Hijo del
Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados
(dice entonces al paralítico): Levántate,
toma tu cama, y vete a tu casa.
9:7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
9:8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que
había dado tal potestad a los hombres.
Llamamiento de Mateo
( Mr. 2. 13-17;
Lc. 5. 27-32)
9:9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que
estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme. Y se levantó y le siguió.
9:10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he
aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se
sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
9:11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos:
¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
9:12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
9:13 Id, pues, y aprended lo que
significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio.
Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al
arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mr. 2. 18-22;
Lc. 5. 33-39)
9:14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo:
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus
discípulos no ayunan?
9:15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que
están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con
ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y
entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en
vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace
peor la rotura.
9:17 Ni echan vino nuevo en odres viejos;
de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los
odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo
uno y lo otro se conservan juntamente.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mr. 5. 21-43;
Lc. 8. 40-56)
9:18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre
principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir;
mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.
9:19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.
9:20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía
doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;
9:21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto,
seré salva.
9:22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo:
Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado.
Y la mujer fue salva desde aquella
hora.
9:23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que
tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,
9:24 les dijo: Apartaos, porque la niña no
está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él.
9:25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y tomó
de la mano a la niña, y ella se levantó.
9:26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.
Dos ciegos reciben la vista
9:27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando
voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!
9:28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les
dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto?
Ellos dijeron: Sí, Señor.
9:29 Entonces les tocó los ojos, diciendo:
Conforme a vuestra fe os sea hecho.
9:30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó
rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie
lo sepa.
9:31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda
aquella tierra.
Un mudo habla
9:32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo,
endemoniado.
9:33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en
Israel.
9:34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios
echa fuera los demonios.  
La mies es mucha
9:35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en
las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y
sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 
9:36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen
pastor.  
9:37 Entonces dijo a sus discípulos: A la
verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.
9:38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que
envíe obreros a su mies.
Capítulo 10
Elección de los doce apóstoles
(Mr. 3. 13-19;
Lc. 6. 12-16)
10:1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para
sanar toda enfermedad y toda dolencia.
10:2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón,
llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y
Juan su hermano;
10:3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo
de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
10:4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le
entregó.
Misión de los doce
(Mr. 6. 7-13;
Lc. 9. 1-6)
10:5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones,
diciendo: Por camino de gentiles no
vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,
10:6 sino id antes a las ovejas perdidas
de la casa de Israel.
10:7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino
de los cielos se ha acercado.
10:8 Sanad enfermos, limpiad leprosos,
resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis,
dad de gracia.
10:9 No os proveáis de oro, ni plata, ni
cobre en vuestros cintos;
10:10 ni de alforja para el camino, ni de
dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es
digno de su alimento.
10:11 Mas en cualquier ciudad o aldea
donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí
hasta que salgáis.
10:12 Y al entrar en la casa, saludadla.
10:13 Y si la casa fuere digna, vuestra
paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se
volverá a vosotros.
10:14 Y si alguno no os recibiere, ni
oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y
sacudid el polvo de vuestros pies.
10:15 De cierto os digo que en el día del
juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y
de Gomorra,
que para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
10:16 He aquí, yo os envío como a
ovejas en medio de lobos;
sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
10:17 Y guardaos de los hombres, porque os
entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
10:18 y aun ante gobernadores y reyes
seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los
gentiles.
10:19 Mas cuando os entreguen, no os
preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os
será dado lo que habéis de hablar.
10:20 Porque no sois vosotros los que
habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en
vosotros.
10:21 El hermano entregará a la muerte al
hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra
los padres, y los harán morir. 
10:22 Y seréis aborrecidos de todos por
causa de mi nombre; 
mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
10:23 Cuando os persigan en esta ciudad,
huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de
recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo
de Hombre.
10:24 El discípulo no es más que su
maestro,
ni el siervo más que su señor.
10:25 Bástale al discípulo ser como su
maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia
llamaron Beelzeb,  
¿cuánto más a los de su casa?
A quién se debe temer
(Lc. 12. 2-9)
10:26 Así que, no los temáis; porque
nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto,
que no haya de saberse.
10:27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo
en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
10:28 Y no temáis a los que matan el
cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que
puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
10:29 ¿No se venden dos pajarillos por un
cuarto?
Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
10:30 Pues aun vuestros cabellos están
todos contados.
10:31 Así que, no temáis; más valéis
vosotros que muchos pajarillos.
10:32 A cualquiera, pues, que me confiese
delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi
Padre que está en los cielos.
10:33 Y a cualquiera que me niegue delante
de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que
está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lc. 12. 49-53;
14. 26-27)
10:34 No penséis que he venido para
traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
10:35 Porque he venido para poner en
disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre,
y a la nuera contra su suegra;
10:36 y los enemigos del hombre serán los
de su casa.
10:37 El que ama a padre o madre más que a
mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no
es digno de mí;
10:38 y el que no toma su cruz y sigue en
pos de mí, no es digno de mí. 
10:39 El que halla su vida, la perderá; y
el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.   
Recompensas
(Mr. 9. 41)
10:40 El que a vosotros recibe,
a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
10:41 El que recibe a un profeta por
cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que
recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo
recibirá.
10:42 Y cualquiera que dé a uno de estos
pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es
discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
Capítulo 11
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lc. 7. 18-35)
11:1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce
discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las
ciudades de ellos.
11:2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió
dos de sus discípulos,
11:3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o
esperaremos a otro?
11:4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y
haced saber a Juan las cosas que oís y veis.
11:5 Los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos son limpiados, los sordos oyen,
los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el
evangelio;
11:6 y bienaventurado es el que no halle
tropiezo en mí.
11:7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la
gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto?
¿Una caña sacudida por el viento?
11:8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre
cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan
vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están.
11:9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un
profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
11:10 Porque éste es de quien está
escrito:
He aquí, yo envío mi mensajero delante
de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de
ti.
11:11 De cierto os digo: Entre los que
nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el
Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor
es que él.
11:12 Desde los días de Juan el Bautista
hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los
violentos lo arrebatan.
11:13 Porque todos los profetas y la ley
profetizaron hasta Juan.
11:14 Y si queréis recibirlo, él es aquel
Elías que había de venir. 
11:15 El que tiene oídos para oír, oiga.
11:16 Mas ¿a qué compararé esta
generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las
plazas, y dan voces a sus compañeros,
11:17 diciendo: Os tocamos flauta, y no
bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis.
11:18 Porque vino Juan, que ni comía ni
bebía, y dicen: Demonio tiene.
11:19 Vino el Hijo del Hombre, que come y
bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino,
amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es
justificada por sus hijos.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Lc. 10. 13-16)
11:20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las
cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían
arrepentido, diciendo:
11:21 Ay de ti, Corazín! Ay de ti,
Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón     se
hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras,
tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.
11:22 Por tanto os digo que en el día del
juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón,
que para vosotras.
11:23 Y tú, Capernaum, que eres levantada
hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida;
porque si en Sodoma
se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría
permanecido hasta el día de hoy.
11:24 Por tanto os digo que en el día del
juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma,
que para ti.
Venid a mí y descansad
(Lc. 10. 21-22)
11:25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los
entendidos, y las revelaste a los niños.
11:26 Sí, Padre, porque así te agradó.
11:27 Todas las cosas me fueron entregadas
por mi Padre;
y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce
alguno, sino el Hijo,
y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
11:28 Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
11:29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas;
11:30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi
carga.
Capítulo 12
Los discípulos recogen espigas en
el día de reposo
(Mr. 2. 23-28;
Lc. 6. 1-5)
12:1 En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de
reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a
arrancar espigas
y a comer.
12:2 Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos
hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.
12:3 Pero él les dijo: ¿No habéis leído lo
que hizo David, cuando él y los que con él estaban tuvieron
hambre;
12:4 cómo entró en la casa de Dios, y
comió los panes de la proposición,
que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él estaban,
sino solamente a los sacerdotes?
12:5 ¿O no habéis leído en la ley, cómo en
el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de
reposo, y son sin culpa?
12:6 Pues os digo que uno mayor que el
templo está aquí.
12:7 Y si supieseis qué significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio,
no condenaríais a los inocentes;
12:8 porque el Hijo del Hombre es Señor
del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mr. 3. 1-6;
Lc. 6. 6-11)
12:9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.
12:10 Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y
preguntaron a Jesús, para poder acusarle:
¿Es lícito sanar en el día de reposo?
12:11 El les dijo: ¿Qué hombre habrá de
vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en
día de reposo, no le eche mano, y la levante?
