Capítulo 1
Predicación de Juan el
Bautista
(Mt. 3.
1-12; Lc. 3. 1-9,
15-17; Jn. 1. 19-28)
1:1 Principio del evangelio de
Jesucristo, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
1:3 Voz del que clama en el
desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
1:4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el
bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados.
1:5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y
todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en
el río Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y
tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos;
y comía langostas y miel silvestre.
1:7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es
más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar
encorvado la correa de su calzado.
1:8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él
os bautizará con Espíritu Santo.
El bautismo de Jesús
(Mt. 3.
13-17 ;
Lc. 3. 21-22)
1:9 Aconteció en aquellos días,
que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue
bautizado por Juan en el Jordán.
1:10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los
cielos, y al Espíritu como paloma que descendía
sobre él.
1:11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres
mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.   
Tentación de Jesús
(Mt. 4.
1-11; Lc. 4. 1-13)
1:12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto.
1:13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y
era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y
los ángeles le servían.
Jesús principia su ministerio
(Mt. 4.
12-17; Lc. 4. 14-15)
1:14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino
a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios,
1:15 diciendo: El tiempo se ha
cumplido, y el reino de Dios
se ha acercado; arrepentíos,
y creed en el evangelio.
Jesús llama a cuatro pescadores
(Mt. 4.
18-22; Lc. 5. 1-11)
1:16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón
y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar;
porque eran pescadores.
1:17 Y les dijo Jesús: Venid
en pos de mí, y haré que seáis pescadores de
hombres.
1:18 Y dejando luego sus redes, le siguieron.
1:19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a
Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también
ellos en la barca, que remendaban las redes.
1:20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo
en la barca con los jornaleros, le siguieron.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
(Lc. 4.
31-37)
1:21 Y entraron en Capernaum; y los días de
reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba.
1:22 Y se admiraban de su doctrina; porque les
enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los
escribas.
1:23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre
con espíritu inmundo, que dio voces,
1:24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús
nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién
eres, el Santo de Dios.
1:25 Pero Jesús le reprendió, diciendo:
¡Cállate, y sal de él!
1:26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con
violencia, y clamando a gran voz, salió de él.
1:27 Y todos se asombraron, de tal manera que
discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué
nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun
a los espíritus inmundos, y le obedecen?
1:28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la
provincia alrededor de Galilea.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8.
14-15; Lc. 4. 38-39)
1:29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de
Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.
1:30 Y la suegra de Simón estaba acostada con
fiebre; y en seguida le hablaron de ella.
1:31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y
la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y
ella les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8.
16-17; Lc. 4. 40-41)
1:32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se
puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades,
y a los endemoniados;
1:33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta.
1:34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de
diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios;
y no dejaba hablar a los demonios, porque le
conocían.
Jesús recorre Galilea predicando
(Lc. 4.
42-44)
1:35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy
oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí
oraba.
1:36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban;
1:37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan.
1:38 El les dijo: Vamos a los
lugares vecinos, para que predique también allí;
porque para esto he venido.
1:39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda
Galilea, y echaba fuera los demonios.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8.
1-4; Lc. 5. 12-16)
1:40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada
la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.
1:41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió
la mano y le tocó, y le dijo:
Quiero, sé limpio.
1:42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra
se fue de aquél, y quedó limpio.
1:43 Entonces le encargó rigurosamente, y le
despidió luego,
1:44 y le dijo: Mira, no digas
a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y
ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó,
para testimonio a ellos.
1:45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a
divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía
entrar abiertamente en la ciudad, sino que se
quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a
él de todas partes.
Capítulo 2
Jesús sana a un
paralítico
(Mt. 9.
1-8; Lc. 5. 17-26)
2:1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después de
algunos días; y se oyó que estaba en casa.
2:2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera
que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba
la palabra.
2:3 Entonces vinieron a él unos trayendo un
paralítico, que era cargado por cuatro.
2:4 Y como no podían acercarse a él a causa de la
multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y
haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía
el paralítico.
2:5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Hijo, tus pecados te son
perdonados.
2:6 Estaban allí sentados algunos de los escribas,
los cuales cavilaban en sus corazones:
2:7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién
puede perdonar pecados, sino sólo Dios?
2:8 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que
cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les
dijo: ¿Por qué caviláis así en
vuestros corazones?
2:9 ¿Qué es más fácil, decir
al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o
decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?
2:10 Pues para que sepáis que
el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para
perdonar pecados (dijo al paralítico):
2:11 A ti te digo: Levántate,
toma tu lecho, y vete a tu casa.
2:12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su
lecho, salió delante de todos, de manera que todos
se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo:
Nunca hemos visto tal cosa.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9.
9-13; Lc. 5. 27-32)
2:13 Después volvió a salir al mar; y toda la
gente venía a él, y les enseñaba.
2:14 Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado
al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme. Y
levantándose, le siguió.
2:15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa
de él, muchos publicanos y pecadores estaban también
a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos;
porque había muchos que le habían seguido.
2:16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer
con los publicanos y con los pecadores, dijeron a
los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con
los publicanos y pecadores?
2:17 Al oír esto Jesús, les dijo:
Los sanos no tienen necesidad
de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar
a justos, sino a pecadores.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9.
14-17; Lc. 5. 33-39)
2:18 Y los discípulos de Juan y los de los
fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por
qué los discípulos de Juan y los de los fariseos
ayunan, y tus discípulos no ayunan?
2:19 Jesús les dijo: ¿Acaso
pueden los que están de bodas ayunar mientras está
con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo
al esposo, no pueden ayunar.
2:20 Pero vendrán días cuando
el esposo les será quitado, y entonces en aquellos
días ayunarán.
2:21 Nadie pone remiendo de
paño nuevo en vestido viejo; de otra manera, el
mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace
peor la rotura.
2:22 Y nadie echa vino nuevo
en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe
los odres, y el vino se derrama, y los odres se
pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de
echar.
Los discípulos recogen espigas en el día de
reposo
(Mt. 12.
1-8; Lc. 6. 1-5)
2:23 Aconteció que al pasar él por los sembrados
un día de reposo, sus discípulos, andando,
comenzaron a arrancar espigas.
2:24 Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por
qué hacen en el día de reposo lo que no es lícito?
2:25 Pero él les dijo: ¿Nunca
leísteis lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y
sintió hambre, él y los que con él estaban;
2:26 cómo entró en la casa de
Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los
panes de la proposición, de los cuales no es lícito
comer sino a los sacerdotes,
y aun dio a los que con él estaban?
2:27 También les dijo: El día
de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el
hombre por causa del día de reposo.
2:28 Por tanto, el Hijo del
Hombre es Señor aun del día de reposo.
Capítulo 3
El hombre de la mano
seca
(Mt. 12.
9-14; Lc. 6. 6-11)
3:1 Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había
allí un hombre que tenía seca una mano.
3:2 Y le acechaban para ver si en el día de reposo
le sanaría, a fin de poder acusarle.
3:3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca:
Levántate y ponte en medio.
3:4 Y les dijo: ¿Es lícito en
los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar
la vida, o quitarla? Pero ellos callaban.
3:5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo,
entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al
hombre: Extiende tu mano.
Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.
3:6 Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los
herodianos contra él para destruirle.
La multitud a la orilla del mar
3:7 Mas Jesús se retiró al mar con sus
discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y
de Judea,
3:8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del
Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón,
oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes
vinieron a él.
3:9 Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre
lista la barca, a causa del gentío, para que no le
oprimiesen.
3:10 Porque había sanado a muchos; de manera que por
tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él.
3:11 Y los espíritus inmundos, al verle, se
postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú
eres el Hijo de Dios.
3:12 Mas él les reprendía mucho para que no le
descubriesen.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10.
1-4; Lc. 6. 12-16)
3:13 Después subió al monte, y llamó a sí a los
que él quiso; y vinieron a él.
3:14 Y estableció a doce, para que estuviesen con
él, y para enviarlos a predicar,
3:15 y que tuviesen autoridad para sanar
enfermedades y para echar fuera demonios:
3:16 a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro;
3:17 a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de
Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos
del trueno;
3:18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás,
Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista,
3:19 y Judas Iscariote, el que le entregó. Y
vinieron a casa.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mt. 12.
