Capítulo 1
Dedicatoria a Teófilo
1:1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la
historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,
1:2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo
vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,
1:3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado
con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas
por orden, oh excelentísimo Teófilo,
1:4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales
has sido instruido.
Anuncio del nacimiento de Juan
1:5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote
llamado Zacarías, de la clase de Abías;
su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.
1:6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles
en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.
1:7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos
eran ya de edad avanzada.
1:8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de
Dios según el orden de su clase,
1:9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte
ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.
1:10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora
del incienso.
1:11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la
derecha del altar del incienso.
1:12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor.
1:13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu
oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo,
y llamarás su nombre Juan.
1:14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su
nacimiento;
1:15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni
sidra,
y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su
madre.
1:16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al
Señor Dios de ellos.
1:17 E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías,
para hacer volver los corazones de los padres a los hijos,
y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al
Señor un pueblo bien dispuesto.
1:18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo
soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.
1:19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel,
que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte
estas buenas nuevas.
1:20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en
que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales
se cumplirán a su tiempo.
1:21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de
que él se demorase en el santuario.
1:22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que
había visto visión en el santuario. El les hablaba por señas, y
permaneció mudo.
1:23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.
1:24 Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se
recluyó en casa por cinco meses, diciendo:
1:25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó
quitar mi afrenta entre los hombres.
Anuncio del nacimiento de Jesús
1:26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una
ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
1:27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de
la casa de David; y el nombre de la virgen era María.
1:28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy
favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.
1:29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y
pensaba qué salutación sería esta.
1:30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has
hallado gracia delante de Dios.
1:31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y
llamarás su nombre JESÚS.
1:32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el
Señor Dios le dará el trono de David su padre;
1:33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino
no tendrá fin.
1:34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no
conozco varón.
1:35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá
sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de
Dios.
1:36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido
hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que
llamaban estéril;
1:37 porque nada hay imposible para Dios.
1:38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase
conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su
presencia.
María visita a Elisabet
1:39 En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la
montaña, a una ciudad de Judá;
1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.
1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María,
la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del
Espíritu Santo,
1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres,
y bendito el fruto de tu vientre.
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor
venga a mí?
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis
oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
1:45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le
fue dicho de parte del Señor.
1:46 Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
1:47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi
Salvador.
1:48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las
generaciones.
1:49 Porque me ha hecho grandes cosas el
Poderoso;
Santo es su nombre,
1:50 Y su misericordia es de generación en
generación
A los que le temen.
1:51 Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
1:52 Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
1:53 A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
1:54 Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
1:55 De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham
y su descendencia para siempre.
1:56 Y se quedó María con ella como tres meses; después se
volvió a su casa.
Nacimiento de Juan el Bautista
1:57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su
alumbramiento, dio a luz un hijo.
1:58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había
engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con
ella.
1:59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al
niño;
y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías;
1:60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan.
1:61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se
llame con ese nombre.
1:62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería
llamar.
1:63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su
nombre. Y todos se maravillaron.
1:64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló
bendiciendo a Dios.
1:65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las
montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas.
1:66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón,
diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor
estaba con él.
Profecía de Zacarías
1:67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y
profetizó, diciendo:
1:68 Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,
1:69 Y nos levantó un poderoso Salvador
En la casa de David su siervo,
1:70 Como habló por boca de sus santos profetas
que fueron desde el principio;
1:71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano
de todos los que nos aborrecieron;
1:72 Para hacer misericordia con nuestros
padres,
Y acordarse de su santo pacto;
1:73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro
padre,
Que nos había de conceder
1:74 Que, librados de nuestros enemigos,
Sin temor le serviríamos
1:75 En santidad y en justicia delante de él,
todos nuestros días.
1:76 Y tú, niño, profeta del Altísimo serás
llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar
sus caminos;
1:77 Para dar conocimiento de salvación a su
pueblo,
Para perdón de sus pecados,
1:78 Por la entrañable misericordia de nuestro
Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
1:79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas
y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.
1:80 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en
lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
Capítulo 2
Nacimiento de Jesús
(Mt. 1.18-25)
2:1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de
parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.
2:2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de
Siria.
2:3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
2:4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a
la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la
casa y familia de David;
2:5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con él,
la cual estaba encinta.
2:6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días
de su alumbramiento.
2:7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales,
y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en
el mesón.
Los ángeles y los pastores
2:8 Había pastores en la misma región, que velaban y
guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
2:9 Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria
del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
2:10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy
nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
2:11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador,
que es CRISTO el Señor.
2:12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en
pañales, acostado en un pesebre.
2:13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las
huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
2:14 ¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
2:15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo,
los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta
Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha
manifestado.
2:16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a
José, y al niño acostado en el pesebre.
2:17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho
acerca del niño.
2:18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los
pastores les decían.
2:19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su
corazón.
2:20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por
todas las cosas que habían oído y visto, como se les había
dicho.
Presentación de Jesús en el templo
2:21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño,
le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por
el ángel
antes que fuese concebido.
2:22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de
ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para
presentarle al Señor
2:23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que
abriere la matriz será llamado santo al Señor),
2:24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del
Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos.
2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y
este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel;
y el Espíritu Santo estaba sobre él.
2:26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no
vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
2:27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los
padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él
conforme al rito de la ley,
2:28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
2:29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,
Conforme a tu palabra;
2:30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
2:31 La cual has preparado en presencia de todos
los pueblos;
2:32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
2:33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se
decía de él.
2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí,
éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en
Israel, y para señal que será contradicha
2:35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean
revelados los pensamientos de muchos corazones.
2:36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la
tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su
marido siete años desde su virginidad,
2:37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba
del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.
2:38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios,
y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en
Jerusalén.
El regreso a Nazaret
2:39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la
ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de
sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.
El niño Jesús en el templo
2:41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta
de la pascua;
2:42 y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la
costumbre de la fiesta.
2:43 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño
Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre.
2:44 Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino
de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos;
2:45 pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole.
2:46 Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo,
sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y
preguntándoles.
2:47 Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia
y de sus respuestas.
2:48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre:
Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te
hemos buscado con angustia.
2:49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es
necesario estar?
2:50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.
2:51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto
a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
2:52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para
con Dios y los hombres.
Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
(Mt. 3.1-12;
Mr. 1.1-8;
Jn. 1.19-28)
3:1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo
gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de
Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la
provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
3:2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de
Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3:3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando
el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados,
3:4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta
Isaías, que dice:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
3:5 Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
3:6 Y verá toda carne la salvación de Dios.
3:7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por
él: ¡Oh generación de víboras!
¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no
comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham
por padre;
porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de
estas piedras.
3:9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles;
por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en
el fuego.
3:10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos?
3:11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al
que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.
3:12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados,
y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
3:13 El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.
3:14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros,
¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni
calumniéis; y contentaos con vuestro salario.
3:15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos
en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo,
3:16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo
en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy
digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en
Espíritu Santo y fuego.
3:17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá
el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se
apagará.
3:18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas
nuevas al pueblo.
3:19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a
causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las
maldades que Herodes había hecho,
3:20 sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la
cárcel.
El bautismo de Jesús
(Mt. 3.13-17;
Mr. 1.9-11)
3:21 Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba,
también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió,
3:22 y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal,
como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo
amado; en ti tengo complacencia.   
Genealogía de Jesús
(Mt. 1.1-17)
3:23 Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de
treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí,
3:24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Jana,
hijo de José,
3:25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de
Esli, hijo de Nagai,
3:26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo de
José, hijo de Judá,
3:27 hijo de Joana, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de
Salatiel, hijo de Neri,
3:28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de
Elmodam, hijo de Er,
3:29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de
Matat,
3:30 hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José,
hijo de Jonán, hijo de Eliaquim,
3:31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo de
Natán,
3:32 hijo de David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz,
hijo de Salmón, hijo de Naasón,
3:33 hijo de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrom, hijo de
Fares, hijo de Judá,
3:34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de
Taré, hijo de Nacor,
3:35 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber,
hijo de Sala,
3:36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé,
hijo de Lamec,
3:37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de
Mahalaleel, hijo de Cainán,
3:38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.
Capítulo 4
Tentación de Jesús
(Mt. 4.1-11;
Mr. 1.12-13)
4:1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue
llevado por el Espíritu al desierto
4:2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió
nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre.
4:3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí a esta
piedra que se convierta en pan.
4:4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito
está: No sólo de pan vivirá el hombre,
sino de toda palabra de Dios.
4:5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un
momento todos los reinos de la tierra.
4:6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la
gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien
quiero la doy.
4:7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.
4:8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de
mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a
él solo servirás.
4:9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del
templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo;
4:10 porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden;
4:11 y, En las manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
4:12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho
está: No tentarás al Señor tu Dios.
4:13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó
de él por un tiempo.
Jesús principia su ministerio
(Mt. 4.12-17;
Mr. 1.14-15)
4:14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se
difundió su fama por toda la tierra de alrededor.
4:15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por
todos.
Jesús en Nazaret
(Mt. 13.53-58;
Mr. 6.1-6)
4:16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de
reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se
levantó a leer.
4:17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto
el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
4:18 El Espíritu del Señor está sobre
mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas
nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los
quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
4:19 A predicar el año agradable
del Señor.
4:20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y
los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
4:21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha
cumplido esta Escritura delante de vosotros.
4:22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados
de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No
es éste el hijo de José?
4:23 El les dijo: Sin duda me diréis este
refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos
oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu
tierra.
4:24 Y añadió: De cierto os digo, que
ningún profeta es acepto en su propia tierra.
4:25 Y en verdad os digo que muchas viudas
había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue
cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en
toda la tierra;
4:26 pero a ninguna de ellas fue enviado
Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
4:27 Y muchos leprosos había en Israel en
tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado,
sino Naamán el sirio.
4:28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de
ira;
4:29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le
llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba
edificada la ciudad de ellos, para despeñarle.
4:30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
(Mr. 1.21-28)
4:31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les
enseñaba en los días de reposo.
4:32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con
autoridad.
4:33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de
demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz,
4:34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús
nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién
eres, el Santo de Dios.
4:35 Y Jesús le reprendió, diciendo:
Cállate, y sal de él.
Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de
él, y no le hizo daño alguno.
4:36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros,
diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda
a los espíritus inmundos, y salen?
4:37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los
contornos.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8.14-15;
Mr. 1.29-31)
4:38 Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y
entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran
fiebre; y le rogaron por ella.
4:39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la
fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8.16-17;
Mr. 1.32-34)
4:40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de
diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos
sobre cada uno de ellos, los sanaba.
4:41 También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo:
Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba
hablar, porque sabían que él era el Cristo.
Jesús recorre Galilea predicando
(Mr. 1.35-39)
4:42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar
desierto; y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le
detenían para que no se fuera de ellos.