12:12 Pues ¿cuánto más vale un hombre que
una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días
de reposo.
12:13 Entonces dijo a aquel hombre:
Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada
sana como la otra.
12:14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para
destruirle.
El siervo escogido
12:15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió
mucha gente, y sanaba a todos,
12:16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen;
12:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
12:18 He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
Y a los gentiles anunciará juicio.
12:19 No contenderá, ni voceará,
Ni nadie oirá en las calles su voz.
12:20 La caña cascada no quebrará,
Y el pábilo que humea no apagará,
Hasta que saque a victoria el juicio.
12:21 Y en su nombre esperarán los gentiles.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mr. 3. 20-30;
Lc. 11. 14-23)
12:22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo;
y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba.
12:23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel
Hijo de David?
12:24 Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los
demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.
12:25 Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo:
Todo reino dividido contra sí mismo, es
asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no
permanecerá.
12:26 Y si Satanás echa fuera a Satanás,
contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su
reino?
12:27 Y si yo echo fuera los demonios por
Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos
serán vuestros jueces.
12:28 Pero si yo por el Espíritu de Dios
echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el
reino de Dios.
12:29 Porque ¿cómo puede alguno entrar en
la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no
le ata? Y entonces podrá saquear su casa.
12:30 El que no es conmigo, contra mí es;
y el que conmigo no recoge, desparrama.
12:31 Por tanto os digo: Todo pecado y
blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra
el Espíritu no les será perdonada.
12:32 A cualquiera que dijere alguna
palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al
que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en
este siglo ni en el venidero.
12:33 O haced el árbol bueno, y su fruto
bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el
fruto se conoce el árbol.
12:34 ¡Generación de víboras! 
¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la
abundancia del corazón habla la boca.
12:35 El hombre bueno, del buen tesoro del
corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca
malas cosas.
12:36 Mas yo os digo que de toda palabra
ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día
del juicio.
12:37 Porque por tus palabras serás
justificado, y por tus palabras serás condenado.
La generación perversa demanda señal
(Lc. 11. 29-32)
12:38 Entonces respondieron algunos de los escribas y de los
fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal. 
12:39 El respondió y les dijo: La
generación mala y adúltera demanda señal;
pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás.
12:40 Porque como estuvo Jonás en el
vientre del gran pez tres días y tres noches,
así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres
días y tres noches.
12:41 Los hombres de Nínive se levantarán
en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos
se arrepintieron a la predicación de Jonás,
y he aquí más que Jonás en este lugar.
12:42 La reina del Sur se levantaráen el
juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de
los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón,
y he aquí más que Salomón en este lugar.
El espíritu inmundo que vuelve
(Lc. 11. 24-26)
12:43 Cuando el espíritu inmundo sale
del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo
halla.
12:44 Entonces dice: Volveré a mi casa de
donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y
adornada.
12:45 Entonces va, y toma consigo otros
siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el
postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.
Así también acontecerá a esta mala generación.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mr. 3. 31-35;
Lc. 8. 19-21)
12:46 Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y
sus hermanos estaban afuera, y le
querían hablar.
12:47 Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están
afuera, y te quieren hablar.
12:48 Respondiendo él al que le decía esto, dijo:
¿Quién es mi madre, y quiénes son mis
hermanos?
12:49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
He aquí mi madre y mis hermanos.
12:50 Porque todo aquel que hace la
voluntad de mi Padre que los cielos, ése es mi hermano, y
hermana, y madre.
Capítulo 13
Parábola del sembrador
(Mr. 4. 1-9;
Lc. 8. 4-8)
13:1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó unto al mar.
13:2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se
sentó,
y toda la gente estaba en la playa.
13:3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:
He aquí, el sembrador salió a sembrar.
13:4 Y mientras sembraba, parte de la
semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
13:5 Parte cayó en pedregales, donde no
había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad
de tierra;
13:6 pero salido el sol, se quemó; y
porque no tenía raíz, se secó.
13:7 Y parte cayó entre espinos; y los
espinos crecieron, y la ahogaron.
13:8 Pero parte cayó en buena tierra, y
dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por
uno.
13:9 El que tiene oídos para oír, oiga.
Propósito de las parábolas
(Mr. 4. 10-12;
Lc. 8. 9-10)
13:10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por
qué les hablas por parábolas?
13:11 El respondiendo, les dijo: Porque a
vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos;
mas a ellos no les es dado.
13:12 Porque a cualquiera que tiene, se le
dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le
será quitado.  
13:13 Por eso les hablo por parábolas:
porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.
13:14 De manera que se cumple en ellos la
profecía de Isaías, que dijo:
De oído oiréis, y no entenderéis;
Y viendo veréis, y no percibiréis.
13:15 Porque el corazón de este pueblo
se ha engrosado,
Y con los oídos oyen pesadamente,
Y han cerrado sus ojos;
Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos,
Y con el corazón entiendan,
Y se conviertan,
Y yo los sane.
13:16 Pero bienaventurados vuestros ojos,
porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.
13:17 Porque de cierto os digo, que muchos
profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y
oír lo que oís, y no lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Mr. 4. 13-20;
Lc. 8. 11-15)
13:18 Oíd, pues, vosotros la parábola
del sembrador:
13:19 Cuando alguno oye la palabra del
reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue
sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al
camino.
13:20 Y el que fue sembrado en pedregales,
éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;
13:21 pero no tiene raíz en sí, sino que
es de corta duración, pues al venir la aflicción o la
persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos,
éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el
engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
13:23 Mas el que fue sembrado en buena
tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y
produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
Parábola del trigo y la cizaña
13:24 Les refirió otra parábola, diciendo:
El reino de los cielos es semejante a un
hombre que sembró buena semilla en su campo;
13:25 pero mientras dormían los hombres,
vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
13:26 Y cuando salió la hierba y dio
fruto, entonces apareció también la cizaña.
13:27 Vinieron entonces los siervos del
padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena
semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?
13:28 El les dijo: Un enemigo ha hecho
esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la
arranquemos?
13:29 El les dijo: No, no sea que al
arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo.
13:30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo
otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los
segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para
quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mr. 4. 30-32;
Lc. 13. 18-19)
13:31 Otra parábola les refirió, diciendo:
El reino de los cielos es semejante al
grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo;
13:32 el cual a la verdad es la más
pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la
mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que
vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Lc. 13. 20-21)
13:33 Otra parábola les dijo: El reino
de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y
escondió en tres medidas de
harina, hasta que todo fue leudado.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mr. 4. 33-34)
13:34 Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin
parábolas no les hablaba;
13:35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando
dijo:
Abriré en parábolas mi boca;
Declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo.
Jesús explica la parábola de la cizaña
13:36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y
acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la
parábola de la cizaña del campo.
13:37 Respondiendo él, les dijo: El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.
13:38 El campo es el mundo; la buena
semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del
malo.
13:39 El enemigo que la sembróes el
diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los
ángeles.
13:40 De manera que como se arranca la
cizaña, y se quema en el fuego, asíseráen el fin de este siglo.
13:41 Enviará el Hijo del Hombre a sus
ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de
tropiezo, y a los que hacen iniquidad,
13:42 y los echarán en el horno de fuego;
allí será el lloro y el crujir de dientes.
13:43 Entonces los justos resplandecerán
como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para
oír, oiga.
El tesoro escondido
13:44 Además, el reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre
halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo
lo que tiene, y compra aquel campo.
La perla de gran precio
13:45 También el reino de los cielos es
semejante a un mercader que busca buenas perlas,
13:46 que habiendo hallado una perla
preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.
La red
13:47 Asimismo el reino de los cielos
es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda
clase de peces;
13:48 y una vez llena, la sacan a la
orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan
fuera.
13:49 Asíserá al fin del siglo: saldrán
los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos,
13:50 y los echarán en el horno de fuego;
allí será el lloro y el crujir de dientes.
Tesoros nuevos y viejos
13:51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido
todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor.
13:52 El les dijo: Por eso todo escriba
docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de
familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.
Jesús en Nazaret
(Mr. 6. 1-6;
Lc. 4. 16-30)
13:53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se
fue de allí.
13:54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de
ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde
tiene éste esta sabiduría y estos milagros?
13:55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre
María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?
13:56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde,
pues, tiene éste todas estas cosas?
13:57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:
No hay profeta sin honra, sino en su
propia tierra y en su casa.
13:58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad
de ellos.
Capítulo 14
Muerte de Juan el Bautista
(Mr. 6. 14-29;
Lc. 9. 7-9)
14:1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,
14:2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha
resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
14:3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado
y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su
hermano;
14:4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. 
14:5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque
tenían a Juan por profeta.