22-32; Lc. 11. 14-23)
3:20 Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que
ellos ni aun podían comer pan.
3:21 Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para
prenderle; porque decían: Está fuera de sí.
3:22 Pero los escribas que habían venido de
Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el
príncipe de los demonios echaba fuera los demonios.
3:23 Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas:
¿Cómo puede Satanás echar
fuera a Satanás?
3:24 Si un reino está dividido
contra sí mismo, tal reino no puede permanecer.
3:25 Y si una casa está
dividida contra sí misma, tal casa no puede
permanecer.
3:26 Y si Satanás se levanta
contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer,
sino que ha llegado su fin.
3:27 Ninguno puede entrar en
la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si
antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa.
3:28 De cierto os digo que
todos los pecados serán perdonados a los hijos de
los hombres, y las blasfemias cualesquiera que
sean;
3:29 pero cualquiera que
blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás
perdón,
sino que es reo de juicio eterno.
3:30 Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu
inmundo.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12.
46-50; Lc. 8. 19-21)
3:31 Vienen después sus hermanos y su madre, y
quedándose afuera, enviaron a llamarle.
3:32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él
le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te
buscan.
3:33 El les respondió diciendo:
¿Quién es mi madre y mis
hermanos?
3:34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor
de él, dijo: He aquí mi madre
y mis hermanos.
3:35 Porque todo aquel que
hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi
hermana, y mi madre.
Capítulo 4
Parábola del sembrador
(Mt. 13.
1-23; Lc. 8. 4-15)
4:1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y
se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que
entrando en una barca, se sentó en ella en el mar;
y toda la gente estaba en tierra junto al mar.
4:2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les
decía en su doctrina:
4:3 Oíd: He aquí, el sembrador
salió a sembrar;
4:4 y al sembrar, aconteció
que una parte cayó junto al camino, y vinieron las
aves del cielo y la comieron.
4:5 Otra parte cayó en
pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó
pronto, porque no tenía profundidad de tierra.
4:6 Pero salido el sol, se
quemó; y porque no tenía raíz, se secó.
4:7 Otra parte cayó entre
espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no
dio fruto.
4:8 Pero otra parte cayó en
buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y
produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.
4:9 Entonces les dijo: El que
tiene oídos para oír, oiga.
4:10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él
con los doce le preguntaron sobre la parábola.
4:11 Y les dijo: A vosotros os
es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a
los que están fuera, por parábolas todas las cosas;
4:12 para que viendo, vean y
no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para
que no se conviertan, y les sean perdonados los
pecados.
4:13 Y les dijo: ¿No sabéis
esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las
parábolas?
4:14 El sembrador es el que
siembra la palabra.
4:15 Y éstos son los de junto
al camino: en quienes se siembra la palabra, pero
después que la oyen, en seguida viene Satanás, y
quita la palabra que se sembró en sus corazones.
4:16 Estos son asimismo los
que fueron sembrados en pedregales: los que cuando
han oído la palabra, al momento la reciben con
gozo;
4:17 pero no tienen raíz en
sí, sino que son de corta duración, porque cuando
viene la tribulación o la persecución por causa de
la palabra, luego tropiezan.
4:18 Estos son los que fueron
sembrados entre espinos: los que oyen la palabra,
4:19 pero los afanes de este
siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias
de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se
hace infructuosa.
4:20 Y éstos son los que
fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la
palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a
sesenta, y a ciento por uno.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Lc. 8.
16-18)
4:21 También les dijo:
¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud,
o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el
candelero?
4:22 Porque no hay nada oculto
que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no
haya de salir a luz.
4:23 Si alguno tiene oídos
para oír, oiga.
4:24 Les dijo también: Mirad
lo que oís; porque con la medida con que medís, os
será medido,
y aun se os añadirá a vosotros los que oís.
4:25 Porque al que tiene, se
le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le
quitará. 
Parábola del crecimiento de la semilla
4:26 Decía además: Así es
el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla
en la tierra;
4:27 y duerme y se levanta, de
noche y de día, y la semilla brota y crece sin que
él sepa cómo.
4:28 Porque de suyo lleva
fruto la tierra, primero hierba, luego espiga,
después grano lleno en la espiga;
4:29 y cuando el fruto está
maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega
ha llegado.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mt. 13.
31-32; Lc. 13. 18-19)
4:30 Decía también: ¿A qué
haremos semejante el reino de Dios, o con qué
parábola lo compararemos?
4:31 Es como el grano de
mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más
pequeña de todas las semillas que hay en la tierra;
4:32 pero después de sembrado,
crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y
echa grandes ramas, de tal manera que las aves del
cielo pueden morar bajo su sombra.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mt. 13.
34-35)
4:33 Con muchas parábolas como estas les hablaba
la palabra, conforme a lo que podían oír.
4:34 Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus
discípulos en particular les declaraba todo.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8.
23-27; Lc. 8. 22-25)
4:35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo:
Pasemos al otro lado.
4:36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como
estaba, en la barca; y había también con él otras
barcas.
4:37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y
echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se
anegaba.
4:38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un
cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro,
¿no tienes cuidado que perecemos?
4:39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al
mar: Calla, enmudece. Y
cesó el viento, y se hizo grande bonanza.
4:40 Y les dijo: ¿Por qué
estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
4:41 Entonces temieron con gran temor, y se decían
el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y
el mar le obedecen?
Capítulo 5
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.
28-34; Lc. 8. 26-39)
5:1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de
los gadarenos.
5:2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a
su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un
espíritu inmundo,
5:3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie
podía atarle, ni aun con cadenas.
5:4 Porque muchas veces había sido atado con grillos
y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas
pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie
le podía dominar.
5:5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces
en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con
piedras.
5:6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se
arrodilló ante él.
5:7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes
conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro
por Dios que no me atormentes.
5:8 Porque le decía: Sal de
este hombre, espíritu inmundo.
5:9 Y le preguntó: ¿Cómo te
llamas? Y respondió diciendo: Legión me
llamo; porque somos muchos.
5:10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de
aquella región.
5:11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de
cerdos paciendo.
5:12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo:
Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
5:13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo
aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos,
los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó
en el mar por un despeñadero, y en el mar se
ahogaron.
5:14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y
dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y
salieron a ver qué era aquello que había sucedido.
5:15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido
atormentado del demonio, y que había tenido la
legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y
tuvieron miedo.
5:16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le
había acontecido al que había tenido el demonio, y
lo de los cerdos.
5:17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus
contornos.
5:18 Al entrar él en la barca, el que había estado
endemoniado le rogaba que le dejase estar con él.
5:19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
Vete a tu casa, a los tuyos, y
cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho
contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.
5:20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis
cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos
se maravillaban.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de
Jesús
(Mt. 9.
18-26; Lc. 8. 40-56)
5:21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la
otra orilla, se reunió alrededor de él una gran
multitud; y él estaba junto al mar.
5:22 Y vino uno de los principales de la sinagoga,
llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus
pies,
5:23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está
agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que
sea salva, y vivirá.
5:24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran
multitud, y le apretaban.
5:25 Pero una mujer que desde hacía doce años
padecía de flujo de sangre,
5:26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y
gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado,
antes le iba peor,
5:27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás
entre la multitud, y tocó su manto.
5:28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto,
seré salva.
5:29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y
sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.
5:30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder
que había salido de él, volviéndose a la multitud,
dijo: ¿Quién ha tocado mis
vestidos?
5:31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud
te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?
5:32 Pero él miraba alrededor para ver quién había
hecho esto.
5:33 Entonces la mujer, temiendo y temblando,
sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se
postró delante de él, y le dijo toda la verdad.
5:34 Y él le dijo: Hija, tu fe
te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu
azote.
5:35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del
principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha
muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?
5:36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo
al principal de la sinagoga:
No temas, cree solamente.
5:37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro,
Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.
5:38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y
vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban
mucho.
5:39 Y entrando, les dijo:
¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está
muerta, sino duerme.
5:40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a
todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a
los que estaban con él, y entró donde estaba la
niña.
5:41 Y tomando la mano de la niña, le dijo:
Talita cumi; que
traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.
5:42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía
doce años. Y se espantaron grandemente.
5:43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y
dijo que se le diese de comer.