4:43 Pero él les dijo: Es necesario que
también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios;
porque para esto he sido enviado.
4:44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea.
Capítulo 5
La pesca milagrosa
(Mt. 4.18-22;
Mr. 1.16-20)
5:1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el
gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.
5:2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y
los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.
5:3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón,
le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose,
enseñaba desde la barca a la multitud. 
5:4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
Boga mar adentro, y echad vuestras redes
para pescar.
5:5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos
estado trabajando, y nada hemos pescado;
mas en tu palabra echaré la red.
5:6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces,
y su red se rompía.
5:7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la
otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y
llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían.
5:8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús,
diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.
5:9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había
apoderado de él, y de todos los que estaban con él,
5:10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran
compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón:
No temas; desde ahora serás pescador de
hombres.
5:11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le
siguieron.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8.1-4;
Mr. 1.40-45)
5:12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se
presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se
postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si
quieres, puedes limpiarme.
5:13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante la
lepra se fue de él.
5:14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie;
sino ve, le dijo,
muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu
purificación, según mandó Moisés,
para testimonio a ellos.
5:15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente
para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.
5:16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Jesús sana a un paralítico
(Mt. 9.1-8;
Mr. 2.1-12)
5:17 Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban
sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían
venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y
el poder del Señor estaba con él para sanar.
5:18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un
hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y
ponerle delante de él.
5:19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud,
subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el
lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.
5:20 Al ver él la fe de ellos, le dijo:
Hombre, tus pecados te son perdonados.
5:21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar,
diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede
perdonar pecados sino sólo Dios?
5:22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos,
respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en
vuestros corazones?
5:23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados
te son perdonados, o decir: Levántate y anda?
5:24 Pues para que sepáis que el Hijo del
Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados(dijo
al paralítico):A ti te digo:
Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
5:25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando
el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando
a Dios.
5:26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y
llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9.9-13;
Mr. 2.13-17)
5:27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano
llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le
dijo: Sígueme.
5:28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
5:29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha
compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con
ellos.
5:30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los
discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y
pecadores?
5:31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que
están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
5:32 No he venido a llamar a justos, sino
a pecadores al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9.14-17;
Mr. 2.18-22)
5:33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de
Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de
los fariseos, pero los tuyos comen y beben?
5:34 El les dijo: ¿Podéis acaso hacer que
los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está
con ellos?
5:35 Mas vendrán días cuando el esposo les
será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán.
5:36 Les dijo también una parábola: Nadie
corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido
viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el
remiendo sacado de él no armoniza con el viejo.
5:37 Y nadie echa vino nuevo en odres
viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se
derramará, y los odres se perderán.
5:38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se
ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan.
5:39 Y ninguno que beba del añejo, quiere
luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.
Capítulo 6
Los discípulos recogen espigas en el
día de reposo
(Mt. 12.1-8;
Mr. 2.23-28)
6:1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús por los
sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían,
restregándolas con las manos.
6:2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo
que no es lícito hacer en los días de reposo?
6:3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni aun
esto habéis leído, lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y
los que con él estaban;
6:4 cómo entró en la casa de Dios, y tomó
los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer
sino sólo a los sacerdotes,
y comió, y dio también a los que estaban con él?
6:5 Y les decía: El Hijo del Hombre es
Señor aun del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mt. 12.9-14;
Mr. 3.1-6)
6:6 Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en
la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca
la mano derecha.
6:7 Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en
el día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle.
6:8 Mas él conocía los pensamientos de ellos; y dijo al hombre
que tenía la mano seca: Levántate, y ponte
en medio. Y él,
levantándose, se puso en pie.
6:9 Entonces Jesús les dijo:
Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día
de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?
6:10 Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre:
Extiende tu mano. Y él lo hizo así,
y su mano fue restaurada.
6:11 Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué
podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10.1-4;
Mr. 3.13-19)
6:12 En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche
orando a Dios.
6:13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a
doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles:
6:14 a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su hermano,
Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé,
6:15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote,
6:16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser
el traidor.
Jesús atiende a una multitud
(Mt. 4.23-25)
6:17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en
compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de
toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que
había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades;
6:18 y los que habían sido atormentados de espíritus inmundos
eran sanados.
6:19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de él
y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
(Mt. 5.1-12)
6:20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
Bienaventurados vosotros los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios.
6:21 Bienaventurados los que ahora tenéis
hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora
lloráis, porque reiréis.
6:22 Bienaventurados seréis cuando los
hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os
vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del
Hijo del Hombre.
6:23 Gozaos en aquel día, y alegraos,
porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque
así hacían sus padres con los profetas.
6:24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya
tenéis vuestro consuelo.
6:25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis
saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora
reís! porque lamentaréis y lloraréis.
6:26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los
hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres
con los falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
(Mt. 5.38-48;
7.12)
6:27 Pero a vosotros los que oís, os
digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os
aborrecen;
6:28 bendecid a los que os maldicen, y
orad por los que os calumnian.
6:29 Al que te hiera en una mejilla,
preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la
túnica le niegues.
6:30 A cualquiera que te pida, dale; y al
que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
6:31 Y como queréis que hagan los hombres
con vosotros, así también haced vosotros con ellos.
6:32 Porque si amáis a los que os aman,
¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que
los aman.
6:33 Y si hacéis bien a los que os hacen
bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo
mismo.
6:34 Y si prestáis a aquellos de quienes
esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los
pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.
6:35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y
haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro
galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es
benigno para con los ingratos y malos.
6:36 Sed, pues, misericordiosos, como
también vuestro Padre es misericordioso.
El juzgar a los demás
(Mt. 7.1-5)
6:37 No juzguéis, y no seréis juzgados;
no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis
perdonados.
6:38 Dad, y se os dará; medida buena,
apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque
con la misma medida con que medís, os volverán a medir.
6:39 Y les decía una parábola: ¿Acaso
puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?
6:40 El discípulo no es superior a su
maestro;
mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.
6:41 ¿Por qué miras la paja que está en el
ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu
propio ojo?
6:42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano:
Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú
la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga
de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que
está en el ojo de tu hermano.
Por sus frutos los conoceréis
(Mt. 7.15-20)
6:43 No es buen árbol el que da malos
frutos, ni árbol malo el que da buen fruto.
6:44 Porque cada árbol se conoce por su
fruto;
pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se
vendimian uvas.
6:45 El hombre bueno, del buen tesoro de
su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su
corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla
la boca.
Los dos cimientos
(Mt. 7.24-27)
6:46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor,
y no hacéis lo que yo digo?
6:47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis
palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante.
6:48 Semejante es al hombre que al
edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la
roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra
aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre
la roca.
6:49 Mas el que oyó y no hizo, semejante
es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento;
contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande
la ruina de aquella casa.
Capítulo 7
Jesús sana al siervo de un centurión
(Mt. 8.5-13)
7:1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que
le oía, entró en Capernaum.
7:2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho,
estaba enfermo y a punto de morir.
7:3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos
ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su
siervo.
7:4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,
diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
7:5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
7:6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la
casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no
te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo;
7:7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di
la palabra, y mi siervo será sano.
7:8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo
soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro:
Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
7:9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a
la gente que le seguía: Os digo que ni aun
en Israel he hallado tanta fe.
7:10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron
sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
7:11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama
Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran
multitud.
7:12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que
llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la
cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
7:13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo:
No llores.
7:14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se
detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo,
levántate.
7:15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a
hablar. Y lo dio a su madre.
7:16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un
gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado
a su pueblo.
7:17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la
región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Mt. 11.2-19)
7:18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas
estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
7:19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
7:20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el
Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
7:21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y
de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
7:22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id,
haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven,
los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen,
los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el
evangelio;
7:23 y bienaventurado es aquel que no
halle tropiezo en mí.
7:24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir de
Juan a la gente: ta¿Qué
salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
7:25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un
hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen
vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los
reyes están.
7:26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un
profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
7:27 Este es de quien está escrito:
He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
7:28 Os digo que entre los nacidos de
mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más
pequeño en el reino de Dios es mayor que él.
7:29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron,
justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
7:30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los
designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados
por Juan.
7:31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues,
compararé los hombres de esta generación, y a qué son
semejantes?
7:32 Semejantes son a los muchachos
sentados en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os
tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no
llorasteis.
7:33 Porque vino Juan el Bautista, que ni
comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene.
7:34 Vino el Hijo del Hombre, que come y
bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino,
amigo de publicanos y de pecadores.
7:35 Mas la sabiduría es justificada por
todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y
habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber
que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco
de alabastro con perfume;
7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a
regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y
besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 
7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo
para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de
mujer es la que le toca, que es pecadora.
7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo:Simón,
una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el
uno le debía quinientos denarios,
y el otro cincuenta;
7:42 y no teniendo ellos con qué pagar,
perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó
más. Y él le dijo: Rectamente has
juzgado.
7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón:
¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis
pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha
enjugado con sus cabellos.
7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que
entré, no ha cesado de besar mis pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas
ésta ha ungido con perfume mis pies.
7:47 Por lo cual te digo que sus muchos
pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien
se le perdona poco, poco ama.
7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son
perdonados.
7:49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron
a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?
7:50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha
salvado, vé en paz.
Capítulo 8
Mujeres que sirven a Jesús
8:1 Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y
aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios,
y los doce con él,
8:2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos
y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que
habían salido siete demonios,
8:3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y
otras muchas que le servían de sus bienes. 
Parábola del sembrador
(Mt. 13.1-15, 18-23;
Mr. 4.1-20)
8:4 Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad
venían a él, les dijo por parábola:
8:5 El sembrador salió a sembrar su
semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y
fue hollada, y las aves del cielo la comieron.
8:6 Otra parte cayó sobre la piedra; y
nacida, se secó, porque no tenía humedad.
8:7 Otra parte cayó entre espinos, y los
espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron.
8:8 Y otra parte cayó en buena tierra, y
nació y llevó fruto a ciento por uno. Hablando estas
cosas, decía a gran voz: El que tiene
oídos para oír, oiga.
8:9 Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa
esta parábola?
8:10 Y él dijo: A vosotros os es dado
conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por
parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan.
8:11 Esta es, pues, la parábola: La
semilla es la palabra de Dios.
8:12 Y los de junto al camino son los que
oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra,
para que no crean y se salven.
8:13 Los de sobre la piedra son los que
habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen
raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se
apartan.
8:14 La que cayó entre espinos, éstos son
los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las
riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto.
8:15 Mas la que cayó en buena tierra,
éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra
oída, y dan fruto con perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Mr. 4.21-25)
8:16 Nadie que enciende una luz la
cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la
pone en un candelero
para que los que entran vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto, que no haya
de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y
de salir a luz.