14:6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija
de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
14:7 por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo
que pidiese.
14:8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un
plato la cabeza de Juan el Bautista.
14:9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
14:10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
14:11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha;
y ella la presentó a su madre.
14:12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo
enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
Alimentación de los cinco mil
(Mr. 6. 30-44;
Lc. 9. 10-17;
Jn. 6. 1-14)
14:13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un
lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió a
pie desde las ciudades.
14:14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.
14:15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos,
diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a
la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.
14:16 Jesús les dijo: No tienen necesidad
de irse; dadles vosotros de comer.
14:17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos
peces.
14:18 El les dijo: Traédmelos acá.
14:19 Entonces mandóa la gente recostarse sobre la hierba; y
tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos
al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y
los discípulos a la multitud.
14:20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, doce cestas llenas.
14:21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin
contar las mujeres y los niños.
Jesús anda sobre el mar
(Mr. 6. 45-52;
Jn. 6. 15-21)
14:22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la
barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él
despedía a la multitud.
14:23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y
cuando llegó la noche, estaba allí solo.
14:24 Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las
olas; porque el viento era contrario.
14:25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos
andando sobre el mar.
14:26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se
turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.
14:27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo:
¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
14:28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú,
manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
14:29 Y él dijo: Ven. Y
descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a
Jesús.
14:30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a
hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
14:31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le
dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué
dudaste?
14:32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
14:33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le
adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Mr. 6. 53-56)
14:34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de
Genesaret.
14:35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron
noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos
los enfermos;
14:36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su
manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.
Capítulo 15
Lo que contamina al hombre
(Mr. 7. 1-23)
15:1 Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos
de Jerusalén, diciendo:
15:2 ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los
ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.
15:3 Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué
también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra
tradición?
15:4 Porque Dios mandó diciendo: Honra a
tu padre y a tu madre;
y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
15:5 Pero vosotros decís: Cualquiera que
diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello
con que pudiera ayudarte,
15:6 ya no ha de honrar a su padre o a su
madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra
tradición.
15:7 Hipócritas, bien profetizó de
vosotros Isaías, cuando dijo:
15:8 Este pueblo de labios
me honra;
Mas su corazón está lejos de mí.
15:9 Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas, mandamientos
de hombres.
15:10 Y llamando a sí a la multitud, les dijo:
Oíd, y entended:
15:11 No lo que entra en la boca contamina
al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al
hombre.
15:12 Entonces acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes
que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?
15:13 Pero respondiendo él, dijo: Toda
planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.
15:14 Dejadlos; son ciegos guías de
ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.
15:15 Respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola.
15:16 Jesús dijo: ¿También vosotros sois
aún sin entendimiento?
15:17 ¿No entendéis que todo lo que entra
en la boca va al vientre, y es echado en la letrina?
15:18 Pero lo que sale de la boca, del
corazón sale;
y esto contamina al hombre.
15:19 Porque del corazón salen los malos
pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones,
los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.
15:20 Estas cosas son las que contaminan
al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al
hombre.
La fe de la mujer cananea
(Mr. 7. 24-30)
15:21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de
Sidón.
15:22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella
región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten
misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un
demonio.
15:23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose
sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces
tras nosotros.
15:24 El respondiendo, dijo: No soy
enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
15:25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor,
socórreme!
15:26 Respondiendo él, dijo: No está bien
tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.
15:27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de
las migajas que caen de la mesa de sus amos.
15:28 Entonces respondiendo Jesús, dijo:
Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su
hija fue sanada desde aquella hora.
Jesús sana a muchos
15:29 Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y
subiendo al monte, se sentó allí.
15:30 Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos,
ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a
los pies de Jesús, y los sanó;
15:31 de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los
mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los
ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.
Alimentación de los cuatro mil
(Mr. 8. 1-10)
15:32 Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo:
Tengo compasión de la gente, porque ya
hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y
enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el
camino.
15:33 Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos
nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud
tan grande?
15:34 Jesús les dijo: ¿Cuántos panes
tenéis? Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos.
15:35 Y mandó a la multitud que se recostase en tierra.
15:36 Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los
partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.
15:37 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, siete canastas llenas.
15:38 Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin
contar las mujeres y los niños.
15:39 Entonces, despedida la gente, entró en la barca, y vino a
la región de Magdala.
Capítulo 16
La demanda de una señal
(Mr. 8. 11-13;
Lc. 12. 54-56)
16:1 Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le
pidieron que les mostrase señal
del cielo.
16:2 Mas él respondiendo, les dijo: Cuando
anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles.
16:3 Y por la mañana: Hoy habrá tempestad;
porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis
distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos
no podéis!
16:4 La generación mala y adúltera demanda
señal;
pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás.
Y dejándolos, se fue.
La levadura de los fariseos
(Mr. 8. 14-21)
16:5 Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado
de traer pan.
16:6 Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de
la levadura de los fariseos
y de los saduceos.
16:7 Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no
trajimos pan.
16:8 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por
qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no
tenéis pan?
16:9 ¿No entendéis aún, ni os acordáis de
los cinco panes entre cinco mil hombres,
y cuántas cestas recogisteis?
16:10 ¿Ni de los siete panes entre cuatro
mil,
y cuántas canastas recogisteis?
16:11 ¿Cómo es que no entendéis que no fue
por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los
fariseos y de los saduceos?
16:12 Entonces entendieron que no les había dicho que se
guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los
fariseos y de los saduceos.
La confesión de Pedro
(Mr. 8. 27-30;
Lc. 9. 18-21)
16:13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo,
preguntó a sus discípulos, diciendo:
¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
16:14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 
16:15 El les dijo: Y vosotros, ¿quién
decís que soy yo?
16:16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente.
16:17 Entonces le respondió Jesús:
Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
16:18 Y yo también te digo, que tú eres
Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del
Hades no prevalecerán contra ella.
16:19 Y a ti te daré las llaves del reino
de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en
los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado
en los cielos.
16:20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él
era Jesús el Cristo.
Jesús anuncia su muerte
(Mr. 8. 31--9.1;
Lc. 9. 22-27)
16:21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus
discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho
de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los
escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.
16:22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle,
diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te
acontezca.
16:23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro:
¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no
pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
16:24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos:
Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.
16:25 Porque todo el que quiera salvar su
vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí,
la hallará. 
16:26 Porque ¿qué aprovechará al hombre,
si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa
dará el hombre por su alma?
16:27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en
la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada
uno conforme a sus obras.
16:28 De cierto os digo que hay algunos de
los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan
visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.
Capítulo 17
La transfiguración
(Mr. 9. 2-13;
Lc. 9. 28-36)
17:1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su
hermano, y los llevó aparte a un monte alto;
17:2 y se transfiguró delante de ellos,
y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron
blancos como la luz.
17:3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
17:4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros
que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una
para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.
17:5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he
aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en
quien tengo complacencia;   
a él oíd.
17:6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros,
y tuvieron gran temor.
17:7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo:
Levantaos, y no temáis.
17:8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
17:9 Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo:
No digáis a nadie la visión, hasta que el
Hijo del Hombre resucite de los muertos.
17:10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por
qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga
primero?
17:11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la
verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.
17:12 Mas os digo que Elías ya vino,
y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que
quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.
17:13 Entonces los discípulos comprendieron que les había
hablado de Juan el Bautista.
Jesús sana a un muchacho lunático
(Mr. 9. 14-29;
Lc. 9. 37-43)
17:14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se
arrodilló delante de él, diciendo:
17:15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y
padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas
en el agua.
17:16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido
sanar.
17:17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh
generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con
vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.
17:18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho,
y éste quedó sano desde aquella hora.
17:19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron:
¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?
17:20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe;
porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de
mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; 
y nada os será imposible.
17:21 Pero este género no sale sino con
oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mr. 9. 30-32;
Lc. 9. 43-45)
17:22 Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo:
El Hijo del Hombre será entregado en manos
de hombres,
17:23 y le matarán; mas al tercer día
resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.
Pago del impuesto del templo
17:24 Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que
cobraban las dos dracmas,  y
le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?
17:25 El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló
primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón?
Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los
impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños?
17:26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo:
Luego los hijos están exentos.
17:27 Sin embargo, para no ofenderles, ve
al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y
al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por
mí y por ti.
Capítulo 18
¿Quién es el mayor?
(Mr. 9. 33-37;
Lc. 9. 46-48)
18:1 En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo:
¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?
18:2 Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
18:3 y dijo: De cierto os digo, que si no
os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de
los cielos.
18:4 Así que, cualquiera que se humille
como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.