Capítulo 6
Jesús en Nazaret
(Mt. 13.
53-58; Lc. 4. 16-30)
6:1 Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le
seguían sus discípulos.
6:2 Y llegado el día de reposo, comenzó a enseñar en
la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y
decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué
sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros
que por sus manos son hechos?
6:3 ¿No es éste el carpintero, hijo de María,
hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No
están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se
escandalizaban de él.
6:4 Mas Jesús les decía: No
hay profeta sin honra sino en su propia tierra,
y entre sus parientes, y en su casa.
6:5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que
sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las
manos.
6:6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos.
Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando.
Misión de los doce discípulos
(Mt. 10.
5-15; Lc. 9. 1-6)
6:7 Después llamó a los doce, y comenzó a
enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre
los espíritus inmundos.
6:8 Y les mandó
que no llevasen nada para el camino, sino solamente
bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,
6:9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos
túnicas.
6:10 Y les dijo:
Dondequiera que entréis en una
casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel
lugar.
6:11 Y si en algún lugar no os
recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el
polvo que está debajo de vuestros pies, para
testimonio a ellos.
De cierto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra,
que para aquella ciudad.
6:12 Y saliendo, predicaban que los hombres se
arrepintiesen.
6:13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con
aceite a muchos enfermos, y los sanaban.
Muerte de Juan el Bautista
(Mt. 14.
1-12; Lc. 9. 7-9)
6:14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque
su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el
Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso
actúan en él estos poderes.
6:15 Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un
profeta, o alguno de los profetas. 
6:16 Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que
yo decapité, que ha resucitado de los muertos.
6:17 Porque el mismo Herodes había enviado y
prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel
por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano;
pues la había tomado por mujer.
6:18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito
tener la mujer de tu hermano.
6:19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y
no podía;
6:20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era
varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y
oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba
de buena gana.
6:21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en
la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus
príncipes y tribunos y a los principales de Galilea,
6:22 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a
Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el
rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo
te lo daré.
6:23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta
la mitad de mi reino.
6:24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y
ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista.
6:25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió
diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato
la cabeza de Juan el Bautista.
6:26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del
juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no
quiso desecharla.
6:27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la
guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan.
6:28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y
trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha,
y la muchacha la dio a su madre.
6:29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y
tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.
Alimentación de los cinco mil
(Mt. 14.
13-21; Lc. 9. 10-17;
Jn. 6. 1-14)
6:30 Entonces los apóstoles se juntaron con
Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo
que habían enseñado.
6:31 El les dijo: Venid
vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un
poco. Porque eran muchos los que iban y
venían, de manera que ni aun tenían tiempo para
comer.
6:32 Y se fueron solos en una barca a un lugar
desierto.
6:33 Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y
muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y
llegaron antes que ellos, y se juntaron a él.
6:34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo
compasión de ellos, porque eran como ovejas que no
tenían pastor;   y
comenzó a enseñarles muchas cosas.
6:35 Cuando ya era muy avanzada la hora, sus
discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es
desierto, y la hora ya muy avanzada.
6:36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas
de alrededor, y compren pan, pues no tienen qué
comer.
6:37 Respondiendo él, les dijo:
Dadles vosotros de comer.
Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por
doscientos denarios,
y les demos de comer?
6:38 El les dijo: ¿Cuántos
panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo,
dijeron: Cinco, y dos peces.
6:39 Y les mandó que hiciesen recostar a todos por
grupos sobre la hierba verde.
6:40 Y se recostaron por grupos, de ciento en
ciento, y de cincuenta en cincuenta.
6:41 Entonces tomó los cinco panes y los dos peces,
y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió
los panes, y dio a sus discípulos para que los
pusiesen delante; y repartió los dos peces entre
todos.
6:42 Y comieron todos, y se saciaron.
6:43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas,
y de lo que sobró de los peces.
6:44 Y los que comieron eran cinco mil hombres.
Jesús anda sobre el mar
(Mt. 14.
22-27; Jn. 6. 15-21)
6:45 En seguida hizo a sus discípulos entrar en
la barca e ir delante de él a Betsaida, en la otra
ribera, entre tanto que él despedía a la multitud.
6:46 Y después que los hubo despedido, se fue al
monte a orar;
6:47 y al venir la noche, la barca estaba en medio
del mar, y él solo en tierra.
6:48 Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el
viento les era contrario, cerca de la cuarta vigilia
de la noche vino a ellos andando sobre el mar, y
quería adelantárseles.
6:49 Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que
era un fantasma, y gritaron;
6:50 porque todos le veían, y se turbaron. Pero en
seguida habló con ellos, y les dijo:
¡Tened ánimo; yo soy, no
temáis!
6:51 Y subió a ellos en la barca, y se calmó el
viento; y ellos se asombraron en gran manera, y se
maravillaban.
6:52 Porque aún no habían entendido lo de los panes,
por cuanto estaban endurecidos sus corazones.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Mt. 14.
34-36)
6:53 Terminada la travesía, vinieron a tierra de
Genesaret, y arribaron a la orilla.
6:54 Y saliendo ellos de la barca, en seguida la
gente le conoció.
6:55 Y recorriendo toda la tierra de alrededor,
comenzaron a traer de todas partes enfermos en
lechos, a donde oían que estaba.
6:56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades
o campos, ponían en las calles a los que estaban
enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera
el borde de su manto; y todos los que le tocaban
quedaban sanos.
Capítulo 7
Lo que contamina al
hombre
(Mt. 15.
1-20)
7:1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de
los escribas, que habían venido de Jerusalén;
7:2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos
de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no
lavadas, los condenaban.
7:3 Porque los fariseos y todos los judíos,
aferrándose a la tradición de los ancianos, si
muchas veces no se lavan las manos, no comen.
7:4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no
comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para
guardar, como los lavamientos de los vasos de beber,
y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de
los lechos.
7:5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los
escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme
a la tradición de los ancianos, sino que comen pan
con manos inmundas?
7:6 Respondiendo él, les dijo:
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como
está escrito:
Este pueblo de labios me
honra,
Mas su corazón está lejos
de mí.
7:7 Pues
en vano me honran,
Enseñando como doctrinas
mandamientos de hombres.
7:8 Porque dejando el
mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de
los hombres: los lavamientos de los jarros y de los
vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas
semejantes.
7:9 Les decía también: Bien
invalidáis el mandamiento de Dios para guardar
vuestra tradición.
7:10 Porque Moisés dijo: Honra
a tu padre y a tu madre;
y: El que maldiga al padre o a la madre, muera
irremisiblemente.
7:11 Pero vosotros decís:
Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es
Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo
aquello con que pudiera ayudarte,
7:12 y no le dejáis hacer más
por su padre o por su madre,
7:13 invalidando la palabra de
Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y
muchas cosas hacéis semejantes a estas.
7:14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo:
Oídme todos, y entended:
7:15 Nada hay fuera del hombre
que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo
que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.
7:16 Si alguno tiene oídos
para oír, oiga.
7:17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa,
le preguntaron sus discípulos sobre la parábola.
7:18 El les dijo: ¿También
vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis
que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le
puede contaminar,
7:19 porque no entra en su
corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina?
Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos.
7:20 Pero decía, que lo que
del hombre sale, eso contamina al hombre.
7:21 Porque de dentro, del
corazón de los hombres, salen los malos
pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los
homicidios,
7:22 los hurtos, las
avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la
envidia, la maledicencia, la soberbia, la
insensatez.
7:23 Todas estas maldades de
dentro salen, y contaminan al hombre.
La fe de la mujer sirofenicia
(Mt. 15.
21-28)
7:24 Levantándose de allí, se fue a la región de
Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso
que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse.
7:25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu
inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus
pies.
7:26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y
le rogaba que echase fuera de su hija al demonio.
7:27 Pero Jesús le dijo: Deja
primero que se sacien los hijos, porque no está bien
tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.
7:28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun
los perrillos, debajo de la mesa, comen de las
migajas de los hijos.
7:29 Entonces le dijo: Por
esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija.
7:30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el
demonio había salido, y a la hija acostada en la
cama.
Jesús sana a un sordomudo
7:31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino
por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región
de Decápolis.
7:32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le
rogaron que le pusiera la mano encima.
7:33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos
en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua;
7:34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le
dijo: Efata, es decir:
Sé abierto.