8:18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo
el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que
piensa tener se le quitará.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12.46-50;
Mr. 3.31-35)
8:19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no
podían llegar hasta él por causa de la multitud.
8:20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren verte.
8:21 El entonces respondiendo, les dijo:
Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y
la hacen.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8.23-27;Mr.
4.35-41)
8:22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus
discípulos, y les dijo: Pasemos al otro
lado del lago. Y partieron.
8:23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una
tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.
8:24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro,
Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a
las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.
8:25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe?
Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a
otros: ¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas
manda, y le obedecen?
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.28-34;
Mr. 5.1-20)
8:26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la
ribera opuesta a Galilea.
8:27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la
ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa,
ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
8:28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a
sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo
del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.
8:29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre,
pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le
ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era
impelido por el demonio a los desiertos.)
8:30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo
te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios
habían entrado en él.
8:31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.
8:32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte;
y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso.
8:33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos;
y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó.
8:34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que
había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y
por los campos.
8:35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús,
y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios,
sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y
tuvieron miedo.
8:36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido
salvado el endemoniado.
8:37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los
gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran
temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió.
8:38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba
que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo:
8:39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán
grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue,
publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho
Jesús con él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9.18-26;
Mr. 5.21-43)
8:40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo;
porque todos le esperaban.
8:41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de
la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que
entrase en su casa;
8:42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se
estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía.
8:43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía
doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y
por ninguno había podido ser curada,
8:44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al
instante se detuvo el flujo de su sangre.
8:45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que
me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con
él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices:
¿Quién es el que me ha tocado?
8:46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha
tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.
8:47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta,
vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de
todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante
había sido sanada.
8:48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha
salvado; ve en paz.
8:49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal
de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al
Maestro.
8:50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No
temas; cree solamente, y será salva.
8:51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a
Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.
8:52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él
dijo: No lloréis; no está muerta, sino que
duerme.
8:53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
8:54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo:
Muchacha, levántate.
8:55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y
él mandó que se le diese de comer.
8:56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a
nadie dijesen lo que había sucedido.
Capítulo 9
Misión de los doce discípulos
(Mt. 10.5-15;
Mr. 6.7-13)
9:1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y
autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.
9:2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los
enfermos.
9:3 Y les dijo: No
toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni
dinero; ni llevéis dos túnicas.
9:4 Y en cualquier casa donde entréis,
quedad allí, y de allí salid.
9:5 Y dondequiera que no os recibieren,
salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en
testimonio contra ellos.
9:6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el
evangelio y sanando por todas partes.
Muerte de Juan el Bautista
(Mt. 14.1-12;
Mr. 6.14-29)
9:7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía
Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos: Juan ha
resucitado de los muertos;
9:8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta de los
antiguos ha resucitado. 
9:9 Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién, pues,
es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle.
Alimentación de los cinco mil
(Mt. 14.13-21;
Mr. 6.30-44;
Jn. 6.1-14)
9:10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían
hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar desierto de la
ciudad llamada Betsaida.
9:11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y
les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban
ser curados.
9:12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce,
le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y
campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque
aquí estamos en lugar desierto.
9:13 El les dijo: Dadles vosotros de
comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y
dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos
para toda esta multitud.
9:14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus
discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de
cincuenta en cincuenta.
9:15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos.
9:16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando
los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus
discípulos para que los pusiesen delante de la gente.
9:17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les
sobró, doce cestas de pedazos.
La confesión de Pedro
(Mt. 16.13-20;
Mr. 8.27-30)
9:18 Aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban con
él los discípulos; y les preguntó, diciendo:
¿Quién dice la gente que soy yo?
9:19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado. 
9:20 El les dijo:
¿Y vosotros, quién decís que soy?
Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16.21-28;
Mr. 8.31E.1)
9:21 Pero él les mandó que a nadie dijesen esto,
encargándoselo rigurosamente,
9:22 y diciendo: Es necesario que el Hijo
del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los
ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y
que sea muerto, y resucite al tercer día.
9:23 Y decía a todos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame.
9:24 Porque todo el que quiera salvar su
vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí,
éste la salvará. 
9:25 Pues ¿qué aprovecha al hombre, si
gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?
9:26 Porque el que se avergonzare de mí y
de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre
cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos
ángeles.
9:27 Pero os digo en verdad, que hay
algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta
que vean el reino de Dios.
La transfiguración
(Mt. 17.1-8;
Mr. 9.2-8)
9:28 Aconteció como ocho días después de estas palabras, que
tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.
9:29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo
otra, y su vestido blanco y resplandeciente.
9:30 Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran
Moisés y Elías;
9:31 quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su
partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.
9:32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño;
mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los
dos varones que estaban con él.
9:33 Y sucedió que apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús:
Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres
enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no
sabiendo lo que decía.
9:34 Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y
tuvieron temor al entrar en la nube.
9:35 Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo
amado;   
a él oíd.
9:36 Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo; y ellos
callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que
habían visto.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17.14-21;
Mr. 9.14-29)
9:37 Al día siguiente, cuando descendieron del monte, una
gran multitud les salió al encuentro.
9:38 Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo:
Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que
tengo;
9:39 y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces, y
le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y
estropeándole, a duras penas se aparta de él.
9:40 Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera, y no
pudieron.
9:41 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh
generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con
vosotros, y os he de soportar? Trae acá a tu hijo.
9:42 Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó y
le sacudió con violencia; pero Jesús reprendió al espíritu
inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su padre.
9:43 Y todos se admiraban de la grandeza de Dios.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17.22-23;
Mr. 9.30-32)
Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía, dijo a sus
discípulos:
9:44 Haced que os penetren bien en los
oídos estas palabras; porque acontecerá que el Hijo del Hombre
será entregado en manos de hombres.
9:45 Mas ellos no entendían estas palabras, pues les estaban
veladas para que no las entendiesen; y temían preguntarle sobre
esas palabras.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18.1-5;
Mr. 9.33-37)
9:46 Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos
sería el mayor.
9:47 Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones,
tomó a un niño y lo puso junto a sí,
9:48 y les dijo: Cualquiera que reciba a
este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me
recibe a mí, recibe al que me envió; 
porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más
grande.
El que no es contra nosotros, por nosotros es
(Mr. 9.38-40)
9:49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a
uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos,
porque no sigue con nosotros.
9:50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis;
porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.
Jesús reprende a Jacobo y a Juan
9:51 Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser
recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
9:52 Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y
entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle
preparativos.
9:53 Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a
Jerusalén.
9:54 Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor,
¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo
Elías, y los consuma?
9:55 Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo:
Vosotros no sabéis de qué espíritu sois;
9:56 porque el Hijo del Hombre no ha
venido para perder las almas de los hombres, sino para
salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
Los que querían seguir a Jesús
(Mt. 8.18-22)
9:57 Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré
adondequiera que vayas.
9:58 Y le dijo Jesús: Las zorras tienen
guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre
no tiene dónde recostar la cabeza.
9:59 Y dijo a otro: Sígueme.
El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi
padre.
9:60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus
muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.
9:61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame
que me despida primero de los que están en mi casa.
9:62 Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo
su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de
Dios.
Capítulo 10
Misión de los setenta
10:1 Después de estas cosas, designó el Señor también a otros
setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda
ciudad y lugar adonde él había de ir.
10:2 Y les decía: La mies a la verdad es
mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la
mies que envíe obreros a su mies.
10:3 Id; he aquí yo os envío como corderos
en medio de lobos.
10:4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni
calzado; y a nadie saludéis por el camino.
10:5 En cualquier casa donde entréis,
primeramente decid: Paz sea a esta casa.
10:6 Y si hubiere allí algún hijo de paz,
vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.
10:7 Y posad en aquella misma casa,
comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de
su salario.
No os paséis de casa en casa.
10:8 En cualquier ciudad donde entréis, y
os reciban, comed lo que os pongan delante;
10:9 y sanad a los enfermos que en ella
haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.
10:10 Mas en cualquier ciudad donde
entréis, y no os reciban, saliendo por sus calles, decid:
10:11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que
se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros.
Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros. 
10:12 Y os digo que en aquel día será más
tolerable el castigo para Sodoma,
que para aquella ciudad.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Mt. 11.20-24)
10:13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti,
Betsaida! que si en Tiro y en Sidón    
se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras,
tiempo ha que sentadas en cilicio y ceniza, se habrían
arrepentido.
10:14 Por tanto, en el juicio será más
tolerable el castigo para Tiro y Sidón, que para vosotras.
10:15 Y tú, Capernaum, que hasta los
cielos eres levantada, hasta el Hades serás abatida.
10:16 El que a vosotros oye, a mí me oye;  
y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me
desecha a mí, desecha al que me envió.
Regreso de los setenta
10:17 Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun
los demonios se nos sujetan en tu nombre.
10:18 Y les dijo: Yo veía a Satanás caer
del cielo como un rayo.
10:19 He aquí os doy potestad de hollar
serpientes y escorpiones,
y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.
10:20 Pero no os regocijéis de que los
espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres
están escritos en los cielos.
Jesús se regocija
(Mt. 11.25-27;
13.16-17)
10:21 En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu,
y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los
sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre,
porque así te agradó.
10:22 Todas las cosas me fueron entregadas
por mi Padre;
y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el
Padre, sino el Hijo,
y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
10:23 Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte:
Bienaventurados los ojos que ven lo que
vosotros veis;
10:24 porque os digo que muchos profetas y
reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír
lo que oís, y no lo oyeron.
El buen samaritano
10:25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo,
para probarle:
Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?
10:26 El le dijo: ¿Qué está escrito en la
ley? ¿Cómo lees?
10:27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y
con toda tu mente;
y a tu prójimo como a ti mismo.
10:28 Y le dijo: Bien has respondido; haz
esto, y vivirás.
10:29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús:
¿Y quién es mi prójimo?
10:30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre
descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole
medio muerto.
10:31 Aconteció que descendió un sacerdote
por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.
10:32 Asimismo un levita, llegando cerca
de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.
10:33 Pero un samaritano, que iba de
camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a
misericordia;
10:34 y acercándose, vendó sus heridas,
echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo
llevó al mesón, y cuidó de él.
10:35 Otro día al partir, sacó dos
denarios,
y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que
gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
10:36 ¿Quién, pues, de estos tres te
parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los
ladrones?
10:37 El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús
le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.
Jesús visita a Marta y a María
10:38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y
una mujer llamada Marta le recibió en su casa.
10:39 Esta tenía una hermana que se llamaba María,
la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
10:40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y
acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me
deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
10:41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta,
Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.
10:42 Pero sólo una cosa es necesaria; y
María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.
Capítulo 11
Jesús y la oración
(Mt. 6.9-15;
7.7-11)
11:1 Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando
terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar,
como también Juan enseñó a sus discípulos.
11:2 Y les dijo: Cuando oréis, decid:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu
nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo,
así también en la tierra.
11:3 El pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy.