18:5 Y cualquiera que reciba en mi nombre
a un niño como este, a mí me recibe.
Ocasiones de caer
(Mr. 9. 42-48;
Lc. 17. 1-2)
18:6 Y cualquiera que haga tropezar a
alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se
le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le
hundiese en lo profundo del mar.
18:7 ¡Ay del mundo por los tropiezos!
porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel
hombre por quien viene el tropiezo!
18:8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es
ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en
la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser
echado en el fuego eterno.
18:9 Y si tu ojo te es ocasión de caer,
sácalo y échalo de ti; mejor te es entrar con un solo ojo en la
vida, que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego.
Parábola de la oveja perdida
(Lc. 15. 3-7)
18:10 Mirad que no menospreciéis a uno
de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos
ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.
18:11 Porque el Hijo del Hombre ha venido
para salvar lo que se había perdido.
18:12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene
cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y
nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado?
18:13 Y si acontece que la encuentra, de
cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las
noventa y nueve que no se descarriaron.
18:14 Así, no es la voluntad de vuestro
Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos
pequeños.
Cómo se debe perdonar al hermano
18:15 Por tanto, si tu hermano peca
contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere,
has ganado a tu hermano.
18:16 Mas si no te oyere, toma aún contigo
a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos
conste toda palabra.
18:17 Si no los oyere a ellos, dilo a la
iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y
publicano.
18:18 De cierto os digo que todo lo que
atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que
desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.
18:19 Otra vez os digo, que si dos de
vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de
cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que
está en los cielos.
18:20 Porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
18:21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas
veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
18:22 Jesús le dijo: No te digo hasta
siete, sino aun hasta setenta veces siete.
Los dos deudores
18:23 Por lo cual el reino de los
cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus
siervos.
18:24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue
presentado uno que le debía diez mil talentos .
18:25 A éste, como no pudo pagar, ordenó
su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía,
para que se le pagase la deuda.
18:26 Entonces aquel siervo, postrado, le
suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo
pagaré todo.
18:27 El señor de aquel siervo, movido a
misericordia, le soltó y le perdonó la deuda.
18:28 Pero saliendo aquel siervo, halló a
uno de sus consiervos, que le debía cien denarios;
y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes.
18:29 Entonces su consiervo, postrándose a
sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo
pagaré todo.
18:30 Mas él no quiso, sino fue y le echó
en la cárcel, hasta que pagase la deuda.
18:31 Viendo sus consiervos lo que pasaba,
se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo
lo que había pasado.
18:32 Entonces, llamándole su señor, le
dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me
rogaste.
18:33 ¿No debías tú también tener
misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?
18:34 Entonces su señor, enojado, le
entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.
18:35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no
perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
Capítulo 19
Jesús enseña
sobre el divorcio
(Mr.
10. 1-12; Lc. 16. 18)
19:1 Aconteció que cuando Jesús terminó
estas palabras, se alejó de Galilea, y fue a las regiones de
Judea al otro lado del Jordán.
19:2 Y le siguieron grandes multitudes, y
los sanó allí.
19:3 Entonces vinieron a él los fariseos,
tentándole y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su
mujer por cualquier causa?
19:4 El, respondiendo, les dijo:
¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y
hembra los hizo,
19:5 y dijo: Por esto el hombre dejará
padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola
carne?
19:6 Así que no son ya más dos, sino una
sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el
hombre.
19:7 Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó
Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla?
19:8 El les dijo:
Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a
vuestras mujeres; mas al principio no fue así.
19:9 Y yo os digo que cualquiera que
repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa
con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera.
19:10 Le dijeron sus discípulos: Si así es
la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.
19:11 Entonces él les dijo:
No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es
dado.
19:12 Pues hay eunucos que nacieron así
del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos
por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron
eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de
recibir esto, que lo reciba.
Jesús bendice a los niños
(Mr.
10. 13-16; Lc. 18. 15-17)
19:13 Entonces le fueron presentados
unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y
los discípulos les reprendieron.
19:14 Pero Jesús dijo:
Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los
tales es el reino de los cielos.
19:15 Y habiendo puesto sobre ellos las
manos, se fue de allí.
El joven rico
(Mr.
10. 17-31; Lc. 18. 18-30)
19:16 Entonces vino uno y le dijo:
Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?
19:17 El le dijo:
¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas
si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
19:18 Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo:
No matarás.
No adulterarás.
No hurtarás.
No dirás falso testimonio.
19:19 Honra a tu padre y a tu madre;
y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
19:20 El joven le dijo: Todo esto lo he
guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?
19:21 Jesús le dijo:
Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los
pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.
19:22 Oyendo el joven esta palabra, se fue
triste, porque tenía muchas posesiones.
19:23 Entonces Jesús dijo a sus
discípulos: De cierto os digo, que
difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
19:24 Otra vez os digo, que es más fácil
pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en
el reino de Dios.
19:25 Sus discípulos, oyendo esto, se
asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser
salvo?
19:26 Y mirándolos Jesús, les dijo:
Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es
posible.
19:27 Entonces respondiendo Pedro, le
dijo: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos
seguido; ¿qué, pues, tendremos?
19:28 Y Jesús les dijo:
De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del
Hombre se siente en el trono de su gloria,
vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce
tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
19:29 Y cualquiera que haya dejado casas,
o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o
tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la
vida eterna.
19:30 Pero muchos primeros serán
postreros, y postreros, primeros.
Capítulo 20
Los obreros
de la viña
20:1 Porque el reino de los cielos es
semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana
a contratar obreros para su viña.
20:2 Y habiendo convenido con los obreros
en un denario
al día, los envió a su viña.
20:3 Saliendo cerca de la hora tercera del
día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados;
20:4 y les dijo: Id también vosotros a mi
viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.
20:5 Salió otra vez cerca de las horas
sexta y novena, e hizo lo mismo.
20:6 Y saliendo cerca de la hora undécima,
halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué
estáis aquí todo el día desocupados?
20:7 Le dijeron: Porque nadie nos ha
contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y
recibiréis lo que sea justo.
20:8 Cuando llegó la noche, el señor de la
viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el
jornal,
comenzando desde los postreros hasta los primeros.
20:9 Y al venir los que habían ido cerca
de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.
20:10 Al venir también los primeros,
pensaron que habían de recibir más; pero también ellos
recibieron cada uno un denario.
20:11 Y al recibirlo, murmuraban contra el
padre de familia,
20:12 diciendo: Estos postreros han
trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que
hemos soportado la carga y el calor del día.
20:13 El, respondiendo, dijo a uno de
ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un
denario?
20:14 Toma lo que es tuyo, y vete; pero
quiero dar a este postrero, como a ti.
20:15 ¿No me es lícito hacer lo que quiero
con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
20:16 Así, los primeros serán postreros, y
los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos
escogidos. 
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mr.
10. 32-34; Lc. 18. 31-34)
20:17 Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó
a sus doce discípulos aparte en el camino, y les dijo:
20:18 He aquí subimos a Jerusalén, y el
Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a
los escribas, y le condenarán a muerte;
20:19 y le entregarán a los gentiles para
que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer
día resucitará.
Petición de Santiago y de Juan
(Mr.
10. 35-45)
20:20 Entonces se le acercó la madre de
los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y
pidiéndole algo.
20:21 El le dijo:
¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena
que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu
derecha, y el otro a tu izquierda.
20:22 Entonces Jesús respondiendo, dijo:
No sabéis lo que pedís. ¿Podéis
beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el
bautismo con que yo soy bautizado?
Y ellos le dijeron: Podemos.
20:23 El les dijo:
A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo
soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha
y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes
está preparado por mi Padre.
20:24 Cuando los diez oyeron esto, se
enojaron contra los dos hermanos.
20:25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo:
Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de
ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.
20:26 Mas entre vosotros no será así,
sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será
vuestro servidor,
20:27 y el que quiera ser el primero entre
vosotros será vuestro siervo; 
20:28 como el Hijo del Hombre no vino para
ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por
muchos.
Dos ciegos reciben la vista
(Mr.
10. 6-52; Lc. 18. 35-43)
20:29 Al salir ellos de Jericó, le
seguía una gran multitud.
20:30 Y dos ciegos que estaban sentados
junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron,
diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!
20:31 Y la gente les reprendió para que
callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de
David, ten misericordia de nosotros!
20:32 Y deteniéndose Jesús, los llamó, y
les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
20:33 Ellos le dijeron: Señor, que sean
abiertos nuestros ojos.
20:34 Entonces Jesús, compadecido, les
tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron.
Capítulo 21
La entrada
triunfal en Jerusalén
(Mr.