7:35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se
desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien.
7:36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero
cuanto más les mandaba, tanto más y más lo
divulgaban.
7:37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo:
bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a
los mudos hablar.
Capítulo 8
Alimentación de los
cuatro mil
(Mt. 15.
32-39)
8:1 En aquellos días, como había una gran multitud,
y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos,
y les dijo:
8:2 Tengo compasión de la
gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y
no tienen qué comer;
8:3 y si los enviare en ayunas
a sus casas, se desmayarán en el camino, pues
algunos de ellos han venido de lejos.
8:4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá
alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?
8:5 El les preguntó: ¿Cuántos
panes tenéis? Ellos dijeron: Siete.
8:6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en
tierra; y tomando los siete panes, habiendo dado
gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que
los pusiesen delante; y los pusieron delante de la
multitud.
8:7 Tenían también unos pocos pececillos; y los
bendijo, y mandó que también los pusiesen delante.
8:8 Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los
pedazos que habían sobrado, siete canastas.
8:9 Eran los que comieron, como cuatro mil; y los
despidió.
8:10 Y luego entrando en la barca con sus
discípulos, vino a la región de Dalmanuta.
La demanda de una señal
(Mt. 16.
1-4; Lc. 12. 54-56)
8:11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron
a discutir con él, pidiéndole señal del cielo,
para tentarle.
8:12 Y gimiendo en su espíritu, dijo:
¿Por qué pide señal esta
generación?
De cierto os digo que no se dará señal a esta
generación.
8:13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y se
fue a la otra ribera.
La levadura de los fariseos
(Mt. 16.
5-12)
8:14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían
sino un pan consigo en la barca.
8:15 Y él les mandó, diciendo:
Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos,
y de la levadura de Herodes.
8:16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no
trajimos pan.
8:17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo:
¿Qué discutís, porque no
tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún
tenéis endurecido vuestro corazón?
8:18 ¿Teniendo ojos no veis, y
teniendo oídos no oís? 
¿Y no recordáis?
8:19 Cuando partí los cinco
panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los
pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce.
8:20 Y cuando los siete panes
entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los
pedazos recogisteis?Y ellos dijeron: Siete.
8:21 Y les dijo: ¿Cómo aún no
entendéis?
Un ciego sanado en Betsaida
8:22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un
ciego, y le rogaron que le tocase.
8:23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó
fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso
las manos encima, y le preguntó si veía algo.
8:24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como
árboles, pero los veo que andan.
8:25 Luego le puso otra vez las manos sobre los
ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y
vio de lejos y claramente a todos.
8:26 Y lo envió a su casa, diciendo:
No entres en la aldea, ni lo
digas a nadie en la aldea.
La confesión de Pedro
(Mt. 16.
13-20; Lc. 9. 18-21)
8:27 Salieron Jesús y sus discípulos por las
aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó
a sus discípulos, diciéndoles:
¿Quién dicen los hombres que soy yo?
8:28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista;
otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.
8:29 Entonces él les dijo: Y
vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo
Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo.
8:30 Pero él les mandó que no dijesen esto de él a
ninguno.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16.
21-28; Lc. 9. 22-27)
8:31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario
al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado
por los ancianos, por los principales sacerdotes y
por los escribas, y ser muerto, y resucitar después
de tres días.
8:32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le
tomó aparte y comenzó a reconvenirle.
8:33 Pero él, volviéndose y mirando a los
discípulos, reprendió a Pedro, diciendo:
¡Quítate de delante de mí,
Satanás! porque no pones la mira en las cosas de
Dios, sino en las de los hombres.
8:34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les
dijo: Si alguno quiere venir
en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame.
8:35 Porque todo el que quiera
salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su
vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. 
8:36 Porque ¿qué aprovechará
al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su
alma?
8:37 ¿O qué recompensa dará el
hombre por su alma?
8:38 Porque el que se
avergonzare de mí y de mis palabras en esta
generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre
se avergonzará también de él, cuando venga en la
gloria de su Padre con los santos ángeles.
Capítulo 9
9:1 También les dijo:
De cierto os digo que hay
algunos de los que están aquí, que no gustarán la
muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido
con poder.
La transfiguración
(Mt. 17.
1-13; Lc. 9. 28-36)
9:2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a
Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte
alto; y se transfiguró delante de ellos.
9:3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes,
muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador
en la tierra los puede hacer tan blancos.
9:4 Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban
con Jesús.
9:5 Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es
para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres
enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra
para Elías.
9:6 Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban
espantados.
9:7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y
desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo
amado; 
a él oíd.
9:8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie
consigo, sino a Jesús solo.
9:9 Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a
nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el
Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.
9:10 Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo
qué sería aquello de resucitar de los muertos.
9:11 Y le preguntaron, diciendo: ¿Por qué dicen los
escribas que es necesario que Elías venga primero?
9:12 Respondiendo él, les dijo:
Elías a la verdad vendrá
primero, y restaurará todas las cosas; ¿y cómo está
escrito del Hijo del Hombre, que padezca mucho y sea
tenido en nada?
9:13 Pero os digo que Elías ya
vino, y le hicieron todo lo que quisieron, como está
escrito de él.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17.
14-21; Lc. 9. 37-43)
9:14 Cuando llegó a donde estaban los discípulos,
vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas
que disputaban con ellos.
9:15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se
asombró, y corriendo a él, le saludaron.
9:16 El les preguntó: ¿Qué
disputáis con ellos?
9:17 Y respondiendo uno de la multitud, dijo:
Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu
mudo,
9:18 el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y
echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va
secando; y dije a tus discípulos que lo echasen
fuera, y no pudieron.
9:19 Y respondiendo él, les dijo:
¡Oh generación incrédula!
¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta
cuándo os he de soportar? Traédmelo.
9:20 Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a
Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien
cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos.
9:21 Jesús preguntó al padre:
¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él
dijo: Desde niño.
9:22 Y muchas veces le echa en el fuego y en el
agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten
misericordia de nosotros, y ayúdanos.
9:23 Jesús le dijo: Si puedes
creer, al que cree todo le es posible.
9:24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y
dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.
9:25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba,
reprendió al espíritu inmundo, diciéndole:
Espíritu mudo y sordo, yo te
mando, sal de él, y no entres más en él.
9:26 Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole
con violencia, salió; y él quedó como muerto, de
modo que muchos decían: Está muerto.
9:27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó;
y se levantó.
9:28 Cuando él entró en casa, sus discípulos le
preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos
echarle fuera?
9:29 Y les dijo: Este género
con nada puede salir, sino con oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17.
22-23; Lc. 9. 43-45)
9:30 Habiendo salido de allí, caminaron por
Galilea; y no quería que nadie lo supiese.
9:31 Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía:
El Hijo del Hombre será
entregado en manos de hombres, y le matarán; pero
después de muerto, resucitará al tercer día.
9:32 Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían
miedo de preguntarle.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18.
1-5; Lc. 9. 46-48)
9:33 Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en
casa, les preguntó: ¿Qué
disputabais entre vosotros en el camino?
9:34 Mas ellos callaron; porque en el camino habían
disputado entre sí, quién había de ser el mayor.
9:35 Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les
dijo: Si alguno quiere ser el
primero, será el postrero de todos, y el servidor de
todos.  
9:36 Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos;
y tomándole en sus brazos, les dijo:
9:37 El que reciba en mi
nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que
a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me
envió. 
El que no es contra nosotros, por nosotros es
(Lc. 9.
49-50)
9:38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos
visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios,
pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no
nos seguía.
9:39 Pero Jesús dijo: No se lo
prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi
nombre, que luego pueda decir mal de mí.
9:40 Porque el que no es
contra nosotros, por nosotros es.
9:41 Y cualquiera que os diere
un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo,
de cierto os digo que no perderá su recompensa.
Ocasiones de caer
(Mt. 18.
6-9; Lc. 17. 1-2)
9:42 Cualquiera que haga
tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí,
mejor le fuera si se le atase una piedra de molino
al cuello, y se le arrojase en el mar.
9:43 Si tu mano te fuere
ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la
vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno,
al fuego que no puede ser apagado,
9:44 donde el gusano de ellos
no muere, y el fuego nunca se apaga.