11:4 Y perdónanos nuestros pecados, porque
también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal.
11:5 Les dijo también: ¿Quién de vosotros
que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo,
préstame tres panes,
11:6 porque un amigo mío ha venido a mí de
viaje, y no tengo qué ponerle delante;
11:7 y aquél, respondiendo desde adentro,
le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños
están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos?
11:8 Os digo, que aunque no se levante a
dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se
levantará y le dará todo lo que necesite.
11:9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará;
buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
11:10 Porque todo aquel que pide, recibe;
y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
11:11 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo
le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de
pescado, le dará una serpiente?
11:12 ¿O si le pide un huevo, le dará un
escorpión?
11:13 Pues si vosotros, siendo malos,
sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Una casa dividida contra sí misma
(Mt. 12.22-30;
Mr. 3.20-27)
11:14 Estaba Jesús echando fuera un demonio, que era mudo; y
aconteció que salido el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravilló.
11:15 Pero algunos de ellos decían: Por Beelzebú, príncipe de
los demonios, echa fuera los demonios.
11:16 Otros, para tentarle, le pedían señal del cielo. 
11:17 Mas él, conociendo los pensamientos de ellos, les dijo:
Todo reino dividido contra sí mismo, es
asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae.
11:18 Y si también Satanás está dividido
contra sí mismo, ¿cómo permanecerá su reino? ya que decís que
por Beelzebú echo yo fuera los demonios.
11:19 Pues si yo echo fuera los demonios
por Beelzebú, ¿vuestros hijos por quién los echan? Por tanto,
ellos serán vuestros jueces.
11:20 Mas si por el dedo de Dios echo yo
fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a
vosotros.
11:21 Cuando el hombre fuerte armado
guarda su palacio, en paz está lo que posee.
11:22 Pero cuando viene otro más fuerte
que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y
reparte el botín.
11:23 El que no es conmigo, contra mí es;
y el que conmigo no recoge, desparrama.
El espíritu inmundo que vuelve
(Mt. 12.43-45)
11:24 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por
lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a
mi casa de donde salí.
11:25 Y cuando llega, la halla barrida y adornada.
11:26 Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y
entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene
a ser peor que el primero.
Los que en verdad son bienaventurados
11:27 Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la
multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que
te trajo, y los senos que mamaste.
11:28 Y él dijo: Antes bienaventurados los
que oyen la palabra de Dios, y la guardan.
La generación perversa demanda señal
(Mt. 12.38-42)
11:29 Y apiñándose las multitudes, comenzó a decir:
Esta generación es mala; demanda señal,
pero señal no le será dada, sino la señal de Jonás.
11:30 Porque así como Jonás fue señal a
los ninivitas,
también lo será el Hijo del Hombre a esta generación.
11:31 La reina del Sur se levantará en el
juicio con los hombres de esta generación, y los condenará;
porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría
de Salomón, y
he aquí más que Salomón en este lugar.
11:32 Los hombres de Nínive se levantarán
en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque a la
predicación de Jonás se arrepintieron,
y he aquí más que Jonás en este lugar.
La lámpara del cuerpo
(Mt. 6.22-23)
11:33 Nadie pone en oculto la luz
encendida, ni debajo del almud,
sino en el candelero, 
para que los que entran vean la luz.
11:34 La lámpara del cuerpo es el ojo;
cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de
luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en
tinieblas.
11:35 Mira pues, no suceda que la luz que
en ti hay, sea tinieblas.
11:36 Así que, si todo tu cuerpo está
lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo
luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.
Jesús acusa a fariseos y a intérpretes de la ley
(Mt. 23.1-36;
Mr. 12.38-40;
Lc. 20.45-47)
11:37 Luego que hubo hablado, le rogó un fariseo que comiese
con él; y entrando Jesús en la casa, se sentó a la mesa.
11:38 El fariseo, cuando lo vio, se extrañó de que no se hubiese
lavado antes de comer.
11:39 Pero el Señor le dijo: Ahora bien,
vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato,
pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad.
11:40 Necios, ¿el que hizo lo de fuera, no
hizo también lo de adentro?
11:41 Pero dad limosna de lo que tenéis, y
entonces todo os será limpio.
11:42 Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que
diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza,
y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era
necesario hacer, sin dejar aquello.
11:43 ¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis
las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las
plazas.
11:44 ¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! que sois como sepulcros que no se ven, y
los hombres que andan encima no lo saben.
11:45 Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo:
Maestro, cuando dices esto, también nos afrentas a nosotros.
11:46 Y él dijo: ¡Ay de vosotros también,
intérpretes de la ley! porque cargáis a los hombres con cargas
que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las
tocáis.
11:47 ¡Ay de vosotros, que edificáis los
sepulcros de los profetas a quienes mataron vuestros padres!
11:48 De modo que sois testigos y
consentidores de los hechos de vuestros padres; porque a la
verdad ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros.
11:49 Por eso la sabiduría de Dios también
dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos
matarán y a otros perseguirán,
11:50 para que se demande de esta
generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado
desde la fundación del mundo,
11:51 desde la sangre de Abel
hasta la sangre de Zacarías,
que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será
demandada de esta generación.
11:52 ¡Ay de vosotros, intérpretes de la
ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros
mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.
11:53 Diciéndoles él estas cosas, los escribas y los fariseos
comenzaron a estrecharle en gran manera, y a provocarle a que
hablase de muchas cosas;
11:54 acechándole, y procurando cazar alguna palabra de su boca
para acusarle.
Capítulo 12
La levadura de los fariseos
12:1 En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que
unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos,
primeramente: Guardaos de la levadura de
los fariseos,
que es la hipocresía.
12:2 Porque nada hay encubierto, que no
haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.
12:3 Por tanto, todo lo que habéis dicho
en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído
en los aposentos, se proclamará en las azoteas.
A quién se debe temer
(Mt. 10.26-31)
12:4 Mas os digo, amigos míos: No
temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden
hacer.
12:5 Pero os enseñaré a quién debéis
temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene
poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed.
12:6 ¿No se venden cinco pajarillos por
dos cuartos?
Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.
12:7 Pues aun los cabellos de vuestra
cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis
vosotros que muchos pajarillos.
El que me confesare delante de los hombres
12:8 Os digo que todo aquel que me
confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le
confesará delante de los ángeles de Dios;
12:9 mas el que me negare delante de los
hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
12:10 A todo aquel que dijere alguna
palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al
que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado.
12:11 Cuando os trajeren a las sinagogas,
y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por
cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir;
12:12 porque el Espíritu Santo os enseñará
en la misma hora lo que debáis decir. 
El rico insensato
12:13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano
que parta conmigo la herencia.
12:14 Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha
puesto sobre vosotros como juez o partidor?
12:15 Y les dijo: Mirad, y guardaos de
toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la
abundancia de los bienes que posee.
12:16 También les refirió una parábola, diciendo:
La heredad de un hombre rico había
producido mucho.
12:17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo:
¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?
12:18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis
graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis
frutos y mis bienes;
12:19 y diré a mi alma: Alma, muchos
bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,
regocíjate.
12:20 Pero Dios le dijo: Necio, esta noche
vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién
será?
12:21 Así es el que hace para sí tesoro, y
no es rico para con Dios.
El afán y la ansiedad
(Mt. 6.25-34)
12:22 Dijo luego a sus discípulos: Por
tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni
por el cuerpo, qué vestiréis.
12:23 La vida es más que la comida, y el
cuerpo que el vestido.
12:24 Considerad los cuervos, que ni
siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios
los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves?
12:25 ¿Y quién de vosotros podrá con
afanarse añadir a su estatura uncodo?
12:26 Pues si no podéis ni aun lo que es
menos, ¿por qué os afanáis por lo demás?
12:27 Considerad los lirios, cómo crecen;
no trabajan, ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda
su gloria
se vistió como uno de ellos.
12:28 Y si así viste Dios la hierba que
hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a
vosotros, hombres de poca fe?
12:29 Vosotros, pues, no os preocupéis por
lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis
en ansiosa inquietud.
12:30 Porque todas estas cosas buscan las
gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad
de estas cosas.
12:31 Mas buscad el reino de Dios, y todas
estas cosas os serán añadidas.
Tesoro en el cielo
(Mt. 6.19-21)
12:32 No temáis, manada pequeña, porque
a vuestro Padre le ha placido daros el reino.
12:33 Vended lo que poseéis, y dad
limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los
cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla
destruye.
12:34 Porque donde está vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón.
El siervo vigilante
12:35 Estén ceñidos vuestros lomos, y
vuestras lámparas encendidas;
12:36 y vosotros sed semejantes a hombres
que aguardan a que su señor regrese
de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en
seguida.
12:37 Bienaventurados aquellos siervos a
los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os
digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a
servirles.
12:38 Y aunque venga a la segunda vigilia,
y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así,
bienaventurados son aquellos siervos.
12:39 Pero sabed esto, que si supiese el
padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría
ciertamente, y no dejaría minar su casa.
12:40 Vosotros, pues, también, estad
preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre
vendrá.
El siervo infiel
(Mt. 24.45-51)
12:41 Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a
nosotros, o también a todos?
12:42 Y dijo el Señor: ¿Quién es el
mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa,
para que a tiempo les dé su ración?
12:43 Bienaventurado aquel siervo al cual,
cuando su señor venga, le halle haciendo así.
12:44 En verdad os digo que le pondrá
sobre todos sus bienes.
12:45 Mas si aquel siervo dijere en su
corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a los
criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse,
12:46 vendrá el señor de aquel siervo en
día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará
duramente, y le pondrá con los infieles.
12:47 Aquel siervo que conociendo la
voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su
voluntad, recibirá muchos azotes.
12:48 Mas el que sin conocerla hizo cosas
dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien
se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le
haya confiado, más se le pedirá.
Jesús, causa de división
(Mt. 10.34-36)
12:49 Fuego vine a echar en la tierra;
¿y qué quiero, si ya se ha encendido?
12:50 De un bautismo tengo que ser
bautizado;
y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!
12:51 ¿Pensáis que he venido para dar paz
en la tierra? Os digo: No, sino disensión.
12:52 Porque de aquí en adelante, cinco en
una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra
tres.
12:53 Estará dividido el padre contra el
hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la
hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera
contra su suegra.
¿Cómo no reconocéis este tiempo?
(Mt. 16.1-4;
Mr. 8.11-13)
12:54 Decía también a la multitud:
Cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís: Agua
viene; y así sucede.
12:55 Y cuando sopla el viento del sur,
decís: Hará calor; y lo hace.
12:56 ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el
aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este
tiempo?
Arréglate con tu adversario
(Mt. 5.25-26)
12:57 ¿Y por qué no juzgáis por
vosotros mismos lo que es justo?
12:58 Cuando vayas al magistrado con tu
adversario, procura en el camino arreglarte con él, no sea que
te arrastre al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el
alguacil te meta en la cárcel.