11. 1-11; Lc. 19. 28-40;
Jn. 12. 12-19)
21:1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y
vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos
discípulos,
21:2 diciéndoles:
Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis
una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos.
21:3 Y si alguien os dijere algo, decid:
El Señor los necesita; y luego los enviará.
21:4 Todo esto aconteció para que se
cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
21:5 Decid a la hija de
Sion:
He aquí, tu Rey viene a ti,
Manso, y sentado sobre una asna,
Sobre un pollino, hijo de animal de
carga.
21:6 Y los discípulos fueron, e hicieron
como Jesús les mandó;
21:7 y trajeron el asna y el pollino, y
pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima.
21:8 Y la multitud, que era muy numerosa,
tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los
árboles, y las tendían en el camino.
21:9 Y la gente que iba delante y la que
iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna
al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!
21:10 Cuando entró él en Jerusalén, toda
la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
21:11 Y la gente decía: Este es Jesús el
profeta, de Nazaret de Galilea.
Purificación del templo
(Mr.
11. 15-19; Lc. 19. 45-48;
Jn. 2. 13-22)
21:12 Y entró Jesús en el templo de
Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el
templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los
que vendían palomas;
21:13 y les dijo: Escrito está:
Mi casa, casa de oración será llamada;
mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
21:14 Y vinieron a él en el templo ciegos
y cojos, y los sanó.
21:15 Pero los principales sacerdotes y
los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos
aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se
indignaron,
21:16 y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos
dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca
leísteis:
De la boca de los niños y de los que
maman
Perfeccionaste la alabanza?
21:17 Y dejándolos, salió fuera de la
ciudad a Betania, y posó allí.
Maldición de la higuera estéril
(Mr.
11. 12-14, 20-26)
21:18 Por la mañana, volviendo a la
ciudad, tuvo hambre.
21:19 Y viendo una higuera cerca del
camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas
solamente; y le dijo: Nunca jamás
nazca de ti fruto. Y luego se secó
la higuera.
21:20 Viendo esto los discípulos, decían
maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera?
21:21 Respondiendo Jesús, les dijo:
De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo
haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis:
Quítate y échate en el mar, será hecho.
21:22 Y todo lo que pidiereis en oración,
creyendo, lo recibiréis.
La autoridad de Jesús
(Mr.
11. 27-33; Lc. 20. 1-8)
21:23 Cuando vino al templo, los
principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a
él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces
estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?
21:24 Respondiendo Jesús, les dijo:
Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también
yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.
21:25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era?
¿Del cielo, o de los hombres? Ellos
entonces discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo,
nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?
21:26 Y si decimos, de los hombres,
tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta.
21:27 Y respondiendo a Jesús, dijeron: No
sabemos. Y él también les dijo:
Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
Parábola de los dos hijos
21:28 Pero ¿qué os parece? Un hombre
tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy
a trabajar en mi viña.
21:29 Respondiendo él, dijo: No quiero;
pero después, arrepentido, fue.
21:30 Y acercándose al otro, le dijo de la
misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue.
21:31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de
su padre? Dijeron ellos: El
primero. Jesús les dijo: De cierto
os digo, que los publicanos y las rameras van delante de
vosotros al reino de Dios.
21:32 Porque vino a vosotros Juan en
camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las
rameras le creyeron;
y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para
creerle.
Los labradores malvados
(Mr.
12. 1-12; Lc. 20. 9-19)
21:33 Oíd otra parábola: Hubo un
hombre, padre de familia, el cual plantó una viña,
la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y
la arrendó a unos labradores, y se fue lejos.
21:34 Y cuando se acercó el tiempo de los
frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen
sus frutos.
21:35 Mas los labradores, tomando a los
siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon.
21:36 Envió de nuevo otros siervos, más
que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera.
21:37 Finalmente les envió su hijo,
diciendo: Tendrán respeto a mi hijo.
21:38 Mas los labradores, cuando vieron al
hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y
apoderémonos de su heredad.
21:39 Y tomándole, le echaron fuera de la
viña, y le mataron.
21:40 Cuando venga, pues, el señor de la
viña, ¿qué hará a aquellos labradores?
21:41 Le dijeron: A los malos destruirá
sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le
paguen el fruto a su tiempo.
21:42 Jesús les dijo:
¿Nunca leísteis en las Escrituras:
La piedra que desecharon los
edificadores,
Ha venido a ser cabeza del ángulo.
El Señor ha hecho esto,
Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?
21:43 Por tanto os digo, que el reino de
Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca
los frutos de él.
21:44 Y el que cayere sobre esta piedra
será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.
21:45 Y oyendo sus parábolas los
principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba
de ellos.
21:46 Pero al buscar cómo echarle mano,
temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta.
Capítulo 22
Parábola de
la fiesta de bodas
22:1 Respondiendo Jesús, les volvió a
hablar en parábolas, diciendo:
22:2 El reino de los cielos es semejante a
un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo;
22:3 y envió a sus siervos a llamar a los
convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir.
22:4 Volvió a enviar otros siervos,
diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi
comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo
está dispuesto; venid a las bodas.
22:5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron,
uno a su labranza, y otro a sus negocios;
22:6 y otros, tomando a los siervos, los
afrentaron y los mataron.
22:7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando
sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.
22:8 Entonces dijo a sus siervos: Las
bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron
convidados no eran dignos.
22:9 Id, pues, a las salidas de los
caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.
22:10 Y saliendo los siervos por los
caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y
buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.
22:11 Y entró el rey para ver a los
convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de
boda.
22:12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste
aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.
22:13 Entonces el rey dijo a los que
servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de
afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 
22:14 Porque muchos son llamados, y pocos
escogidos.
La cuestión del tributo
(Mr.
12. 13-17; Lc. 20. 20-26)
22:15 Entonces se fueron los fariseos y
consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra.
22:16 Y le enviaron los discípulos de
ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres
amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios,
y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de
los hombres.
22:17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es
lícito dar tributo a César, o no?
22:18 Pero Jesús, conociendo la malicia de
ellos, les dijo: ¿Por qué me
tentáis, hipócritas?
22:19 Mostradme la moneda del tributo.
Y ellos le presentaron un denario.
22:20 Entonces les dijo:¿De
quién es esta imagen, y la inscripción?
22:21 Le dijeron: De César. Y les dijo:
Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de
Dios.
22:22 Oyendo esto, se maravillaron, y
dejándole, se fueron.
La pregunta sobre la resurrección
(Mr.
12. 18-27; Lc. 20. 27-40)
22:23 Aquel día vinieron a él los
saduceos, que dicen que no hay resurrección,
y le preguntaron,
22:24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si
alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y
levantará descendencia a su hermano.
22:25 Hubo, pues, entre nosotros siete
hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo
descendencia, dejó su mujer a su hermano.
22:26 De la misma manera también el
segundo, y el tercero, hasta el séptimo.
22:27 Y después de todos murió también la
mujer.
22:28 En la resurrección, pues, ¿de cuál
de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?
22:29 Entonces respondiendo Jesús, les
dijo: Erráis, ignorando las
Escrituras y el poder de Dios.
22:30 Porque en la resurrección ni se
casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles
de Dios en el cielo.
22:31 Pero respecto a la resurrección de
los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios,
cuando dijo:
22:32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios
de Isaac y el Dios de Jacob?
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
22:33 Oyendo esto la gente, se admiraba de
su doctrina.
El gran mandamiento
(Mr.
12. 28-34)
22:34 Entonces los fariseos, oyendo que
había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una.
22:35 Y uno de ellos, intérprete de la
ley, preguntó por tentarle,
diciendo:
22:36 Maestro, ¿cuál es el gran
mandamiento en la ley?
22:37 Jesús le dijo:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma,
y con toda tu mente.
22:38 Este es el primero y grande
mandamiento.
22:39 Y el segundo es semejante: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo.
22:40 De estos dos mandamientos depende
toda la ley y los profetas.
¿De quién es hijo el Cristo?
(Mr.
12. 35-37; Lc. 20. 41-44)
22:41 Y estando juntos los fariseos,
Jesús les preguntó,
22:42 diciendo:
¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?
Le dijeron: De David.
22:43 El les dijo:
¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
22:44 Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha,
Hasta que ponga a tus enemigos por
estrado de tus pies?
22:45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo
es su hijo?
22:46 Y nadie le podía responder palabra;
ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.
Capítulo 23
Jesús acusa a
escribas y fariseos
(Mr.
12. 38-40; Lc. 11. 37-54;
20. 45-47)
23:1 Entonces habló Jesús a la gente y a
sus discípulos, diciendo:
23:2 En la cátedra de Moisés se sientan
los escribas y los fariseos.