9:45 Y si tu pie te fuere
ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la
vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el
infierno, al fuego que no puede ser apagado,
9:46 donde el gusano de ellos
no muere, y el fuego nunca se apaga.
9:47 Y si tu ojo te fuere
ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el
reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser
echado al infierno,
9:48 donde el gusano de ellos
no muere, y el fuego nunca se apaga.
9:49 Porque todos serán
salados con fuego, y todo sacrificio será salado con
sal.
9:50 Buena es la sal; mas si
la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis?
Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos
con los otros.
Capítulo 10
Jesús enseña sobre el
divorcio
(Mt. 19.
1-12; Lc. 16. 18)
10:1 Levantándose de allí, vino a la región de Judea
y al otro lado del Jordán; y volvió el pueblo a
juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía.
10:2 Y se acercaron los fariseos y le preguntaron,
para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su
mujer.
10:3 El, respondiendo, les dijo:
¿Qué os mandó Moisés?
10:4 Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de
divorcio, y repudiarla.
10:5 Y respondiendo Jesús, les dijo:
Por la dureza de vuestro corazón os escribió este
mandamiento;
10:6 pero al principio de la
creación, varón y hembra los hizo Dios. 
10:7 Por esto dejará el hombre
a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,
10:8 y los dos serán una sola
carne; así que no son ya más dos, sino uno.
10:9 Por tanto, lo que Dios
juntó, no lo separe el hombre.
10:10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle
de lo mismo,
10:11 y les dijo: Cualquiera
que repudia a su mujer y se casa con otra, comete
adulterio contra ella;
10:12 y si la mujer repudia a
su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Jesús bendice a los niños
(Mt. 19.
13-15; Lc. 18. 15-17)
10:13 Y le presentaban niños para que los tocase;
y los discípulos reprendían a los que los
presentaban.
10:14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo:
Dejad a los niños venir a mí,
y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino
de Dios.
10:15 De cierto os digo, que
el que no reciba el reino de Dios como un niño, no
entrará en él.
10:16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos
sobre ellos, los bendecía.
El joven rico
(Mt. 19.
16-30; Lc. 18. 18-30)
10:17 Al salir él para seguir su camino, vino uno
corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le
preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la
vida eterna?
10:18 Jesús le dijo: ¿Por qué
me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno,
Dios.
10:19 Los mandamientos sabes:
No adulteres.
No mates.
No hurtes.
No digas falso testimonio.
No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.
10:20 El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro,
todo esto lo he guardado desde mi juventud.
10:21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo:
Una cosa te falta: anda, vende
todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás
tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.
10:22 Pero él, afligido por esta palabra, se fue
triste, porque tenía muchas posesiones.
10:23 Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus
discípulos: ¡Cuán difícilmente
entrarán en el reino de Dios los que tienen
riquezas!
10:24 Los discípulos se asombraron de sus palabras;
pero Jesús, respondiendo, volvió a decirles:
Hijos, ¡cuán difícil les es
entrar en el reino de Dios, a los que confían en las
riquezas!
10:25 Más fácil es pasar un
camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico
en el reino de Dios.
10:26 Ellos se asombraban aun más, diciendo entre
sí: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?
10:27 Entonces Jesús, mirándolos, dijo:
Para los hombres es imposible,
mas para Dios, no; porque todas las cosas son
posibles para Dios.
10:28 Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí,
nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido.
10:29 Respondió Jesús y dijo:
De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado
casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o
mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del
evangelio,
10:30 que no reciba cien veces
más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas,
madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el
siglo venidero la vida eterna.
10:31 Pero muchos primeros
serán postreros, y los postreros, primeros.
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mt. 20.
17-19; Lc. 18. 31-34)
10:32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y
Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le
seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los
doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le
habían de acontecer:
10:33 He aquí subimos a
Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los
principales sacerdotes y a los escribas, y le
condenarán a muerte, y le entregarán a los
gentiles;
10:34 y le escarnecerán, le
azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al
tercer día resucitará.
Petición de Santiago y de Juan
(Mt. 20.
20-28)
10:35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo,
se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que
nos hagas lo que pidiéremos.
10:36 El les dijo: ¿Qué
queréis que os haga?
10:37 Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria
nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu
izquierda.
10:38 Entonces Jesús les dijo:
No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que
yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo
soy bautizado?
10:39 Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo:
A la verdad, del vaso que yo
bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy
bautizado, seréis bautizados;
10:40 pero el sentaros a mi
derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a
aquellos para quienes está preparado.
10:41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a
enojarse contra Jacobo y contra Juan.
10:42 Mas Jesús, llamándolos, les dijo:
Sabéis que los que son tenidos
por gobernantes de las naciones se enseñorean de
ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad.
10:43 Pero no será así entre
vosotros, 
sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros
será vuestro servidor,
10:44 y el que de vosotros
quiera ser el primero, será siervo de todos.
10:45 Porque el Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y
para dar su vida en rescate por muchos.
El ciego Bartimeo recibe la vista
(Mt. 20.
29-34; Lc. 18. 35-43)
10:46 Entonces vinieron a Jericó; y al salir de
Jericó él y sus discípulos y una gran multitud,
Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado
junto al camino mendigando.
10:47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar
voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten
misericordia de mí!
10:48 Y muchos le reprendían para que callase, pero
él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten
misericordia de mí!
10:49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle;
y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza;
levántate, te llama.
10:50 El entonces, arrojando su capa, se levantó y
vino a Jesús.
10:51 Respondiendo Jesús, le dijo:
¿Qué quieres que te haga?
Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.
10:52 Y Jesús le dijo: Vete,
tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la
vista, y seguía a Jesús en el camino.
Capítulo 11
La entrada triunfal en
Jerusalén
(Mt. 21.
1-11; Lc. 19. 28-40;
Jn. 12. 12-19)
11:1 Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a
Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos,
Jesús envió dos de sus discípulos,
11:2 y les dijo: Id a la aldea
que está enfrente de vosotros, y luego que entréis
en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual
ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo.
11:3 Y si alguien os dijere:
¿Por qué hacéis eso? decid que el Señor lo necesita,
y que luego lo devolverá.
11:4 Fueron, y hallaron el pollino atado afuera a la
puerta, en el recodo del camino, y lo desataron.
11:5 Y unos de los que estaban allí les dijeron:
¿Qué hacéis desatando el pollino?
11:6 Ellos entonces les dijeron como Jesús había
mandado; y los dejaron.
11:7 Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre
él sus mantos, y se sentó sobre él.
11:8 También muchos tendían sus mantos por el
camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las
tendían por el camino.
11:9 Y los que iban delante y los que venían detrás
daban voces, diciendo: ¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
11:10 ¡Bendito el reino de nuestro padre David que
viene! ¡Hosanna en las alturas!
11:11 Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y
habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya
anochecía, se fue a Betania con los doce.
Maldición de la higuera estéril
(Mt. 21.
18-19)
11:12 Al día siguiente, cuando salieron de
Betania, tuvo hambre.
11:13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas,
fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero
cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no
era tiempo de higos.
11:14 Entonces Jesús dijo a la higuera:
Nunca jamás coma nadie fruto
de ti. Y lo oyeron sus discípulos.
Purificación del templo
(Mt. 21.
12-17; Lc. 19. 45-48;
Jn. 2. 13-22)
11:15 Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando
Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que
vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas
de los cambistas, y las sillas de los que vendían
palomas;
11:16 y no consentía que nadie atravesase el templo
llevando utensilio alguno.
11:17 Y les enseñaba, diciendo:
¿No está escrito: Mi casa será
llamada casa de oración para todas las naciones?
Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
11:18 Y lo oyeron los escribas y los principales
sacerdotes, y buscaban cómo matarle; porque le
tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba
admirado de su doctrina.
11:19 Pero al llegar la noche, Jesús salió de la
ciudad.
La higuera maldecida se seca
(Mt. 21.
19-22)
11:20 Y pasando por la mañana, vieron que la
higuera se había secado desde las raíces.
11:21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro,
mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
11:22 Respondiendo Jesús, les dijo:
Tened fe en Dios.
11:23 Porque de cierto os digo
que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y
échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino
creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le
será hecho.
11:24 Por tanto, os digo que
todo lo que pidiereis orando, creed que lo
recibiréis, y os vendrá.