12:59 Te digo que no saldrás de allí,
hasta que hayas pagado aun la última blanca.
Capítulo 13
Arrepentíos o pereceréis
13:1 En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban
acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los
sacrificios de ellos.
13:2 Respondiendo Jesús, les dijo:
¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran
más pecadores que todos los galileos?
13:3 Os digo: No; antes si no os
arrepentís, todos pereceréis igualmente.
13:4 O aquellos dieciocho sobre los cuales
cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más
culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?
13:5 Os digo: No; antes si no os
arrepentís, todos pereceréis igualmente.
Parábola de la higuera estéril
13:6 Dijo también esta parábola: Tenía
un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto
en ella, y no lo halló.
13:7 Y dijo al viñador: He aquí, hace tres
años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo;
córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra?
13:8 El entonces, respondiendo, le dijo:
Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de
ella, y la abone.
13:9 Y si diere fruto, bien; y si no, la
cortarás después.
Jesús sana a una mujer en el día de reposo
13:10 Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo;
13:11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años
tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna
manera se podía enderezar.
13:12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:
Mujer, eres libre de tu enfermedad.
13:13 Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y
glorificaba a Dios.
13:14 Pero el principal de la sinagoga, enojado de que Jesús
hubiese sanado en el día de reposo, dijo a la gente: Seis días
hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed
sanados, y no en día de reposo.
13:15 Entonces el Señor le respondió y dijo:
Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata
en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a
beber?
13:16 Y a esta hija de Abraham, que
Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de
esta ligadura en el día de reposo?
13:17 Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus
adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las
cosas gloriosas hechas por él.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mt. 13.31-32;
Mr. 4.30-32)
13:18 Y dijo: ¿A qué es semejante el
reino de Dios, y con qué lo compararé?
13:19 Es semejante al grano de mostaza,
que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo
árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Mt. 13.33)
13:20 Y volvió a decir: ¿A qué
compararé el reino de Dios?
13:21 Es semejante a la levadura, que una
mujer tomó y escondió en tres medidas
de harina, hasta que todo hubo fermentado.
La puerta estrecha
(Mt. 7.13-14, 21-23)
13:22 Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y
encaminándose a Jerusalén.
13:23 Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y
él les dijo:
13:24 Esforzaos a entrar por la puerta
angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no
podrán.
13:25 Después que el padre de familia se
haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a
llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él
respondiendo os dirá: No sé de dónde sois.
13:26 Entonces comenzaréis a decir:
Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas
enseñaste.
13:27 Pero os dirá: Os digo que no sé de
dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad.
13:28 Allí será el llanto y el crujir de
dientes,
cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas
en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos.
13:29 Porque vendrán del oriente y del
occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el
reino de Dios.
13:30 Y he aquí hay postreros que serán
primeros, y primeros que serán postreros. 
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
(Mt. 23.37-39)
13:31 Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole:
Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar.
13:32 Y les dijo: Id, y decid a aquella
zorra: He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y
mañana, y al tercer día termino mi obra.
13:33 Sin embargo, es necesario que hoy y
mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que
un profeta muera fuera de Jerusalén.
13:34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas
veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos
debajo de sus alas, y no quisiste!
13:35 He aquí, vuestra casa os es dejada
desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo
en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.
Capítulo 14
Jesús sana a un hidrópico
14:1 Aconteció un día de reposo, que habiendo entrado para comer
en casa de un gobernante, que era fariseo, éstos le acechaban.
14:2 Y he aquí estaban delante de él un hombre hidrópico.
14:3 Entonces Jesús habló a los intérpretes de la ley y a los
fariseos, diciendo: ¿Es lícito sanar en el
día de reposo?
14:4 Mas ellos callaron. Y él, tomándole, le sanó, y le
despidió.
14:5 Y dirigiéndose a ellos, dijo:
¿Quién de vosotros, si su asno o su buey
cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente, aunque sea en
día de reposo?
14:6 Y no le podían replicar a estas cosas.
Los convidados a las bodas
14:7 Observando cómo escogían los primeros asientos a la
mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles:
14:8 Cuando fueres convidado por alguno a
bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más
distinguido que tú esté convidado por él,
14:9 y viniendo el que te convidó a ti y a
él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza
a ocupar el último lugar.
14:10 Mas cuando fueres convidado, ve y
siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te
convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás
gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa.
14:11 Porque cualquiera que se enaltece,
será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.
14:12 Dijo también al que le había convidado:
Cuando hagas comida o cena, no llames a
tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos
ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas
recompensado.
14:13 Mas cuando hagas banquete, llama a
los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos;
14:14 y serás bienaventurado; porque ellos
no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la
resurrección de los justos.
Parábola de la gran cena
14:15 Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la
mesa, le dijo: Bienaventurado el que coma pan en el reino de
Dios.
14:16 Entonces Jesús le dijo: Un hombre
hizo una gran cena, y convidó a muchos.
14:17 Y a la hora de la cena envió a su
siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está
preparado.
14:18 Y todos a una comenzaron a
excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito
ir a verla; te ruego que me excuses.
14:19 Otro dijo: He comprado cinco yuntas
de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses.
14:20 Y otro dijo: Acabo de casarme, y por
tanto no puedo ir.
14:21 Vuelto el siervo, hizo saber estas
cosas a su señor. Entonces enojado el padre de familia, dijo a
su siervo: Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y
trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos.
14:22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho
como mandaste, y aún hay lugar.
14:23 Dijo el señor al siervo: Ve por los
caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se
llene mi casa.
14:24 Porque os digo que ninguno de
aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena.
Lo que cuesta seguir a Cristo
14:25 Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les
dijo:
14:26 Si alguno viene a mí, y no aborrece
a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y
aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
14:27 Y el que no lleva su cruz y viene en
pos de mí, no puede ser mi discípulo.  
14:28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo
edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a
ver si tiene lo que necesita para acabarla?
14:29 No sea que después que haya puesto
el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean
comiencen a hacer burla de él,
14:30 diciendo: Este hombre comenzó a
edificar, y no pudo acabar.
14:31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra
contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer
frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?
14:32 Y si no puede, cuando el otro está
todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de
paz.
14:33 Así, pues, cualquiera de vosotros
que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
Cuando la sal pierde su sabor
(Mt. 5.13;
Mr. 9.50)
14:34 Buena es la sal; mas si la sal se
hiciere insípida, ¿con qué se sazonará?
14:35 Ni para la tierra ni para el muladar
es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga.
Capítulo 15
Parábola de la oveja perdida
(Mt. 18.10-14)
15:1 Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para
oírle,
15:2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a
los pecadores recibe, y con ellos come.
15:3 Entonces él les refirió esta parábola, diciendo:
15:4 ¿Qué hombre de vosotros, teniendo
cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve
en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
15:5 Y cuando la encuentra, la pone sobre
sus hombros gozoso;
15:6 y al llegar a casa, reúne a sus
amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he
encontrado mi oveja que se había perdido.
15:7 Os digo que así habrá más gozo en el
cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve
justos que no necesitan de arrepentimiento.
Parábola de la moneda perdida
15:8 ¿O qué mujer que tiene diez
dracmas,
si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y
busca con diligencia hasta encontrarla?
15:9 Y cuando la encuentra, reúne a sus
amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado
la dracma
que había perdido.
15:10 Así os digo que hay gozo delante de
los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Parábola del hijo pródigo
15:11 También dijo: Un hombre tenía dos
hijos;
15:12 y el menor de ellos dijo a su padre:
Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les
repartió los bienes.
15:13 No muchos días después, juntándolo
todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y
allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
15:14 Y cuando todo lo hubo malgastado,
vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a
faltarle.
15:15 Y fue y se arrimó a uno de los
ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda
para que apacentase cerdos.
15:16 Y deseaba llenar su vientre de las
algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
15:17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos
jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo
aquí perezco de hambre!
15:18 Me levantaré e iré a mi padre, y le
diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
15:19 Ya no soy digno de ser llamado tu
hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
15:20 Y levantándose, vino a su padre. Y
cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a
misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
15:21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado
contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu
hijo.
15:22 Pero el padre dijo a sus siervos:
Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su
mano, y calzado en sus pies.
15:23 Y traed el becerro gordo y matadlo,
y comamos y hagamos fiesta;
15:24 porque este mi hijo muerto era, y ha
revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a
regocijarse.
15:25 Y su hijo mayor estaba en el campo;
y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las
danzas;
15:26 y llamando a uno de los criados, le
preguntó qué era aquello.
15:27 El le dijo: Tu hermano ha venido; y
tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido
bueno y sano.
15:28 Entonces se enojó, y no quería
entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.
15:29 Mas él, respondiendo, dijo al padre:
He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás,
y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.
15:30 Pero cuando vino este tu hijo, que
ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el
becerro gordo.
15:31 El entonces le dijo: Hijo, tú
siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.
15:32 Mas era necesario hacer fiesta y
regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido;
se había perdido, y es hallado.
Capítulo 16
Parábola del mayordomo infiel
16:1 Dijo también a sus discípulos: Había
un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante
él como disipador de sus bienes.
16:2 Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es
esto que oigo acerca de tí? Da cuenta de tu mayordomía, porque
ya no podrás más ser mayordomo.
16:3 Entonces el mayordomo dijo para sí:
¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no
puedo; mendigar, me da vergüenza.
16:4 Ya sé lo que haré para que cuando se
me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas.
16:5 Y llamando a cada uno de los deudores
de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo?
16:6 El dijo: Cien barriles
de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe
cincuenta.
16:7 Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto
debes? Y él dijo: Cien medidas
de trigo. El le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta.
16:8 Y alabó el amo al mayordomo malo por
haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más
sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.
16:9 Y yo os digo: Ganad amigos por medio
de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os
reciban en las moradas eternas.
16:10 El que es fiel en lo muy poco,
también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto,
también en lo más es injusto.
16:11 Pues si en las riquezas injustas no
fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?
16:12 Y si en lo ajeno no fuisteis fieles,
¿quién os dará lo que es vuestro?
16:13 Ningún siervo puede servir a dos
señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará
al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios
y a las riquezas.
16:14 Y oían también todas estas cosas los
fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él.
16:15 Entonces les dijo: Vosotros sois los
que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas
Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen
por sublime, delante de Dios es abominación.
La ley y el reino de Dios
16:16 La ley y los profetas eran hasta
Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se
esfuerzan por entrar en él.
16:17 Pero más fácil es que pasen el cielo
y la tierra, que se frustre una tilde de la ley.
Jesús enseña sobre el divorcio
(Mt. 19.1-12;
Mr. 10.1-12)
16:18 Todo el que repudia a su mujer, y
se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada
del marido, adultera. 
El rico y Lázaro
16:19 Había un hombre rico, que se
vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con
esplendidez.