23:3 Así que, todo lo que os digan que
guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus
obras, porque dicen, y no hacen.
23:4 Porque atan cargas pesadas y
difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los
hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.
23:5 Antes, hacen todas sus obras para ser
vistos por los hombres.
Pues ensanchan sus filacterias,
y extienden los flecos
de sus mantos;
23:6 y aman los primeros asientos en las
cenas, y las primeras sillas en las sinagogas,
23:7 y las salutaciones en las plazas, y
que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.
23:8 Pero vosotros no queráis que os
llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos
vosotros sois hermanos.
23:9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en
la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los
cielos.
23:10 Ni seáis llamados maestros; porque
uno es vuestro Maestro, el Cristo.
23:11 El que es el mayor de vosotros, sea
vuestro siervo.  
23:12 Porque el que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido.
23:13 Mas ¡ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos
delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis
entrar a los que están entrando.
23:14 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y
como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor
condenación.
23:15 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer
un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del
infierno que vosotros.
23:16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que
decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno
jura por el oro del templo, es deudor.
23:17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál
es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?
23:18 También decís: Si alguno jura por el
altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está
sobre él, es deudor.
23:19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es
mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?
23:20 Pues el que jura por el altar, jura
por él, y por todo lo que está sobre él;
23:21 y el que jura por el templo, jura
por él, y por el que lo habita;
23:22 y el que jura por el cielo, jura por
el trono de Dios,
y por aquel que está sentado en él.
23:23 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el
comino,
y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la
misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de
hacer aquello.
23:24 ¡Guías ciegos, que coláis el
mosquito, y tragáis el camello!
23:25 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del
plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.
23:26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de
dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea
limpio.
23:27 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros
blanqueados,
que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro
están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.
23:28 Así también vosotros por fuera, a la
verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis
llenos de hipocresía e iniquidad.
23:29 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los
profetas, y adornáis los monumentos de los justos,
23:30 y decís: Si hubiésemos vivido en los
días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la
sangre de los profetas.
23:31 Así que dais testimonio contra
vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los
profetas.
23:32 ¡Vosotros también llenad la medida
de vuestros padres!
23:33 ¡Serpientes, generación de víboras! 
¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?
23:34 Por tanto, he aquí yo os envío
profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y
crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y
perseguiréis de ciudad en ciudad;
23:35 para que venga sobre vosotros toda
la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la
sangre de Abel
el justo hasta la sangre de Zacarías
hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el
altar.
23:36 De cierto os digo que todo esto
vendrá sobre esta generación.
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
(Lc.
13. 34-35)
23:37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas
a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas
veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus
polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
23:38 He aquí vuestra casa os es dejada
desierta.
23:39 Porque os digo que desde ahora no me
veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del
Señor.
Capítulo 24
Jesús predice
la destrucción del templo
(Mr.
13. 1-2; Lc. 21. 5-6)
24:1 Cuando Jesús salió del templo y se
iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios
del templo.
24:2 Respondiendo él, les dijo:
¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no
quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.
Señales antes del fin
(Mr.
13. 3-23; Lc. 21. 7-24)
24:3 Y estando él sentado en el monte
de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte,
diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas
cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?
24:4 Respondiendo Jesús, les dijo:
Mirad que nadie os engañe.
24:5 Porque vendrán muchos en mi nombre,
diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.
24:6 Y oiréis de guerras y rumores de
guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo
esto acontezca; pero aún no es el fin.
24:7 Porque se levantará nación contra
nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y
terremotos en diferentes lugares.
24:8 Y todo esto será principio de
dolores.
24:9 Entonces os entregarán a tribulación,
y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa
de mi nombre.
24:10 Muchos tropezarán entonces, y se
entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.
24:11 Y muchos falsos profetas se
levantarán, y engañarán a muchos;
24:12 y por haberse multiplicado la
maldad, el amor de muchos se enfriará.
24:13 Mas el que persevere hasta el fin,
éste será salvo.
24:14 Y será predicado este evangelio del
reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y
entonces vendrá el fin.
24:15 Por tanto, cuando veáis en el lugar
santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel 
(el que lee, entienda),
24:16 entonces los que estén en Judea,
huyan a los montes.
24:17 El que esté en la azotea, no
descienda para tomar algo de su casa;
24:18 y el que esté en el campo, no vuelva
atrás para tomar su capa.
24:19 Mas ¡ay de las que estén encintas, y
de las que críen en aquellos días!
24:20 Orad, pues, que vuestra huida no sea
en invierno ni en día de reposo;
24:21 porque habrá entonces gran
tribulación,
cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora,
ni la habrá.
24:22 Y si aquellos días no fuesen
acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos,
aquellos días serán acortados.
24:23 Entonces, si alguno os dijere:
Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis.
24:24 Porque se levantarán falsos Cristos,
y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal
manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.
24:25 Ya os lo he dicho antes.
24:26 Así que, si os dijeren: Mirad, está
en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no
lo creáis.
24:27 Porque como el relámpago que sale
del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la
venida del Hijo del Hombre.
24:28 Porque dondequiera que estuviere el
cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas.
La venida del Hijo del Hombre
(Mr.
13. 24-37; Lc. 21. 25-36;
17. 25-36;
12. 41-48)
24:29 E inmediatamente después de la
tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no
dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo,  
y las potencias de los cielos serán conmovidas.
24:30 Entonces aparecerá la señal del Hijo
del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus
de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las
nubes del cielo,
con poder y gran gloria.
24:31 Y enviará sus ángeles con gran voz
de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos,
desde un extremo del cielo hasta el otro.
24:32 De la higuera aprended la parábola:
Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el
verano está cerca.
24:33 Así también vosotros, cuando veáis
todas estas cosas, conoced que está cerca, a las
puertas.
24:34 De cierto os digo, que no pasará
esta generación hasta que todo esto acontezca.
24:35 El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán.
24:36 Pero del día y la hora nadie sabe,
ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre.
24:37 Mas como en los días de Noé,
así será la venida del Hijo del Hombre.
24:38 Porque como en los días antes del
diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en
casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca,
24:39 y no entendieron hasta que vino el
diluvio y se los llevó a todos,
así será también la venida del Hijo del Hombre.
24:40 Entonces estarán dos en el campo; el
uno será tomado, y el otro será dejado.
24:41 Dos mujeres estarán moliendo en un
molino; la una será tomada, y la otra será dejada.
24:42 Velad, pues, porque no sabéis a qué
hora ha de venir vuestro Señor.
24:43 Pero sabed esto, que si el padre de
familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y
no dejaría minar su casa.
24:44 Por tanto, también vosotros estad
preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no
pensáis.
24:45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y
prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el
alimento a tiempo?
24:46 Bienaventurado aquel siervo al cual,
cuando su señor venga, le halle haciendo así.
24:47 De cierto os digo que sobre todos
sus bienes le pondrá.
24:48 Pero si aquel siervo malo dijere en
su corazón: Mi señor tarda en venir;
24:49 y comenzare a golpear a sus
consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos,
24:50 vendrá el señor de aquel siervo en
día que éste no espera, y a la hora que no sabe,
24:51 y lo castigará duramente, y pondrá
su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de
dientes.
Capítulo 25
Parábola de
las diez vírgenes
25:1 Entonces el reino de los cielos será
semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas,
salieron a recibir al esposo.
25:2 Cinco de ellas eran prudentes y cinco
insensatas.
25:3 Las insensatas, tomando sus lámparas,
no tomaron consigo aceite;
25:4 mas las prudentes tomaron aceite en
sus vasijas, juntamente con sus lámparas.
25:5 Y tardándose el esposo, cabecearon
todas y se durmieron.
25:6 Y a la medianoche se oyó un clamor:
¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!
25:7 Entonces todas aquellas vírgenes se
levantaron, y arreglaron sus lámparas.
25:8 Y las insensatas dijeron a las
prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se
apagan.
25:9 Mas las prudentes respondieron
diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más
bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.
25:10 Pero mientras ellas iban a comprar,
vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a
las bodas; y se cerró la puerta.
25:11 Después vinieron también las otras
vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!
25:12 Mas él, respondiendo, dijo: De
cierto os digo, que no os conozco.
25:13 Velad, pues, porque no sabéis el día
ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.
Parábola de los talentos
25:14 Porque el reino de los cielos es
como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les
entregó sus bienes.
25:15 A uno dio cinco talentos,
y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad;
y luego se fue lejos.
25:16 Y el que había recibido cinco
talentos
fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos
25:17 Asimismo el que había recibido dos,
ganó también otros dos.