11:25 Y cuando estéis orando,
perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que
también vuestro Padre que está en los cielos os
perdone a vosotros vuestras ofensas.
11:26 Porque si vosotros no
perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los
cielos os perdonará vuestras ofensas.
La autoridad de Jesús
(Mt. 21.
23-27; Lc. 20. 1-8)
11:27 Volvieron entonces a Jerusalén; y andando
él por el templo, vinieron a él los principales
sacerdotes, los escribas y los ancianos,
11:28 y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas
cosas, y quién te dio autoridad para hacer estas
cosas?
11:29 Jesús, respondiendo, les dijo:
Os haré yo también una
pregunta; respondedme, y os diré con qué autoridad
hago estas cosas.
11:30 El bautismo de Juan,
¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme.
11:31 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo:
Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le
creísteis?
11:32 ¿Y si decimos, de los hombres...? Pero temían
al pueblo, pues todos tenían a Juan como un
verdadero profeta.
11:33 Así que, respondiendo, dijeron a Jesús: No
sabemos. Entonces respondiendo Jesús, les dijo:
Tampoco yo os digo con qué
autoridad hago estas cosas.
Capítulo 12
Los labradores malvados
(Mt. 21.
33-46; Lc. 20. 9-19)
12:1 Entonces comenzó Jesús a decirles por
parábolas: Un hombre plantó
una viña,
la cercó de vallado, cavó un lagar, edificó una
torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue
lejos.
12:2 Y a su tiempo envió un
siervo a los labradores, para que recibiese de éstos
del fruto de la viña.
12:3 Mas ellos, tomándole, le
golpearon, y le enviaron con las manos vacías.
12:4 Volvió a enviarles otro
siervo; pero apedreándole, le hirieron en la cabeza,
y también le enviaron afrentado.
12:5 Volvió a enviar otro, y a
éste mataron; y a otros muchos, golpeando a unos y
matando a otros.
12:6 Por último, teniendo aún
un hijo suyo, amado, lo envió también a ellos,
diciendo: Tendrán respeto a mi hijo.
12:7 Mas aquellos labradores
dijeron entre sí: Este es el heredero; venid,
matémosle, y la heredad será nuestra.
12:8 Y tomándole, le mataron,
y le echaron fuera de la viña.
12:9 ¿Qué, pues, hará el señor
de la viña? Vendrá, y destruirá a los labradores, y
dará su viña a otros.
12:10 ¿Ni aun esta escritura
habéis leído:
La piedra que desecharon
los edificadores
Ha venido a ser cabeza del
ángulo;
12:11 El Señor ha hecho
esto,
Y es cosa maravillosa a
nuestros ojos?
12:12 Y procuraban prenderle, porque entendían que
decía contra ellos aquella parábola; pero temían a
la multitud, y dejándole, se fueron.
La cuestión del tributo
(Mt. 22.
15-22; Lc. 20. 20-26)
12:13 Y le enviaron algunos de los fariseos y de
los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna
palabra.
12:14 Viniendo ellos, le dijeron: Maestro, sabemos
que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie;
porque no miras la apariencia de los hombres, sino
que con verdad enseñas el camino de Dios. ¿Es lícito
dar tributo a César, o no? ¿Daremos, o no daremos?
12:15 Mas él, percibiendo la hipocresía de ellos,
les dijo: ¿Por qué me tentáis?
Traedme la moneda para que la vea.
12:16 Ellos se la trajeron; y les dijo:
¿De quién es esta imagen y la
inscripción? Ellos le dijeron: De César.
12:17 Respondiendo Jesús, les dijo:
Dad a César lo que es de
César, y a Dios lo que es de Dios. Y se
maravillaron de él.
La pregunta sobre la resurrección
(Mt. 22.
23-33; Lc. 20. 27-40)
12:18 Entonces vinieron a él los saduceos, que
dicen que no hay resurrección,
y le preguntaron, diciendo:
12:19 Maestro, Moisés nos escribió
que si el hermano de alguno muriere y dejare esposa,
pero no dejare hijos, que su hermano se case con
ella, y levante descendencia a su hermano.
12:20 Hubo siete hermanos; el primero tomó esposa, y
murió sin dejar descendencia.
12:21 Y el segundo se casó con ella, y murió, y
tampoco dejó descendencia; y el tercero, de la misma
manera.
12:22 Y así los siete, y no dejaron descendencia; y
después de todos murió también la mujer.
12:23 En la resurrección, pues, cuando resuciten,
¿de cuál de ellos será ella mujer, ya que los siete
la tuvieron por mujer?
12:24 Entonces respondiendo Jesús, les dijo:
¿No erráis por esto, porque
ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?
12:25 Porque cuando resuciten
de los muertos, ni se casarán ni se darán en
casamiento, sino serán como los ángeles que están en
los cielos.
12:26 Pero respecto a que los
muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de
Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo
soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios
de Jacob?
12:27 Dios no es Dios de
muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho
erráis.
El gran mandamiento
(Mt. 22.
34-40)
12:28 Acercándose uno de los escribas, que los
había oído disputar, y sabía que les había
respondido bien, le preguntó:
¿Cuál es el primer mandamiento de todos?
12:29 Jesús le respondió: El
primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el
Señor nuestro Dios, el Señor uno es.
12:30 Y amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el
principal mandamiento.
12:31 Y el segundo es
semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No hay otro mandamiento mayor que éstos.
12:32 Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro,
verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro
fuera de él;
12:33 y el amarle con todo el corazón, con todo el
entendimiento, con toda el alma, y con todas las
fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más
que todos los holocaustos y sacrificios.
12:34 Jesús entonces, viendo que había respondido
sabiamente, le dijo: No estás
lejos del reino de Dios. Y ya ninguno osaba
preguntarle.
¿De quién es hijo el Cristo?
(Mt. 22.
41-46; Lc. 20. 41-44)
12:35 Enseñando Jesús en el templo, decía:
¿Cómo dicen los escribas que
el Cristo es hijo de David?
12:36 Porque el mismo David
dijo por el Espíritu Santo:
Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
Hasta que ponga tus
enemigos por estrado de tus pies.
12:37 David mismo le llama
Señor; ¿cómo, pues, es su hijo?
Y gran multitud del pueblo le oía de buena
gana.
Jesús acusa a los escribas
(Mt. 23.
1-36; Lc. 11. 37-54;
20. 45-47)
12:38 Y les decía en su doctrina:
Guardaos de los escribas, que
gustan de andar con largas ropas, y aman las
salutaciones en las plazas,
12:39 y las primeras sillas en
las sinagogas, y los primeros asientos en las
cenas;
12:40 que devoran las casas de
las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones.
Estos recibirán mayor condenación.
La ofrenda de la viuda
(Lc. 21.
1-4)
12:41 Estando Jesús sentado delante del arca de
la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en
el arca; y muchos ricos echaban mucho.
12:42 Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas,
o sea un cuadrante.
12:43 Entonces llamando a sus discípulos, les dijo:
De cierto os digo que esta
viuda pobre echó más que todos los que han echado en
el arca;
12:44 porque todos han echado
de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó
todo lo que tenía, todo su sustento.
Capítulo 13
Jesús predice la
destrucción del templo
(Mt. 24.
1-2; Lc. 21. 5-6)
13:1 Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus
discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué
edificios.
13:2 Jesús, respondiendo, le dijo:
¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra
sobre piedra, que no sea derribada.
Señales antes del fin
(Mt. 24.
3-28; Lc. 21. 7-24;
17. 22-24)
13:3 Y se sentó en el monte de los Olivos, frente
al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le
preguntaron aparte:
13:4 Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal
habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?
13:5 Jesús, respondiéndoles, comenzó a decir:
Mirad que nadie os engañe;
13:6 porque vendrán muchos en
mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y engañarán a
muchos.
13:7 Mas cuando oigáis de
guerras y de rumores de guerras, no os turbéis,
porque es necesario que suceda así; pero aún no es
el fin.
13:8 Porque se levantará
nación contra nación, y reino contra reino; y habrá
terremotos en muchos lugares, y habrá hambres y
alborotos; principios de dolores son estos.
13:9 Pero mirad por vosotros
mismos; porque os entregarán a los concilios, y en
las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores
y de reyes os llevarán por causa de mí, para
testimonio a ellos.