16:20 Había también un mendigo llamado
Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas,
16:21 y ansiaba saciarse de las migajas
que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le
lamían las llagas.
16:22 Aconteció que murió el mendigo, y
fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también
el rico, y fue sepultado.
16:23 Y en el Hades alzó sus ojos, estando
en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
16:24 Entonces él, dando voces, dijo:
Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que
moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque
estoy atormentado en esta llama.
16:25 Pero Abraham le dijo: Hijo,
acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también
males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.
16:26 Además de todo esto, una gran sima
está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que
quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar
acá.
16:27 Entonces le dijo: Te ruego, pues,
padre, que le envíes a la casa de mi padre,
16:28 porque tengo cinco hermanos, para
que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este
lugar de tormento.
16:29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los
profetas tienen; óiganlos.
16:30 El entonces dijo: No, padre Abraham;
pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se
arrepentirán.
16:31 Mas Abraham le dijo: Si no oyen a
Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se
levantare de los muertos.
Capítulo 17
Ocasiones de caer
(Mt. 18.6-7, 21-22;
Mr. 9.42)
17:1 Dijo Jesús a sus discípulos:
Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien
vienen!
17:2 Mejor le fuera que se le atase al
cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer
tropezar a uno de estos pequeñitos.
17:3 Mirad por vosotros mismos. Si tu
hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere,
perdónale.
17:4 Y si siete veces al día pecare contra
ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento;
perdónale.
Auméntanos la fe
17:5 Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe.
17:6 Entonces el Señor dijo: Si tuvierais
fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro:
Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería.
El deber del siervo
17:7 ¿Quién de vosotros, teniendo un
siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego
le dice: Pasa, siéntate a la mesa?
17:8 ¿No le dice más bien: Prepárame la
cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y
después de esto, come y bebe tú?
17:9 ¿Acaso da gracias al siervo porque
hizo lo que se le había mandado? Pienso que no.
17:10 Así también vosotros, cuando hayáis
hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles
somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.
Diez leprosos son limpiados
17:11 Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y
Galilea.
17:12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez
hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
17:13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten
misericordia de nosotros!
17:14 Cuando él los vio, les dijo: Id,
mostraos a los sacerdotes.
Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
17:15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado,
volvió, glorificando a Dios a gran voz,
17:16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias;
y éste era samaritano.
17:17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son
diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
17:18 ¿No hubo quien volviese y diese
gloria a Dios sino este extranjero?
17:19 Y le dijo:
Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
La venida del Reino
(Mt. 24.23-28,
36-41)
17:20 Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el
reino de Dios, les respondió y dijo: El
reino de Dios no vendrá con advertencia,
17:21 ni dirán: Helo aquí, o helo allí;
porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros.
17:22 Y dijo a sus discípulos: Tiempo
vendrá cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre,
y no lo veréis.
17:23 Y os dirán: Helo aquí, o helo allí.
No vayáis, ni los sigáis.
17:24 Porque como el relámpago que al
fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro,
así también será el Hijo del Hombre en su día.
17:25 Pero primero es necesario que
padezca mucho, y sea desechado por esta generación.
17:26 Como fue en los días de Noé,
así también será en los días del Hijo del Hombre.
17:27 Comían, bebían, se casaban y se
daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y
vino el diluvio y los destruyó a todos.
17:28 Asimismo como sucedió en los días de
Lot;
comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban;
17:29 mas el día en que Lot salió de
Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a
todos.
17:30 Así será el día en que el Hijo del
Hombre se manifieste.
17:31 En aquel día, el que esté en la
azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que
en el campo, asimismo no vuelva atrás.
17:32 Acordaos de la mujer de Lot.
17:33 Todo el que procure salvar su vida,
la perderá; y todo el que la pierda, la salvará.   
17:34 Os digo que en aquella noche estarán
dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado.
17:35 Dos mujeres estarán moliendo juntas;
la una será tomada, y la otra dejada.
17:36 Dos estarán en el campo; el uno será
tomado, y el otro dejado.
17:37 Y respondiendo, le dijeron: ¿Dónde, Señor? El les dijo:
Donde estuviere el cuerpo, allí se
juntarán también las águilas.
Capítulo 18
Parábola de la viuda y el juez
injusto
18:1 También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad
de orar siempre, y no desmayar,
18:2 diciendo: Había en una ciudad un
juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.
18:3 Había también en aquella ciudad una
viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi
adversario.
18:4 Y él no quiso por algún tiempo; pero
después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni
tengo respeto a hombre,
18:5 sin embargo, porque esta viuda me es
molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me
agote la paciencia.
18:6 Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el
juez injusto.
18:7 ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus
escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en
responderles?
18:8 Os digo que pronto les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?
Parábola del fariseo y el publicano
18:9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y
menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
18:10 Dos hombres subieron al templo a
orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
18:11 El fariseo, puesto en pie, oraba
consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy
como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun
como este publicano;
18:12 ayuno dos veces a la semana, doy
diezmos de todo lo que gano.
18:13 Mas el publicano, estando lejos, no
quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el
pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
18:14 Os digo que éste descendió a su casa
justificado antes que el otro; porque cualquiera que se
enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
Jesús bendice a los niños
(Mt. 19.13-15;
Mr. 10.13-16)
18:15 Traían a él los niños para que los tocase; lo cual
viendo los discípulos, les reprendieron.
18:16 Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad
a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales
es el reino de Dios.
18:17 De cierto os digo, que el que no
recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
El joven rico
(Mt. 19.16-30;
Mr. 10.17-31)
18:18 Un hombre principal le preguntó, diciendo: Maestro
bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
18:19 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas
bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios.
18:20 Los mandamientos sabes: No
adulterarás;
no matarás;
no hurtarás;
no dirás falso testimonio;
honra a tu padre y a tu madre.
18:21 El dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud.
18:22 Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te
falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y
tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.
18:23 Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era
muy rico.
18:24 Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo:
¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de
Dios los que tienen riquezas!
18:25 Porque es más fácil pasar un camello
por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de
Dios.
18:26 Y los que oyeron esto dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser
salvo?
18:27 El les dijo: Lo que es imposible
para los hombres, es posible para Dios.
18:28 Entonces Pedro dijo: He aquí, nosotros hemos dejado
nuestras posesiones y te hemos seguido.
18:29 Y él les dijo: De cierto os digo,
que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o
mujer, o hijos, por el reino de Dios,
18:30 que no haya de recibir mucho más en
este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mt. 20.17-19;
Mr. 10.32-34)
18:31 Tomando Jesús a los doce, les dijo:
He aquí subimos a Jerusalén, y se
cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del
Hijo del Hombre.
18:32 Pues será entregado a los gentiles,
y será escarnecido, y afrentado, y escupido.
18:33 Y después que le hayan azotado, le
matarán; mas al tercer día resucitará.
18:34 Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta
palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.
Un ciego de Jericó recibe la vista
(Mt. 20.29-34;
Mr. 10.46-52)
18:35 Aconteció que acercándose Jesús a Jericó, un ciego
estaba sentado junto al camino mendigando;
18:36 y al oír a la multitud que pasaba, preguntó qué era
aquello.
18:37 Y le dijeron que pasaba Jesús nazareno.
18:38 Entonces dio voces, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten
misericordia de mí!
18:39 Y los que iban delante le reprendían para que callase;
pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de
mí!
18:40 Jesús entonces, deteniéndose, mandó traerle a su
presencia; y cuando llegó, le preguntó,
18:41 diciendo: ¿Qué quieres que te haga?
Y él dijo: Señor, que reciba la vista.
18:42 Jesús le dijo: Recíbela, tu fe te ha
salvado.
18:43 Y luego vio, y le seguía, glorificando a Dios; y todo el
pueblo, cuando vio aquello, dio alabanza a Dios.
Capítulo 19
Jesús y Zaqueo
19:1 Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la
ciudad.
19:2 Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los
publicanos, y rico,
19:3 procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la
multitud, pues era pequeño de estatura.
19:4 Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle;
porque había de pasar por allí.
19:5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le
vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa,
desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
19:6 Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.
19:7 Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a
posar con un hombre pecador.
19:8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí,
Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he
defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
19:9 Jesús le dijo: Hoy ha venido la
salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de
Abraham.
19:10 Porque el Hijo del Hombre vino a
buscar y a salvar lo que se había perdido.
Parábola de las diez minas
19:11 Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una
parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban
que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente.
19:12 Dijo, pues: Un hombre noble se fue a
un país lejano, para recibir un reino y volver.
19:13 Y llamando a diez siervos suyos, les
dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.
19:14 Pero sus conciudadanos le
aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No
queremos que éste reine sobre nosotros.
19:15 Aconteció que vuelto él, después de
recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los
cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado
cada uno.
19:16 Vino el primero, diciendo: Señor, tu
mina ha ganado diez minas.
19:17 El le dijo: Está bien, buen siervo;
por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre
diez ciudades.
19:18 Vino otro, diciendo: Señor, tu mina
ha producido cinco minas.
19:19 Y también a éste dijo: Tú también sé
sobre cinco ciudades.
19:20 Vino otro, diciendo: Señor, aquí
está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo;
19:21 porque tuve miedo de ti, por cuanto
eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que
no sembraste.
19:22 Entonces él le dijo: Mal siervo, por
tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que
tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré;
19:23 ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero
en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los
intereses?
19:24 Y dijo a los que estaban presentes:
Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas.
19:25 Ellos le dijeron: Señor, tiene diez
minas.
19:26 Pues yo os digo que a todo el que
tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le
quitará. 
19:27 Y también a aquellos mis enemigos
que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y
decapitadlos delante de mí.
La entrada triunfal en Jerusalén
(Mt. 21.1-11;
Mr. 11.1-11;
Jn. 12.12-19)
19:28 Dicho esto, iba delante subiendo a Jerusalén.
19:29 Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al
monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos,
19:30 diciendo: Id a la aldea de enfrente,
y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual
ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo.
19:31 Y si alguien os preguntare: ¿Por qué
lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita.
19:32 Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les
dijo.
19:33 Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron:
¿Por qué desatáis el pollino?
19:34 Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita.
19:35 Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre
el pollino, subieron a Jesús encima.
19:36 Y a su paso tendían sus mantos por el camino.
19:37 Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los
Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a
alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que
habían visto,
19:38 diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del
Señor;
paz en el cielo, y gloria en las alturas!
19:39 Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le
dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.
19:40 El, respondiendo, les dijo: Os digo
que si éstos callaran, las piedras clamarían.
19:41 Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre
ella,
19:42 diciendo: ¡Oh, si también tú
conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!
Mas ahora está encubierto de tus ojos.
19:43 Porque vendrán días sobre ti, cuando
tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas
partes te estrecharán,
19:44 y te derribarán a tierra, y a tus
hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por
cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.