25:18 Pero el que había recibido uno fue y
cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.
25:19 Después de mucho tiempo vino el
señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.
25:20 Y llegando el que había recibido
cinco talentos,
trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre
ellos.
25:21 Y su señor le dijo: Bien, buen
siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré;
entra en el gozo de tu señor.
25:22 Llegando también el que había
recibido dos talentos,
dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado
otros dos talentos sobre ellos.
25:23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo
y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra
en el gozo de tu señor.
25:24 Pero llegando también el que había
recibido un talento,
dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde
no sembraste y recoges donde no esparciste;
25:25 por lo cual tuve miedo, y fui y
escondí tu talento
en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.
25:26 Respondiendo su señor, le dijo:
Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y
que recojo donde no esparcí.
25:27 Por tanto, debías haber dado mi
dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que
es mío con los intereses.
25:28 Quitadle, pues, el talento,
y dadlo al que tiene diez talentos.
25:29 Porque al que tiene, le será dado, y
tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 
25:30 Y al siervo inútil echadle en las
tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.  
El juicio de las naciones
25:31 Cuando el Hijo del Hombre venga
en su gloria, y todos los santos ángeles con él,
entonces se sentará en su trono de gloria,
25:32 y serán reunidas delante de él todas
las naciones; y apartarálos unos de los otros, como aparta el
pastor las ovejas de los cabritos.
25:33 Y pondrá las ovejas a su derecha, y
los cabritos a su izquierda.
25:34 Entonces el Rey dirá a los de su
derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado
para vosotros desde la fundación del mundo.
25:35 Porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me
recogisteis;
25:36 estuve desnudo, y me cubristeis;
enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
25:37 Entonces los justos le responderán
diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos,
o sediento, y te dimos de beber?
25:38 ¿Y cuándo te vimos forastero, y te
recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
25:39 ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la
cárcel, y vinimos a ti?
25:40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De
cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis
hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.
25:41 Entonces dirá también a los de la
izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado
para el diablo y sus ángeles.
25:42 Porque tuve hambre, y no me disteis
de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;
25:43 fui forastero, y no me recogisteis;
estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y
no me visitasteis.
25:44 Entonces también ellos le
responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento,
sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te
servimos?
25:45 Entonces les responderá diciendo: De
cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más
pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.
25:46 E irán éstos al castigo eterno, y
los justos a la vida eterna.
Capítulo 26
El complot
para prender a Jesús
(Mr.
14. 1-2; Lc. 22. 1-2;
Jn. 11. 45-53)
26:1 Cuando hubo acabado Jesús todas estas
palabras, dijo a sus discípulos:
26:2 Sabéis que dentro de dos días se
celebra la pascua,
y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.
26:3 Entonces los principales sacerdotes,
los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio
del sumo sacerdote llamado Caifás,
26:4 y tuvieron consejo para prender con
engaño a Jesús, y matarle.
26:5 Pero decían: No durante la fiesta,
para que no se haga alboroto en el pueblo.
Jesús es ungido en Betania
(Mr.
14. 3-9; Jn. 12. 1-8)
26:6 Y estando Jesús en Betania, en
casa de Simón el leproso,
26:7 vino a él una mujer, con un vaso de
alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la
cabeza de él, estando sentado a la mesa.
26:8 Al ver esto, los discípulos se
enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio?
26:9 Porque esto podía haberse vendido a
gran precio, y haberse dado a los pobres.
26:10 Y entendiéndolo Jesús, les dijo:
¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena
obra.
26:11 Porque siempre tendréis pobres con
vosotros,
pero a mí no siempre me tendréis.
26:12 Porque al derramar este perfume
sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la
sepultura.
26:13 De cierto os digo que dondequiera
que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se
contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.
Judas ofrece entregar a Jesús
(Mr.
14. 10-11; Lc. 22. 3-6)
26:14 Entonces uno de los doce, que se
llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes,
26:15 y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y
yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de
plata.
26:16 Y desde entonces buscaba oportunidad
para entregarle.
Institución de la Cena del Señor
(Mr.
14. 12-25; Lc. 22. 7-23;
Jn. 13. 21-30;
1 Co. 11. 23-26)
26:17 El primer día de la fiesta de los
panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole:
¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua?
26:18 Y él dijo:
Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi
tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis
discípulos.
26:19 Y los discípulos hicieron como Jesús
les mandó, y prepararon la pascua.
26:20 Cuando llegó la noche, se sentó a la
mesa con los doce.
26:21 Y mientras comían, dijo:
De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.
26:22 Y entristecidos en gran manera,
comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?
26:23 Entonces él respondiendo, dijo:
El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar.
26:24 A la verdad el Hijo del Hombre va,
según está escrito de él,
mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es
entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.
26:25 Entonces respondiendo Judas, el que
le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo:
Tú lo has dicho.
26:26 Y mientras comían, tomó Jesús el
pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo:
Tomad, comed; esto es mi cuerpo.
26:27 Y tomando la copa, y habiendo dado
gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
26:28 porque esto es mi sangre
del nuevo pacto,
que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
26:29 Y os digo que desde ahora no beberé
más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba
nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.
Jesús anuncia la negación de Pedro
(Mr.
14. 26-31; Lc. 22. 31-34;
Jn. 13. 36-38)
26:30 Y cuando hubieron cantado el
himno, salieron al monte de los Olivos.
26:31 Entonces Jesús les dijo:
Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque
escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán
dispersadas.
26:32 Pero después que haya resucitado,
iré delante de vosotros a Galilea.
26:33 Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque
todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.
26:34 Jesús le dijo:
De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me
negarás tres veces.
26:35 Pedro le dijo: Aunque me sea
necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos
dijeron lo mismo.
Jesús ora en Getsemaní
(Mr.
14. 32-42; Lc. 22. 39-46)
26:36 Entonces llegó Jesús con ellos a
un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro.
26:37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos
de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran
manera.
26:38 Entonces Jesús les dijo:
Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad
conmigo.
26:39 Yendo un poco adelante, se postró
sobre su rostro, orando y diciendo:
Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como
yo quiero, sino como tú.
26:40 Vino luego a sus discípulos, y los
halló durmiendo, y dijo a Pedro:
¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?
26:41 Velad y orad, para que no entréis en
tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne
es débil.
26:42 Otra vez fue, y oró por segunda vez,
diciendo: Padre mío, si no puede
pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
26:43 Vino otra vez y los halló durmiendo,
porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.
26:44 Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró
por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
26:45 Entonces vino a sus discípulos y les
dijo: Dormid ya, y descansad. He
aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en
manos de pecadores.
26:46 Levantaos, vamos; ved, se acerca el
que me entrega.
Arresto de Jesús
(Mr.
14. 43-50; Lc. 22. 47-53;
Jn. 18. 2-11)
26:47 Mientras todavía hablaba, vino
Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y
palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos
del pueblo.
26:48 Y el que le entregaba les había dado
señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle.
26:49 Y en seguida se acercó a Jesús y
dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó.
26:50 Y Jesús le dijo:
Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se
acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.
26:51 Pero uno de los que estaban con
Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un
siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja.
26:52 Entonces Jesús le dijo:
Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada,
a espada perecerán.
26:53 ¿Acaso piensas que no puedo ahora
orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de
ángeles?
26:54 ¿Pero cómo entonces se cumplirían
las Escrituras, de que es necesario que así se haga?
26:55 En aquella hora dijo Jesús a la
gente:¿Como contra un ladrón habéis
salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me
sentaba con vosotros enseñando en el templo,
y no me prendisteis.
26:56 Mas todo esto sucede, para que se
cumplan las Escrituras de los profetas.Entonces
todos los discípulos, dejándole, huyeron.
Jesús ante el concilio
(Mr.
14. 53-65; Lc. 22. 54, 63-71;
Jn. 18. 12-14, 19-24)
26:57 Los que prendieron a Jesús le
llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los
escribas y los ancianos.
26:58 Mas Pedro le seguía de lejos hasta
el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los
alguaciles, para ver el fin.
26:59 Y los principales sacerdotes y los
ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra
Jesús, para entregarle a la muerte,
26:60 y no lo hallaron, aunque muchos
testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos
testigos falsos,
26:61 que dijeron: Este dijo: Puedo
derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.
26:62 Y levantándose el sumo sacerdote, le
dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?
26:63 Mas Jesús callaba. Entonces el sumo
sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos
digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.
26:64 Jesús le dijo:
Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al
Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y
viniendo en las nubes del cielo.
26:65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus
vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos
de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.
26:66 ¿Qué os parece? Y respondiendo
ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!