13:10 Y es necesario que el
evangelio sea predicado antes a todas las naciones.
13:11 Pero cuando os trajeren
para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis
de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado
en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros
los que habláis, sino el Espíritu Santo.
13:12 Y el hermano entregará a
la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se
levantarán los hijos contra los padres, y los
matarán.
13:13 Y seréis aborrecidos de
todos por causa de mi nombre; mas el que persevere
hasta el fin, éste será salvo.
13:14 Pero cuando veáis la
abominación desoladora   de
que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe
estar (el que lee, entienda), entonces los que estén
en Judea huyan a los montes.
13:15 El que esté en la
azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar
algo de su casa;
13:16 y el que esté en el
campo, no vuelva atrás a tomar su capa.
13:17 Mas ¡ay de las que estén
encintas, y de las que críen en aquellos días!
13:18 Orad, pues, que vuestra
huida no sea en invierno;
13:19 porque aquellos días
serán de tribulación
cual nunca ha habido desde el principio de la
creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la
habrá.
13:20 Y si el Señor no hubiese
acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por
causa de los escogidos que él escogió, acortó
aquellos días.
13:21 Entonces si alguno os
dijere: Mirad, aquí está el Cristo; o, mirad, allí
está, no le creáis.
13:22 Porque se levantarán
falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y
prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los
escogidos.
13:23 Mas vosotros mirad; os
lo he dicho todo antes.
La venida del Hijo del Hombre
(Mt. 24.
29-35, 42-44; Lc. 21.
25-36)
13:24 Pero en aquellos
días, después de aquella tribulación, el sol se
oscurecerá, y la luna no dará su resplandor,
13:25 y las estrellas caerán
del cielo, y las potencias que están en los cielos
serán conmovidas.  
13:26 Entonces verán al Hijo
del Hombre, que vendrá en las nubes
con gran poder y gloria.
13:27 Y entonces enviará sus
ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro
vientos, desde el extremo de la tierra hasta el
extremo del cielo.
13:28 De la higuera aprended
la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan
las hojas, sabéis que el verano está cerca.
13:29 Así también vosotros,
cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que
está cerca, a las puertas.
13:30 De cierto os digo, que
no pasará esta generación hasta que todo esto
acontezca.
13:31 El cielo y la tierra
pasarán, pero mis palabras no pasarán.
13:32 Pero de aquel día y de
la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en
el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.
13:33 Mirad, velad y orad;
porque no sabéis cuándo será el tiempo.
13:34 Es como el hombre que
yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus
siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó
que velase.
13:35 Velad, pues, porque no
sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al
anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo,
o a la mañana;
13:36 para que cuando venga de
repente, no os halle durmiendo.
13:37 Y lo que a vosotros
digo, a todos lo digo: Velad.
Capítulo 14
El complot para prender
a Jesús
(Mt. 26.
1-5; Lc. 22. 1-2;
Jn. 11. 45-53)
14:1 Dos días después era la pascua,
y la fiesta de los panes sin levadura; y buscaban
los principales sacerdotes y los escribas cómo
prenderle por engaño y matarle.
14:2 Y decían: No durante la fiesta para que no se
haga alboroto del pueblo.
Jesús es ungido en Betania
(Mt. 26.
6-13; Jn. 12. 1-8)
14:3 Pero estando él en Betania, en casa de Simón
el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con
un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de
mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se
lo derramó sobre su cabeza.
14:4 Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y
dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de
perfume?
14:5 Porque podía haberse vendido por más de
trescientos denarios,
y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra
ella.
14:6 Pero Jesús dijo: Dejadla,
¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho.
14:7 Siempre tendréis a los
pobres con vosotros,
y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí
no siempre me tendréis.
14:8 Esta ha hecho lo que
podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo
para la sepultura.
14:9 De cierto os digo que
dondequiera que se predique este evangelio, en todo
el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho,
para memoria de ella.
Judas ofrece entregar a Jesús
(Mt. 26.
14-16; Lc. 22. 3-6)
14:10 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce,
fue a los principales sacerdotes para entregárselo.
14:11 Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron
darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para
entregarle.
Institución de la Cena del Señor
(Mt. 26.
17-29; Lc. 22. 7-23;
Jn. 13. 21-30;
1 Co. 11. 23-26)
14:12 El primer día de la fiesta de los panes sin
levadura, cuando sacrificaban el cordero de la
pascua, sus discípulos le dijeron: ¿Dónde quieres
que vayamos a preparar para que comas la pascua?
14:13 Y envió dos de sus díscipulos, y les dijo:Id
a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que
lleva un cántaro de agua; seguidle,
14:14 y donde entrare, decid
al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el
aposento donde he de comer la pascua con mis
discípulos?
14:15 Y él os mostrará un gran
aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros
allí.
14:16 Fueron sus discípulos y entraron en la ciudad,
y hallaron como les había dicho; y prepararon la
pascua.
14:17 Y cuando llegó la noche, vino él con los doce.
14:18 Y cuando se sentaron a la mesa, mientras
comían, dijo Jesús: De cierto
os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va
a entregar.
14:19 Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a
decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo?
14:20 El, respondiendo, les dijo:
Es uno de los doce, el que
moja conmigo en el plato.
14:21 A la verdad el Hijo del
Hombre va, según está escrito de él,
mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre
es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber
nacido.
14:22 Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y
lo partió y les dio, diciendo:
Tomad, esto es mi cuerpo.
14:23 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias,
les dio; y bebieron de ella todos.
14:24 Y les dijo: Esto es mi
sangre
del nuevo pacto,
que por muchos es derramada.
14:25 De cierto os digo que no
beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en
que lo beba nuevo en el reino de Dios.
Jesús anuncia la negación de Pedro
(Mt. 26.
30-35; Lc. 22. 31-34;
Jn. 13. 36-38)
14:26 Cuando hubieron cantado el himno, salieron
al monte de los Olivos.
14:27 Entonces Jesús les dijo:
Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque
escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán
dispersadas.
14:28 Pero después que haya
resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.
14:29 Entonces Pedro le dijo: Aunque todos se
escandalicen, yo no.
14:30 Y le dijo Jesús: De
cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que
el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres
veces.
14:31 Mas él con mayor insistencia decía: Si me
fuere necesario morir contigo, no te negaré. También
todos decían lo mismo.
Jesús ora en Getsemaní
(Mt. 26.
36-46; Lc. 22. 39-46)
14:32 Vinieron, pues, a un lugar que se llama
Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
Sentaos aquí, entre tanto que
yo oro.
14:33 Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y
comenzó a entristecerse y a angustiarse.
14:34 Y les dijo: Mi alma está
muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.
14:35 Yéndose un poco adelante, se postró en tierra,
y oró que si fuese posible, pasase de él aquella
hora.
14:36 Y decía: Abba, Padre,
todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí
esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.
14:37 Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a
Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No
has podido velar una hora?
14:38 Velad y orad, para que
no entréis en tentación; el espíritu a la verdad
está dispuesto, pero la carne es débil.
14:39 Otra vez fue y oró, diciendo las mismas
palabras.
14:40 Al volver, otra vez los halló durmiendo,
porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño;
y no sabían qué responderle.
14:41 Vino la tercera vez, y les dijo:
Dormid ya, y descansad. Basta,
la hora ha venido; he aquí, el Hijo del Hombre es
entregado en manos de los pecadores.
14:42 Levantaos, vamos; he
aquí, se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
(Mt. 26.
47-56; Lc. 22. 47-53;
Jn. 18. 2-11)
14:43 Luego, hablando él aún, vino Judas, que era
uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y
palos, de parte de los principales sacerdotes y de
los escribas y de los ancianos.
14:44 Y el que le entregaba les había dado señal,
diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle, y
llevadle con seguridad.
14:45 Y cuando vino, se acercó luego a él, y le
dijo: Maestro, Maestro. Y le besó.
14:46 Entonces ellos le echaron mano, y le
prendieron.
14:47 Pero uno de los que estaban allí, sacando la
espada, hirió al siervo del sumo sacerdote,
cortándole la oreja.
14:48 Y respondiendo Jesús, les dijo:
¿Como contra un ladrón habéis
salido con espadas y con palos para prenderme?
14:49 Cada día estaba con
vosotros enseñando en el templo,
y no me prendisteis; pero es así, para que se
cumplan las Escrituras.