Purificación del templo
(Mt. 21.12-17;
Mr. 11.15-19;
Jn. 2.13-22)
19:45 Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos
los que vendían y compraban en él,
19:46 diciéndoles: Escrito está: Mi casa
es casa de oración;
mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
19:47 Y enseñaba cada día en el templo;
pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales
del pueblo procuraban matarle.
19:48 Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el
pueblo estaba suspenso oyéndole.
Capítulo 20
La autoridad de Jesús
(Mt. 21.23-27;
Mr. 11.27-33)
20:1 Sucedió un día, que enseñando Jesús al pueblo en el templo,
y anunciando el evangelio, llegaron los principales sacerdotes y
los escribas, con los ancianos,
20:2 y le hablaron diciendo: Dinos: ¿con qué autoridad haces
estas cosas? ¿o quién es el que te ha dado esta autoridad?
20:3 Respondiendo Jesús, les dijo: Os haré
yo también una pregunta; respondedme:
20:4 El bautismo de Juan, ¿era del cielo,
o de los hombres?
20:5 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos,
del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?
20:6 Y si decimos, de los hombres, todo el pueblo nos apedreará;
porque están persuadidos de que Juan era profeta.
20:7 Y respondieron que no sabían de dónde fuese.
20:8 Entonces Jesús les dijo: Yo tampoco
os diré con qué autoridad hago estas cosas.
Los labradores malvados
(Mt. 21.33-44;
Mr. 12.1-11)
20:9 Comenzó luego a decir al pueblo esta parábola:
Un hombre plantó una viña,
la arrendó a labradores, y se ausentó por mucho tiempo.
20:10 Y a su tiempo envió un siervo a los
labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero los
labradores le golpearon, y le enviaron con las manos vacías.
20:11 Volvió a enviar otro siervo; mas
ellos a éste también, golpeado y afrentado, le enviaron con las
manos vacías.
20:12 Volvió a enviar un tercer siervo;
mas ellos también a éste echaron fuera, herido.
20:13 Entonces el señor de la viña dijo:
¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él,
le tendrán respeto.
20:14 Mas los labradores, al verle,
discutían entre sí, diciendo: Este es el heredero; venid,
matémosle, para que la heredad sea nuestra.
20:15 Y le echaron fuera de la viña, y le
mataron. ¿Qué, pues, les hará el señor de la viña?
20:16 Vendrá y destruirá a estos
labradores, y dará su viña a otros.Cuando ellos oyeron
esto, dijeron: ¡Dios nos libre!
20:17 Pero él, mirándolos, dijo: ¿Qué,
pues, es lo que está escrito:
La piedra que desecharon los
edificadores
Ha venido a ser cabeza del ángulo?
20:18 Todo el que cayere sobre aquella
piedra, será quebrantado; mas sobre quien ella cayere, le
desmenuzará.
La cuestión del tributo
(Mt. 21.45-46;
22.15-22;
Mr. 12.12-17)
20:19 Procuraban los principales sacerdotes y los escribas
echarle mano en aquella hora, porque comprendieron que contra
ellos había dicho esta parábola; pero temieron al pueblo.
20:20 Y acechándole enviaron espías que se simulasen justos, a
fin de sorprenderle en alguna palabra, para entregarle al poder
y autoridad del gobernador.
20:21 Y le preguntaron, diciendo: Maestro, sabemos que dices y
enseñas rectamente, y que no haces acepción de persona, sino que
enseñas el camino de Dios con verdad.
20:22 ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?
20:23 Mas él, comprendiendo la astucia de ellos, les dijo:
¿Por qué me tentáis?
20:24 Mostradme la moneda. ¿De quién tiene
la imagen y la inscripción? Y respondiendo dijeron: De
César.
20:25 Entonces les dijo: Pues dad a César
lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.
20:26 Y no pudieron sorprenderle en palabra alguna delante del
pueblo, sino que maravillados de su respuesta, callaron.
La pregunta sobre la resurrección
(Mt. 22.23-33;
Mr. 12.18-27)
20:27 Llegando entonces algunos de los saduceos, los cuales
niegan haber resurrección,
le preguntaron,
20:28 diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de
alguno muriere teniendo mujer, y no dejare hijos, que su hermano
se case con ella, y levante descendencia a su hermano.
20:29 Hubo, pues, siete hermanos; y el primero tomó esposa, y
murió sin hijos.
20:30 Y la tomó el segundo, el cual también murió sin hijos.
20:31 La tomó el tercero, y así todos los siete, y murieron sin
dejar descendencia.
20:32 Finalmente murió también la mujer.
20:33 En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya
que los siete la tuvieron por mujer?
20:34 Entonces respondiendo Jesús, les dijo:
Los hijos de este siglo se casan, y se dan
en casamiento;
20:35 mas los que fueren tenidos por
dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los
muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento.
20:36 Porque no pueden ya más morir, pues
son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de
la resurrección.
20:37 Pero en cuanto a que los muertos han
de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza,
cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de
Jacob.
20:38 Porque Dios no es Dios de muertos,
sino de vivos, pues para él todos viven.
20:39 Respondiéndole algunos de los escribas, dijeron: Maestro,
bien has dicho.
20:40 Y no osaron preguntarle nada más.
¿De quién es hijo el Cristo?
(Mt. 22.41-46;
Mr. 12.35-37)
20:41 Entonces él les dijo: ¿Cómo dicen
que el Cristo es hijo de David?
20:42 Pues el mismo David dice en el libro
de los Salmos:
Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
20:43 Hasta que ponga a tus enemigos
por estrado de tus pies.
20:44 David, pues, le llama Señor; ¿cómo
entonces es su hijo?
Jesús acusa a los escribas
(Mt. 23.1-36;
Mr. 12.38-40;
Lc. 11.37-54)
20:45 Y oyéndole todo el pueblo, dijo a sus discípulos:
20:46 Guardaos de los escribas, que gustan
de andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las
plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros
asientos en las cenas;
20:47 que devoran las casas de las viudas,
y por pretexto hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor
condenación.
Capítulo 21
La ofrenda de la viuda
(Mr. 12.41-44)
21:1 Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus
ofrendas en el arca de las ofrendas.
21:2 Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos
blancas.
21:3 Y dijo: En verdad os digo, que esta
viuda pobre echó más que todos.
21:4 Porque todos aquéllos echaron para
las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su
pobreza echó todo el sustento que tenía.
Jesús predice la destrucción del templo
(Mt. 24.1-2;
Mr. 13.1-2)
21:5 Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado
de hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo:
21:6 En cuanto a estas cosas que veis,
días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea
destruida.
Señales antes del fin
(Mt. 24.3-28;
Mr. 13.3-23)
21:7 Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto?
¿y qué señal habrá cuando estas cosas estén para suceder?
21:8 El entonces dijo: Mirad que no seáis
engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy
el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de
ellos.
21:9 Y cuando oigáis de guerras y de
sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas
acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.
21:10 Entonces les dijo: Se levantará
nación contra nación, y reino contra reino;
21:11 y habrá grandes terremotos, y en
diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y
grandes señales del cielo.
21:12 Pero antes de todas estas cosas os
echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas
y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante
gobernadores por causa de mi nombre.
21:13 Y esto os será ocasión para dar
testimonio.
21:14 Proponed en vuestros corazones no
pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa;
21:15 porque yo os daré palabra y
sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los
que se opongan.
21:16 Mas seréis entregados aun por
vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a
algunos de vosotros;
21:17 y seréis aborrecidos de todos por
causa de mi nombre.
21:18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza
perecerá.
21:19 Con vuestra paciencia ganaréis
vuestras almas.
21:20 Pero cuando viereis a Jerusalén
rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha
llegado.
21:21 Entonces los que estén en Judea,
huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los
que estén en los campos, no entren en ella.
21:22 Porque estos son días de
retribución,
para que se cumplan todas las cosas que están escritas.
21:23 Mas ¡ay de las que estén encintas, y
de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad
en la tierra, e ira sobre este pueblo.
21:24 Y caerán a filo de espada, y serán
llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada
por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se
cumplan.
La venida del Hijo del Hombre
(Mt. 24.29-35, 42-44;
Mr. 13.24-37)
21:25 Entonces habrá señales en el sol,
en la luna y en las estrellas,  
y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del
bramido del mar y de las olas;
21:26 desfalleciendo los hombres por el
temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la
tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas.
21:27 Entonces verán al Hijo del Hombre,
que vendrá en una nube
con poder y gran gloria.
21:28 Cuando estas cosas comiencen a
suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra
redención está cerca.
21:29 También les dijo una parábola: Mirad
la higuera y todos los árboles.
21:30 Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis
por vosotros mismos que el verano está ya cerca.
21:31 Así también vosotros, cuando veáis
que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.
21:32 De cierto os digo, que no pasará
esta generación hasta que todo esto acontezca.
21:33 El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán.
21:34 Mirad también por vosotros mismos,
que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez
y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros
aquel día.
21:35 Porque como un lazo vendrá sobre
todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.
21:36 Velad, pues, en todo tiempo orando
que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que
vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.
21:37 Y enseñaba de día en el templo;
y de noche, saliendo, se estaba en el monte que se llama de los
Olivos.
21:38 Y todo el pueblo venía a él por la mañana, para oírle en
el templo.
Capítulo 22
El complot para matar a Jesús
(Mt. 26.1-5, 14-16;
Mr. 14.1-2, 10-11;
Jn. 11.45-53)
22:1 Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se
llama la pascua.
22:2 Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo
matarle; porque temían al pueblo.
22:3 Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el
cual era uno del número de los doce;
22:4 y éste fue y habló con los principales sacerdotes, y con
los jefes de la guardia, de cómo se lo entregaría.
22:5 Ellos se alegraron, y convinieron en darle dinero.
22:6 Y él se comprometió, y buscaba una oportunidad para
entregárselo a espaldas del pueblo.
Institución de la Cena del Señor
(Mt. 26.17-29;
Mr. 14.12-25;
Jn. 13.21-30;
1 Co. 11.23-26)
22:7 Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era
necesario sacrificar el cordero de la pascua.
22:8 Y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo:
Id, preparadnos la pascua para que la
comamos.
22:9 Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos?
22:10 El les dijo: He aquí, al entrar en
la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro
de agua; seguidle hasta la casa donde entrare,
22:11 y decid al padre de familia de esa
casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde he de
comer la pascua con mis discípulos?
22:12 Entonces él os mostrará un gran
aposento alto ya dispuesto; preparad allí.
22:13 Fueron, pues, y hallaron como les había dicho; y
prepararon la pascua.
22:14 Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los
apóstoles.
22:15 Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer
con vosotros esta pascua antes que padezca!
22:16 Porque os digo que no la comeré más,
hasta que se cumpla en el reino de Dios.
22:17 Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo:
Tomad esto, y repartidlo entre vosotros;
22:18 porque os digo que no beberé más del
fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga.
22:19 Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio,
diciendo: Esto es mi cuerpo, que por
vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.