26:67 Entonces le escupieron en el rostro,
y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban,
26:68 diciendo: Profetízanos, Cristo,
quién es el que te golpeó.
Pedro niega a Jesús
(Mr.
14. 66-72; Lc. 22. 55-62;
Jn. 18. 15-18, 25-27)
26:69 Pedro estaba sentado fuera en el
patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas
con Jesús el galileo.
26:70 Mas él negó delante de todos,
diciendo: No sé lo que dices.
26:71 Saliendo él a la puerta, le vio
otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con
Jesús el nazareno.
26:72 Pero él negó otra vez con juramento:
No conozco al hombre.
26:73 Un poco después, acercándose los que
por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú
eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.
26:74 Entonces él comenzó a maldecir, y a
jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.
26:75 Entonces Pedro se acordó de las
palabras de Jesús, que le había dicho:Antes
que cante el gallo, me negarás tres veces.
Y saliendo fuera, lloró amargamente.
Capítulo 27
Jesús ante
Pilato
(Mr.
15. 1; Lc. 23. 1-2;
Jn. 18. 28-32)
27:1 Venida la mañana, todos los
principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en
consejo contra Jesús, para entregarle a muerte.
27:2 Y le llevaron atado, y le entregaron
a Poncio Pilato, el gobernador.
Muerte de Judas
27:3 Entonces Judas, el que le había
entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las
treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los
ancianos,
27:4 diciendo: Yo he pecado entregando
sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros?
¡Allá tú!
27:5 Y arrojando las piezas de plata en el
templo, salió, y fue y se ahorcó.
27:6 Los principales sacerdotes, tomando
las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro
de las ofrendas, porque es precio de sangre.
27:7 Y después de consultar, compraron con
ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros.
27:8 Por lo cual aquel campo se llama
hasta el día de hoy: Campo de sangre.
27:9 Así se cumplió lo dicho por el
profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de
plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos
de Israel;
27:10 y las dieron para el campo del
alfarero, como me ordenó el Señor.
Pilato interroga a Jesús
(Mr.
15. 2-5; Lc. 23. 3-5;
Jn. 18. 33-38)
27:11 Jesús, pues, estaba en pie
delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo: ¿Eres tú
el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo:
Tú lo dices.
27:12 Y siendo acusado por los principales
sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.
27:13 Pilato entonces le dijo: ¿No oyes
cuántas cosas testifican contra ti?
27:14 Pero Jesús no le respondió ni una
palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.
Jesús sentenciado a muerte
(Mr.
15. 6-20; Lc. 23. 13-25;
Jn. 18. 38--19.16)
27:15 Ahora bien, en el día de la
fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el
que quisiesen.
27:16 Y tenían entonces un preso famoso
llamado Barrabás.
27:17 Reunidos, pues, ellos, les dijo
Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús,
llamado el Cristo?
27:18 Porque sabía que por envidia le
habían entregado.
27:19 Y estando él sentado en el tribunal,
su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo;
porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.
27:20 Pero los principales sacerdotes y
los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás,
y que Jesús fuese muerto.
27:21 Y respondiendo el gobernador, les
dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron:
A Barrabás.
27:22 Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de
Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!
27:23 Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué
mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea
crucificado!
27:24 Viendo Pilato que nada adelantaba,
sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos
delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de
este justo; allá vosotros.
27:25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo:
Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.
27:26 Entonces les soltó a Barrabás; y
habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.
27:27 Entonces los soldados del gobernador
llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda
la compañía;
27:28 y desnudándole, le echaron encima un
manto de escarlata,
27:29 y pusieron sobre su cabeza una
corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e
hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo:
¡Salve, Rey de los judíos!
27:30 Y escupiéndole, tomaban la caña y le
golpeaban en la cabeza.
27:31 Después de haberle escarnecido, le
quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para
crucificarle.
Crucifixión y muerte de Jesús
(Mr.
15. 21-41; Lc. 23. 26-49;
Jn. 19. 17-30)
27:32 Cuando salían, hallaron a un
hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que
llevase la cruz.
27:33 Y cuando llegaron a un lugar llamado
Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera,
27:34 le dieron a beber vinagre mezclado
con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo.
27:35 Cuando le hubieron crucificado,
repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes,
para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre
sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.
27:36 Y sentados le guardaban allí.
27:37 Y pusieron sobre su cabeza su causa
escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS.
27:38 Entonces crucificaron con él a dos
ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda.
27:39 Y los que pasaban le injuriaban,
meneando la cabeza,
27:40 y diciendo: Tú que derribas el
templo, y en tres días lo reedificas,
sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.
27:41 De esta manera también los
principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los
fariseos y los ancianos, decían:
27:42 A otros salvó, a sí mismo no se
puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la
cruz, y creeremos en él.
27:43 Confió en Dios; líbrele ahora si le
quiere;
porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.
27:44 Lo mismo le injuriaban también los
ladrones que estaban crucificados con él.
27:45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas
sobre toda la tierra hasta la hora novena.
27:46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó
a gran voz, diciendo: Elí, Elí,
¿lama sabactani? Esto es: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
27:47 Algunos de los que estaban allí
decían, al oírlo: A Elías llama éste.
27:48 Y al instante, corriendo uno de
ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en
una caña, le dio a beber.
27:49 Pero los otros decían: Deja, veamos
si viene Elías a librarle.
27:50 Mas Jesús, habiendo otra vez clamado
a gran voz, entregó el espíritu.
27:51 Y he aquí, el velo
del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló,
y las rocas se partieron;
27:52 y se abrieron los sepulcros, y
muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;
27:53 y saliendo de los sepulcros, después
de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y
aparecieron a muchos.
27:54 El centurión, y los que estaban con
él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían
sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente
éste era Hijo de Dios.
27:55 Estaban allí muchas mujeres mirando
de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea,
sirviéndole,
27:56 entre las cuales estaban María
Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los
hijos de Zebedeo.
Jesús es sepultado
(Mr.
15. 42-47; Lc. 23. 50-56;
Jn. 19. 38-42)
27:57 Cuando llegó la noche, vino un
hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido
discípulo de Jesús.
27:58 Este fue a Pilato y pidió el cuerpo
de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.
27:59 Y tomando José el cuerpo, lo
envolvió en una sábana limpia,
27:60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que
había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran
piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
27:61 Y estaban allí María Magdalena, y la
otra María, sentadas delante del sepulcro.
La guardia ante la tumba
27:62 Al día siguiente, que es después
de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los
fariseos ante Pilato,
27:63 diciendo: Señor, nos acordamos que
aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días
resucitaré.      
27:64 Manda, pues, que se asegure el
sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos
de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los
muertos. Y será el postrer error peor que el primero.
27:65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una
guardia; id, aseguradlo como sabéis.
27:66 Entonces ellos fueron y aseguraron
el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.
Capítulo 28
La
resurrección
(Mr.
16. 1-8; Lc. 24. 1-12;
Jn. 20. 1-10)
28:1 Pasado el día de reposo, al amanecer
del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra
María, a ver el sepulcro.
28:2 Y hubo un gran terremoto; porque un
ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la
piedra, y se sentó sobre ella.
28:3 Su aspecto era como un relámpago, y
su vestido blanco como la nieve.
28:4 Y de miedo de él los guardas
temblaron y se quedaron como muertos.
28:5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a
las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a
Jesús, el que fue crucificado.
28:6 No está aquí, pues ha resucitado,
como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
28:7 E id pronto y decid a sus discípulos
que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de
vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
28:8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro
con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus
discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos,
28:9 he aquí, Jesús les salió al
encuentro, diciendo: ¡Salve!
Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.
28:10 Entonces Jesús les dijo:
No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a
Galilea, y allí me verán.
El informe de la guardia
28:11 Mientras ellas iban, he aquí unos
de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los
principales sacerdotes de todas las cosas que habían
acontecido.
28:12 Y reunidos con los ancianos, y
habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados,
28:13 diciendo: Decid vosotros: Sus
discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros
dormidos.
28:14 Y si esto lo oyere el gobernador,
nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.
28:15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron
como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre
los judíos hasta el día de hoy.
La gran comisión
(Mr.
16. 14-18; Lc. 24. 36-49;
Jn. 20. 19-23)
28:16 Pero los once discípulos se
fueron a Galilea,
al monte donde Jesús les había ordenado.
28:17 Y cuando le vieron, le adoraron;
pero algunos dudaban.
28:18 Y Jesús se acercó y les habló
diciendo: Toda potestad me es dada
en el cielo y en la tierra.
28:19 Por tanto, id, y haced discípulos a
todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo;
28:20 enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo. Amén.
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