14:50 Entonces todos los discípulos, dejándole,
huyeron.
El joven que huyó
14:51 Pero cierto joven le seguía, cubierto el
cuerpo con una sábana; y le prendieron;
14:52 mas él, dejando la sábana, huyó desnudo.
Jesús ante el concilio
(Mt. 26.
57-68; Lc. 22. 54-55,
63-71; Jn. 18. 12-14,
19-24)
14:53 Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote;
y se reunieron todos los principales sacerdotes y
los ancianos y los escribas.
14:54 Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del
patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los
alguaciles, calentándose al fuego.
14:55 Y los principales sacerdotes y todo el
concilio buscaban testimonio contra Jesús, para
entregarle a la muerte; pero no lo hallaban.
14:56 Porque muchos decían falso testimonio contra
él, mas sus testimonios no concordaban.
14:57 Entonces levantándose unos, dieron falso
testimonio contra él, diciendo:
14:58 Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré
este templo hecho a mano, y en tres días edificaré
otro hecho sin mano.
14:59 Pero ni aun así concordaban en el testimonio.
14:60 Entonces el sumo sacerdote, levantándose en
medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes
nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?
14:61 Mas él callaba, y nada respondía. El sumo
sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú
el Cristo, el Hijo del Bendito?
14:62 Y Jesús le dijo: Yo soy;
y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.
14:63 Entonces el sumo sacerdote, rasgando su
vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de
testigos?
14:64 Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y
todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de
muerte.
14:65 Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle
el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle:
Profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas.
Pedro niega a Jesús
(Mt. 26.
69-75; Lc. 22. 55-62;
Jn. 18. 15-18, 25-27)
14:66 Estando Pedro abajo, en el patio, vino una
de las criadas del sumo sacerdote;
14:67 y cuando vio a Pedro que se calentaba,
mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el
nazareno.
14:68 Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo
que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo.
14:69 Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a
decir a los que estaban allí: Este es de ellos.
14:70 Pero él negó otra vez. Y poco después, los que
estaban allí dijeron otra vez a Pedro:
Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres
galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de
ellos.
14:71 Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No
conozco a este hombre de quien habláis.
14:72 Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces
Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había
dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me
negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.
Capítulo 15
Jesús ante Pilato
(Mt. 27.
1-2, 11-14; Lc.
23. 1-5; Jn. 18. 28-38)
15:1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los
principales sacerdotes con los ancianos, con los
escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús
atado, y le entregaron a Pilato.
15:2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los
judíos? Respondiendo él, le dijo:
Tú lo dices.
15:3 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho.
15:4 Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada
respondes? Mira de cuántas cosas te acusan.
15:5 Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que
Pilato se maravillaba.
Jesús sentenciado a muerte
(Mt. 27.
15-31; Lc. 23. 13-25;
Jn. 18. 38E9.16)
15:6 Ahora bien, en el día de la fiesta les
soltaba un preso, cualquiera que pidiesen.
15:7 Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con
sus compañeros de motín que habían cometido
homicidio en una revuelta.
15:8 Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que
hiciese como siempre les había hecho.
15:9 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que
os suelte al Rey de los judíos?
15:10 Porque conocía que por envidia le habían
entregado los principales sacerdotes.
15:11 Mas los principales sacerdotes incitaron a la
multitud para que les soltase más bien a Barrabás.
15:12 Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué,
pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los
judíos?
15:13 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale!
15:14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero
ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale!
15:15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les
soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de
azotarle, para que fuese crucificado.
15:16 Entonces los soldados le llevaron dentro del
atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la
compañía.
15:17 Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una
corona tejida de espinas,
15:18 comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de
los judíos!
15:19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le
escupían, y puestos de rodillas le hacían
reverencias.
15:20 Después de haberle escarnecido, le desnudaron
la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le
sacaron para crucificarle.
Crucifixión y muerte de Jesús
(Mt. 27.
32-56; Lc. 23. 26-49;
Jn. 19. 17-30)
15:21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de
Cirene, padre de Alejandro y de Rufo,
que venía del campo, a que le llevase la cruz.
15:22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que
traducido es: Lugar de la Calavera.
15:23 Y le dieron a beber vino mezclado con mirra;
mas él no lo tomó.
15:24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron
entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos
para ver qué se llevaría cada uno.
15:25 Era la hora tercera cuando le crucificaron.
15:26 Y el título escrito de su causa era: EL REY DE
LOS JUDÍOS.
15:27 Crucificaron también con él a dos ladrones,
uno a su derecha, y el otro a su izquierda.
15:28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue
contado con los inicuos.
15:29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la
cabeza  y
diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y
en tres días lo reedificas,
15:30 sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.
15:31 De esta manera también los principales
sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros,
con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se
puede salvar.
15:32 El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de
la cruz, para que veamos y creamos. También los que
estaban crucificados con él le injuriaban.
15:33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas
sobre toda la tierra hasta la hora novena.
15:34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz,
diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama
sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has desamparado?
15:35 Y algunos de los que estaban allí decían, al
oírlo: Mirad, llama a Elías.
15:36 Y corrió uno, y empapando una esponja en
vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber,
diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle.
15:37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró.
15:38 Entonces el velo
del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
15:39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo
que después de clamar había expirado así, dijo:
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.
15:40 También había algunas mujeres mirando de
lejos, entre las cuales estaban María Magdalena,
María la madre de Jacobo el menor y de José, y
Salomé,
15:41 quienes, cuando él estaba en Galilea, le
seguían y le servían;
y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Jesús es sepultado
(Mt. 27.
57-61; Lc. 23. 50-56;
Jn. 19. 38-42)
15:42 Cuando llegó la noche, porque era la
preparación, es decir, la víspera del día de reposo,
15:43 José de Arimatea, miembro noble del concilio,
que también esperaba el reino de Dios, vino y entró
osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
15:44 Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto;
y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya
estaba muerto.
15:45 E informado por el centurión, dio el cuerpo a
José,
15:46 el cual compró una sábana, y quitándolo, lo
envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que
estaba cavado en una peña, e hizo rodar una piedra a
la entrada del sepulcro.
15:47 Y María Magdalena y María madre de José
miraban dónde lo ponían.
Capítulo 16
La resurrección
(Mt. 28.
1-10; Lc. 24. 1-12;
Jn. 20. 1-10)
16:1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena,
María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron
especias aromáticas para ir a ungirle.
16:2 Y muy de mañana, el primer día de la semana,
vinieron al sepulcro, ya salido el sol.
16:3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la
piedra de la entrada del sepulcro?
16:4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra,
que era muy grande.
16:5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un
joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga
ropa blanca; y se espantaron.
16:6 Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a
Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha
resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le
pusieron.
16:7 Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que
él va delante de vosotros a Galilea;
allí le veréis, como os dijo.
16:8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque
les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a
nadie, porque tenían miedo.
Jesús se aparece a María Magdalena
(Jn. 20.
11-18)
16:9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la
mañana, el primer día de la semana, apareció
primeramente a María Magdalena, de quien había
echado siete demonios.
16:10 Yendo ella, lo hizo saber a los que habían
estado con él, que estaban tristes y llorando.
16:11 Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había
sido visto por ella, no lo creyeron.
Jesús se aparece a dos de sus discípulos
(Lc.
24.13-35)
16:12 Pero después apareció en otra forma a dos
de ellos que iban de camino, yendo al campo.
16:13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros;
y ni aun a ellos creyeron.
Jesús comisiona a los apóstoles
(Mt. 28.
16-20; Lc. 24. 36-49;
Jn. 20. 19-23)
16:14 Finalmente se apareció a los once mismos,
estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su
incredulidad y dureza de corazón, porque no habían
creído a los que le habían visto resucitado.
16:15 Y les dijo: Id por todo
el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
16:16 El que creyere y fuere
bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será
condenado.
16:17 Y estas señales seguirán
a los que creen: En mi nombre echarán fuera
demonios; hablarán nuevas lenguas;
16:18 tomarán en las manos
serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les
hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y
sanarán.
La ascensión
(Lc. 24.
50-53)
16:19 Y el Señor, después que les habló, fue
recibido arriba en el cielo,
y se sentó a la diestra de Dios.
16:20 Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes,
ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con
las señales que la seguían. Amén.
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