22:20 De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa,
diciendo: Esta copa es el nuevo pacto
en mi sangre,
que por vosotros se derrama.
22:21 Mas he aquí, la mano del que me
entrega está conmigo en la mesa.
22:22 A la verdad el Hijo del Hombre va,
según lo que está determinado;
pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!
22:23 Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de
ellos sería el que había de hacer esto.
La grandeza en el servicio
22:24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de
ellos sería el mayor. 
22:25 Pero él les dijo: Los reyes de las
naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen
autoridad son llamados bienhechores;
22:26 mas no así vosotros,
sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que
dirige, como el que sirve.
22:27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se
sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la
mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
22:28 Pero vosotros sois los que habéis
permanecido conmigo en mis pruebas.
22:29 Yo, pues, os asigno un reino, como
mi Padre me lo asignó a mí,
22:30 para que comáis y bebáis a mi mesa
en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus
de Israel.
Jesús anuncia la negación de Pedro
(Mt. 26.31-35;
Mr. 14.27-31;
Jn. 13.36-38)
22:31 Dijo también el Señor: Simón,
Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a
trigo;
22:32 pero yo he rogado por ti, que tu fe
no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.
22:33 El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a
la cárcel, sino también a la muerte.
22:34 Y él le dijo: Pedro, te digo que el
gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me
conoces.
Bolsa, alforja y espada
22:35 Y a ellos dijo: Cuando os envié
sin bolsa, sin alforja, y sin calzado,  
¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada.
22:36 Y les dijo: Pues ahora, el que tiene
bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada,
venda su capa y compre una.
22:37 Porque os digo que es necesario que
se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado
con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene
cumplimiento.
22:38 Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y él
les dijo: Basta.
Jesús ora en Getsemaní
(Mt. 26.36-46;
Mr. 14.32-42)
22:39 Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos;
y sus discípulos también le siguieron.
22:40 Cuando llegó a aquel lugar, les dijo:
Orad que no entréis en tentación.
22:41 Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de
piedra; y puesto de rodillas oró,
22:42 diciendo: Padre, si quieres, pasa de
mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
22:43 Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle.
22:44 Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su
sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.
22:45 Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos,
los halló durmiendo a causa de la tristeza;
22:46 y les dijo: ¿Por qué dormís?
Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.
Arresto de Jesús
(Mt. 26.47-56;
Mr. 14.43-50;
Jn. 18.2-11)
22:47 Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el
que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y
se acercó hasta Jesús para besarle.
22:48 Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con
un beso entregas al Hijo del Hombre?
22:49 Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer,
le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada?
22:50 Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le
cortó la oreja derecha.
22:51 Entonces respondiendo Jesús, dijo:
Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó.
22:52 Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de
la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra
él: ¿Como contra un ladrón habéis salido
con espadas y palos?
22:53 Habiendo estado con vosotros cada
día en el templo,
no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y
la potestad de la tinieblas.
Pedro niega a Jesús
(Mt. 26.57-58, 69-75;
Mr. 14.53-54, 66-72;
Jn. 18.12-18, 25-27)
22:54 Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del
sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos.
22:55 Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se
sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos.
22:56 Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él,
y dijo: También éste estaba con él.
22:57 Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco.
22:58 Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de
ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy.
22:59 Como una hora después, otro afirmaba, diciendo:
Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo.
22:60 Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida,
mientras él todavía hablaba, el gallo cantó.
22:61 Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó
de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo
cante, me negarás tres veces.
22:62 Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.
Jesús escarnecido y azotado
(Mt. 26.67-68;
Mr. 14.65)
22:63 Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él
y le golpeaban;
22:64 y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le
preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó?
22:65 Y decían otras muchas cosas injuriándole.
Jesús ante el concilio
(Mt. 26.59-66;
Mr. 14.55-64;
Jn. 18.19-24)
22:66 Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo,
los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al
concilio, diciendo:
22:67 ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo:
Si os lo dijere, no creeréis;
22:68 y también si os preguntare, no me
responderéis, ni me soltaréis.
22:69 Pero desde ahora el Hijo del Hombre
se sentará a la diestra del poder de Dios.
22:70 Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les
dijo: Vosotros decís que lo soy.
22:71 Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos?
porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca.
Capítulo 23
Jesús ante Pilato
(Mt. 27.1-2, 11-14;
Mr. 15.1-5;
Jn. 18.28-38)
23:1 Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos,
llevaron a Jesús a Pilato.
23:2 Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que
pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César,
diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.
23:3 Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de
los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú
lo dices.
23:4 Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente:
Ningún delito hallo en este hombre.
23:5 Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo,
enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.
Jesús ante Herodes
23:6 Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el
hombre era galileo.
23:7 Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le
remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en
Jerusalén.
23:8 Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía
tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca
de él, y esperaba verle hacer alguna señal.
23:9 Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió.
23:10 Y estaban los principales sacerdotes y los escribas
acusándole con gran vehemencia.
23:11 Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y
escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a
enviarle a Pilato.
23:12 Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque
antes estaban enemistados entre sí.
Jesús sentenciado a muerte
(Mt. 27.15-26;
Mr. 15.6-15;
Jn. 18.38--19. 16)
23:13 Entonces Pilato, convocando a los principales
sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo,
23:14 les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que
perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de
vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos
de que le acusáis.
23:15 Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada
digno de muerte ha hecho este hombre.
23:16 Le soltaré, pues, después de castigarle.
23:17 Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta.
23:18 Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con
éste, y suéltanos a Barrabás!
23:19 Este había sido echado en la cárcel por sedición en la
ciudad, y por un homicidio.
23:20 Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús;
23:21 pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale,
crucifícale!
23:22 El les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste?
Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré,
pues, y le soltaré.
23:23 Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese
crucificado. Y las voces de ellos y de los principales
sacerdotes prevalecieron.
23:24 Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos
pedían;
23:25 y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por
sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a
la voluntad de ellos.
Crucifixión y muerte de Jesús
(Mt. 27.32-56;
Mr. 15.21-41;
Jn. 19.17-30)
23:26 Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que
venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la
llevase tras Jesús.
23:27 Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que
lloraban y hacían lamentación por él.
23:28 Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo:
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí,
sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
23:29 Porque he aquí vendrán días en que
dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no
concibieron, y los pechos que no criaron.
23:30 Entonces comenzarán a decir a los
montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos.
23:31 Porque si en el árbol verde hacen
estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?
23:32 Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores,
para ser muertos.
23:33 Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le
crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro
a la izquierda.
23:34 Y Jesús decía: Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen.
Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.
23:35 Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se
burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si
éste es el Cristo, el escogido de Dios.
23:36 Los soldados también le escarnecían, acercándose y
presentándole vinagre,
23:37 y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti
mismo.
23:38 Había también sobre él un título escrito con letras
griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.
23:39 Y uno de los malhechores que estaban colgados le
injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y
a nosotros.
23:40 Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun
temes tú a Dios, estando en la misma condenación?
23:41 Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque
recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal
hizo.
23:42 Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
23:43 Entonces Jesús le dijo: De cierto te
digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.
23:44 Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda
la tierra hasta la hora novena.
23:45 Y el sol se oscureció, y el velo
del templo se rasgó por la mitad.
23:46 Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y habiendo dicho esto, expiró.
23:47 Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio
gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.
23:48 Y toda la multitud de los que estaban presentes en este
espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían
golpeándose el pecho.
23:49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres
que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas
cosas.
Jesús es sepultado
(Mt. 27.57-61;
Mr. 15.42-47;
Jn. 19.38-42)
23:50 Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de
Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo.
23:51 Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había
consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos,
23:52 fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
23:53 Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un
sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto
a nadie.
23:54 Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día
de reposo.
23:55 Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea,
siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su
cuerpo.
23:56 Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y
descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.
Capítulo 24
La resurrección
(Mt. 28.1-10;
Mr. 16.1-8;
Jn. 20.1-10)
24:1 El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al
sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado,
y algunas otras mujeres con ellas.
24:2 Y hallaron removida la piedra del sepulcro;
24:3 y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
24:4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se
pararon junto a ellas dos varones con vestiduras
resplandecientes;
24:5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les
dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
24:6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os
habló, cuando aún estaba en Galilea,
24:7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado
en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite
al tercer día.     
24:8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras,
24:9 y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas
cosas a los once, y a todos los demás.
24:10 Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y
las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los
apóstoles.
24:11 Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y
no las creían.
24:12 Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró
dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de
lo que había sucedido.
En el camino a Emaús
(Mr. 16.12-13)
24:13 Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea
llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios
de Jerusalén.
24:14 E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que
habían acontecido.
24:15 Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús
mismo se acercó, y caminaba con ellos.
24:16 Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le
conociesen.
24:17 Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas
que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis
tristes?
24:18 Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le
dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido
las cosas que en ella han acontecido en estos días?
24:19 Entonces él les dijo: ¿Qué cosas?
Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón
profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo
el pueblo;
24:20 y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros
gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron.
24:21 Pero nosotros esperábamos que él era el que había de
redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el
tercer día que esto ha acontecido.
24:22 Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre
nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro;
24:23 y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que
también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él
vive.
24:24 Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron
así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.
24:25 Entonces él les dijo: ¡Oh
insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los
profetas han dicho!
24:26 ¿No era necesario que el Cristo
padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?
24:27 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los
profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él
decían.
24:28 Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba
más lejos.
24:29 Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con
nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró,
pues, a quedarse con ellos.
24:30 Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó
el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio.
24:31 Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron;
mas él se desapareció de su vista.
24:32 Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en
nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría
las Escrituras?
24:33 Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y
hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos,
24:34 que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha
aparecido a Simón.
24:35 Entonces ellos contaban las cosas que les habían
acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir
el pan.
Jesús se aparece a los discípulos
(Mt. 28.16-20;
Mr. 16.14-18;
Jn. 20.19-23)
24:36 Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se
puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a
vosotros.
24:37 Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían
espíritu.
24:38 Pero él les dijo: ¿Por qué estáis
turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?
24:39 Mirad mis manos y mis pies, que yo
mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni
huesos, como veis que yo tengo.
24:40 Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
24:41 Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban
maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo
de comer?
24:42 Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de
miel.
24:43 Y él lo tomó, y comió delante de ellos.
24:44 Y les dijo: Estas son las palabras
que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se
cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en
los profetas y en los salmos.
24:45 Entonces les abrió el entendimiento, para que
comprendiesen las Escrituras;
24:46 y les dijo: Así está escrito, y así
fue necesario que el Cristo padeciese,
y resucitase de los muertos al tercer día;
24:47 y que se predicase en su nombre el
arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones,
comenzando desde Jerusalén.
24:48 Y vosotros sois testigos de estas
cosas.
24:49 He aquí, yo enviaré la promesa de mi
Padre
sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén,
hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.
La ascensión
(Mr. 16.19-20)
24:50 Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos,
los bendijo.
24:51 Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue
llevado arriba al cielo.
24:52 Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén
con gran gozo;
24:53 y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a
Dios. Amén.
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